Страница 12 из 131
Estupefacto, el abogado Nils Bjurman se quedó mirando el nombre. Era un nombre que conocía. Y muy bien.
Las cosas cobraban otra dimensión.
Tardó otros dos meses, por vías completamente distintas, en conseguir el informe de la investigación: un informe policial breve y conciso compuesto por cuarenta y siete páginas metidas en una carpeta tamaño A4, complementado con un total de unas sesenta páginas que se habían ido añadiendo a lo largo de un período de seis años.
Al principio no lo entendió.
Luego encontró las fotografías de los médicos forenses y volvió a comprobar el nombre. «Dios mío… no puede ser.»
De repente comprendió por qué el asunto había sido clasificado como confidencial. El abogado Nils Bjurman acababa de hacer jackpot.
Al leer posteriormente, línea a línea, el informe de la investigación, se dio cuenta de que había otra persona en el mundo con motivos para odiar a Lisbeth Salander con la misma pasión que él.
Bjurman no estaba solo.
Tenía un aliado. El aliado más inverosímil que se podía imaginar.
Lentamente empezó a urdir un plan.
Nils Bjurman abandonó sus pensamientos cuando una sombra se cernió sobre la mesa del Café Hedon. Levantó la vista y vio a un rubio… gigante, ésa fue la palabra con la que al final se quedó. Durante una décima de segundo se echó atrás pero en seguida recuperó el control.
El hombre que lo miraba desde arriba medía más de dos metros y tenía una constitución física fuerte. Excepcionalmente fuerte. Un culturista, sin duda. Bjurman no pudo percibir ni una pizca de grasa o flacidez. Daba una impresión general de poseer una fuerza espantosa.
El hombre era rubio, tenía las sienes rapadas y un corto flequillo. Su cara era ovalada, curiosamente delicada, casi infantil. En cambio, sus ojos color azul hielo no resultaban nada delicados. Vestía una cazadora de cuero que le llegaba hasta la cintura, una camisa azul, corbata negra y pantalones negros. Lo último en lo que el abogado Bjurman reparó fue en sus manos. Si el hombre era ya de por sí grande, sus manos resultaban enormes.
– ¿El abogado Bjurman?
Hablaba con un marcado acento, pero la voz le resultó tan extrañamente aguda que Bjurman estuvo a punto de esbozar una sonrisa. Asintió.
– Hemos recibido tu carta.
– ¿Quién eres tú? Yo quería hablar con…
El hombre de las manos enormes ignoró la pregunta, se sentó frente a Bjurman y lo interrumpió.
– Pues tendrás que hablar conmigo. Explícame qué quieres.
El abogado Nils Erik Bjurman dudó un instante. Odiaba la idea de tener que confiarse a un completo desconocido. Pero era necesario. Se recordó a sí mismo que no era el único que odiaba a Lisbeth Salander. Se trataba de encontrar un aliado. En voz baja empezó a comentarle el asunto.