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Lisbeth se levantó como pudo, salió cojeando de la caseta y cerró la puerta. Tardó cinco minutos en poner el travesaño. Cruzó el patio tambaleándose, entró en la casa y encontró el teléfono sobre un mueble de la cocina. Marcó un número que hacía más de dos años que no usaba. No respondió. Saltó el contestador.
«Hola, soy Mikael Blomkvist. En estos momentos no me puedo poner. Deja el nombre y el número de teléfono y te devolveré la llamada cuanto antes.»
Piiip.
– Mir-g-kral -dijo y se dio cuenta de que su voz sonaba pastosa. Tragó saliva-. Mikael, soy Salander.
Luego no supo qué decir. Colgó el auricular despacio.
La Sig Sauer de Niederma
Lo que vio se parecía más a un animal que a un ser humano; una loca con la cara contraída y la boca entreabierta. Estaba cubierta de suciedad. Su cara y su cuello eran una papilla coagulada de sangre y lodo. Se hizo una idea de lo que había visto Niederma
Se acercó al espejo y, súbitamente, adquirió conciencia del peso de su pierna izquierda. Tenía un intenso dolor en la cadera, donde le había impactado la primera bala de Zalachenko. La segunda le había dado en el hombro y le había dejado paralizado el brazo izquierdo. Le dolía.
Pero era el dolor de la cabeza el que le resultaba tan agudo que la hacía tambalearse. Con cuidado, levantó la mano derecha y se palpó la parte posterior de la cabeza. De repente, sus dedos notaron el cráter del orificio de entrada.
Se toqueteó el agujero del cráneo y se dio cuenta, horrorizada, de que estaba tocando su propio cerebro, de que sus lesiones eran tan graves que iba a morir, o tal vez ya estaba muerta. No entendía cómo podía mantenerse en pie.
De pronto, la invadió un cansancio paralizante. No sabía si estaba a punto de desmayarse o de dormirse, así que se acercó al banco de la cocina, donde se tumbó poco a poco y apoyó la parte derecha de la cabeza -la buena- sobre un cojín.
Necesitaba acostarse y recuperar fuerzas, aunque sabía que no se podía dormir con Niederma
Ronald Niederma
Zalachenko lo necesitaba. Por lo tanto, debía regresar a la casa y partirle el cuello a esa Lisbeth Salander.
Al mismo tiempo, Ronald Niederma
Niederma
Zalachenko necesitaba atención médica.
Si es que ella no lo había matado ya.
Eso conllevaría una serie de preguntas.
Se mordió el labio inferior.
Llevaba mucho tiempo siendo el socio de su padre. Habían sido años de éxitos continuos. Tenía un dinero escondido y, además, sabía dónde ocultaba Zalachenko su fortuna. Contaba con los recursos y la competencia que se requerían para seguir llevando el negocio. Lo racional sería marcharse de allí sin mirar atrás. Si algo había conseguido inculcarle Zalachenko era que siempre debía mantener la capacidad de salir, sin sentimentalismos, de una situación que se hubiera vuelto ingobernable. Esa era la regla fundamental de la supervivencia. «No muevas ni un dedo por una causa perdida.»
Ella no era sobrenatural. Pero sí bad news. Era su hermanastra.
La había subestimado.
Ronald Niederma
Por una parte, quería volver y romperle el cuello a Lisbeth. Por la otra, deseaba seguir huyendo a través de la noche.
Llevaba el pasaporte y la cartera en el bolsillo trasero del pantalón. No quería volver. En la granja, no había nada que él quisiera.
A excepción, tal vez, de un coche.
Seguía dudando cuando vio el brillo de los faros de un coche acercarse tras una elevación del terreno. Volvió la cabeza. Tal vez pudiera conseguir un transporte de otra manera. Lo único que necesitaba era un coche para llegar a Gotemburgo.
Por primera vez en su vida -por lo menos, desde que abandonara su más tierna infancia-, Lisbeth era incapaz de tomar las riendas de la situación. A lo largo de los años, se había visto implicada en peleas, había sido víctima de malos tratos y objeto tanto de internamiento forzado por parte del Estado como de abusos de partículares. Su cuerpo y su alma habían encajado muchos más golpes que los que un ser humano debería sufrir.
Pero, en cada ocasión, había sabido reaccionar. Se había negado a contestar a las preguntas de Teleborian y cada vez que fue sometida a algún tipo de violencia física, logró apartarse de ella y escapar.
Con una nariz rota se podía vivir.
Con un agujero en la cabeza, no.
Esta vez no podía arrastrarse hasta la cama de su casa, taparse con el edredón, dormir dos días y, luego, levantarse y retomar las rutinas diarias como si nada hubiese ocurrido.
Se hallaba tan gravemente herida que era incapaz de arreglar la situación por sí misma. Y tan cansada que el cuerpo no obedecía sus órdenes.
«Tengo que dormir un rato», pensó. Y, de repente, tuvo la certeza de que si ahora se rendía y cerraba los ojos, la probabilidad de no abrirlos nunca más era muy alta. Analizó esa consecuencia y constató que no le importaba. Más bien al contrario, incluso le atraía. «Descansar. No tener que despertar.»
Sus últimos pensamientos fueron para Miriam Wu.
«Perdóname, Mimmi.»
Seguía teniendo en la mano la pistola de So
Mikael Blomkvist descubrió a Ronald Niederma
– Gracias por detenerte -dijo Niederma
Su voz era extrañamente aguda.
– Por supuesto que te puedo llevar a la ciudad -dijo Mikael Blomkvist, apuntándole con el arma-. Túmbate en el suelo.
Las pruebas a las que se estaba enfrentando Niederma
Niederma
Consideró sus posibilidades. Sabía que si se lanzaba sobre él, podría coger el arma. Por otra parte, el hombre de la pistola parecía controlar la situación y se protegía tras la puerta del coche. Le alcanzaría con una o dos balas. Si se movía rápido, tal vez el hombre fallara el tiro -o al menos no le daría en ningún órgano vital- pero, aun en el caso de que sobreviviera, las balas dificultarían, o incluso imposibilitarían, su huida. Era preferible esperar una oportunidad mejor.
– ¡TÚMBATE AHORA MISMO! -gritó Mikael.
Desplazó el arma unos centímetros y disparó a la cuneta.
– El próximo irá a parar a tu rodilla -dijo Mikael con una alta y clara voz de mando.
Ronald Niederma
– ¿Quién eres? -preguntó.
Mikael extendió la mano hasta el compartimento de la puerta y sacó la linterna que compró en la gasolinera. Dirigió el haz de luz a la cara de Niederma
– Las manos en la espalda -ordenó Mikael-. Separa las piernas.
Esperó hasta que Niederma
– Sé quién eres. Si haces alguna tontería, te dispararé sin previo aviso. Apuntaré al pulmón, por debajo del omoplato. Es muy probable que me cojas, pero te va a costar.
Dejó la linterna en el suelo, se quitó el cinturón e hizo una lazada tal y como le enseñaron en la Escuela de Infantería de Kiruna donde, dos décadas antes, hizo el servicio militar. Se colocó entre las piernas del gigante rubio -tumbado en el suelo- introdujo sus brazos por la lazada y apretó por encima de los codos. De esa manera, el inmenso Niederma
Y, luego, qué.
Mikael miró a su alrededor. Se encontraban completamente solos en la oscuridad de la carretera. Paolo Roberto no había exagerado al describir a Niederma
– Busco a Lisbeth Salander. Supongo que la has visto.
Niederma
– ¿Dónde está Lisbeth Salander? -preguntó Mikael.
Niederma
Mikael se encogió de hombros. Volvió al coche, abrió el maletero y encontró una cuerda de remolque. No podía abandonar a Niederma
– Levántate.
Puso la boca del arma en la nuca de Niederma
– Todo esto es muy sencillo -dijo Mikael-. Tú asesinaste a Dag Svensson y Mia Bergman. Eran mis amigos. No pienso soltarte en medio de la carretera, así que o te ato aquí o te pego un tiro en la rodilla. Tú eliges.