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De repente, Paolo Roberto comprendió que estaba combatiendo a vida o muerte. Todo el entrenamiento, todos esos años machacando sacos de arena, todas sus horas de sparring y todas las experiencias vividas en cada asalto se concentraban ahora en una única energía que le brotó de repente, cuando la adrenalina le subió como nunca antes le había sucedido.
Ahora ya no contenía sus puñetazos. Se abalanzaron uno contra otro en un intercambio de golpes en el que Paolo puso toda su fuerza y todos sus músculos. Izquierda, derecha, izquierda, izquierda de nuevo y un jab con la derecha en plena cara, esquivar el gancho de la izquierda, retroceder un paso, atacar con la derecha. Cada golpe de Paolo Roberto alcanzaba su objetivo.
Se hallaba ante el combate más importante de su vida. Peleaba casi tanto con el cerebro como con las manos. Consiguió bajar la cabeza y evitar todos los golpes que el gigante le mandaba.
Con la derecha, le endosó un gancho tan limpio en la mandíbula, que debería haber enviado a su contrincante a la lona, como un miserable saco. Le dio la sensación de haberse roto un hueso de la mano en el intento. Se miró los nudillos y advirtió que sangraban. Vio la cara enrojecida e hinchada del gigante rubio. Sin embargo, el adversario de Paolo no parecía ni siquiera notar los golpes.
Paolo retrocedió unos pasos e hizo una pausa mientras examinaba a su oponente. «No es un boxeador. Se mueve como un boxeador, pero está a años luz de saber boxear de verdad. Sólo está fingiendo. No sabe esquivar los golpes. Anuncia sus puñetazos. Y es muy lento.»
Después, el gigante, con el puño izquierdo, le encajó un gancho en el costado de la caja torácica. Fue el segundo golpe que acertó de pleno. Paolo sintió cómo el dolor le recorrió el cuerpo cuando las costillas crujieron. Intentó dar un paso atrás, pero tropezó con algún trasto del suelo y cayó de espaldas. Durante un segundo, vio al gigante cernirse sobre él. Tuvo el tiempo justo de echarse a un lado y consiguió, atolondrado, levantarse de nuevo.
Retrocedió e intentó reunir fuerzas.
El gigante volvió a abalanzarse sobre él. Paolo estaba a la defensiva. Esquivó, volvió a esquivar y retrocedió unos pasos. Sintió dolor cada vez que paró un golpe con el hombro.
Luego llegó ese momento que todo boxeador ha experimentado alguna vez con auténtico terror. Una sensación que podía invadirte en pleno combate, la de no dar la talla. La constatación de «mierda, estoy a punto de perder».
Es el momento decisivo de casi cualquier combate.
Es el momento en el que las fuerzas salen inesperadamente del cuerpo y la adrenalina sube con tanta intensidad que se convierte en una carga paralizadora, y una resignada capitulación se materializa como un fantasma en el ringside. Es el momento que separa al aficionado del profesional, al ganador del perdedor. Muy pocos de los boxeadores que se hallan de súbito al borde de ese abismo consiguen reunir las fuerzas necesarias para darle la vuelta al combate y convertir una derrota segura en una victoria.
A Paolo Roberto le invadió esa sensación. Notó un pitido en la cabeza que lo dejó atolondrado y vivió ese instante como si observara la escena desde fuera, como si mirara al gigante rubio a través del objetivo de una cámara. Era el momento en el que se trataba de ganar o morir.
Paolo Roberto se echó atrás y se abrió trazando un amplio semicírculo para reunir fuerzas y ganar tiempo. El gigante lo seguía con determinación a la par que con lentitud, como si ya supiera que la pelea estaba ganada y quisiera alargar el asalto. «Boxea, aunque no sabe boxear. Sabe quién soy. Es un wa
Las ideas daban tumbos en la cabeza de Paolo mientras intentaba juzgar la situación y decidir qué hacer.
De repente, revivió aquella noche en Mariehamn de dos años atrás. Su carrera como boxeador profesional terminó de la manera más brutal cuando se encontró con el argentino Sebastián Lujan o, mejor dicho, cuando el puño de Sebastián Lujan se encontró con la mandíbula de Paolo. Fue el primer KO de su vida y estuvo inconsciente durante quince segundos.
Había pensado muchas veces en qué se equivocó. Se hallaba en una forma estupenda. Estaba concentrado. Sebastián Lujan no era mejor que él. Pero el argentino le endosó un golpe limpio y, de repente, el cuadrilátero se convirtió en un barco en plena tempestad.
En el vídeo de después pudo ver cómo daba vueltas indefenso y haciendo eses como el Pato Donald. El KO llegó veintitrés segundos más tarde.
Sebastián Lujan no había peleado mejor ni había estado más preparado que él. El margen fue tan pequeño que el combate bien podría haber acabado con el resultado contrario.
A toro pasado, la única diferencia que se le ocurrió fue que Sebastián Lujan había tenido más hambre que Paolo Roberto. Cuando Paolo subió al cuadrilátero en Mariehamn, contaba con ganar, pero no tenía ganas de boxear. Para él, ya no era cuestión de vida o muerte. Una derrota ya no supondría una catástrofe.
Año y medio más tarde, seguía siendo boxeador. Ya no era profesional y sólo participaba en combates amistosos como sparring. Pero se entrenaba. No había subido de peso ni había empezado a colgarle nada de la cintura. Naturalmente, no era un instrumento tan bien afinado como cuando combatía por el título y se machacaba el cuerpo durante meses, pero era «Paolo Roberto» y eso no era moco de pavo. Y, a diferencia de Mariehamn, la pelea del almacén situado al sur de Nykvarn significaba, literalmente, la vida o la muerte.
Paolo Roberto tomó una decisión. Se detuvo en seco y dejó que el gigante se le acercara. Lo engañó con la izquierda y apostó por un gancho de derecha. Le imprimió toda la fuerza que le quedaba y estalló en un puñetazo que cayó sobre boca y nariz. Lo cogió desprevenido después de haberse batido en retirada durante tanto tiempo. Por fin oyó que algo cedió. Siguió con izquierda-derecha-izquierda y se los encajó todos en la cara.
El gigante rubio estaba boxeando a cámara lenta y devolvió con la derecha. Paolo lo vio venir a mil leguas y esquivó el enorme puño. Advirtió que cambió el peso del cuerpo y supo que el gigante continuaría con la izquierda. En vez de pararlo, Paolo se echó hacia atrás y vio cómo el gancho pasaba por delante de su nariz. Respondió con un poderoso golpe en el costado, un poco por debajo de las costillas. Cuando el gigante se volvió para contraatacar, Paolo lanzó otra vez su gancho izquierdo y le alcanzó de pleno en la nariz.
De repente, tuvo la sensación de que todo lo que hacía era perfecto y que dominaba la pelea por completo. Por fin, el enemigo retrocedía. Sangraba por la nariz. Ya no sonreía.
Entonces, el gigante le dio una patada.
Su pie apareció de la nada y cogió a Paolo Roberto por sorpresa. Por pura costumbre, estaba siguiendo el reglamento del boxeo y no se esperaba una patada. La sintió como si un mazo le diera en la parte baja del muslo, justo por encima de la rodilla. Un penetrante dolor le atravesó la pierna. «No.» Retrocedió un paso cuando su pierna derecha se dobló, volvió a tropezar con algo y cayó.
El gigante bajó la vista y lo observó. Durante un breve segundo cruzaron las miradas. El mensaje no daba lugar a malentendidos. La pelea había terminado.
Luego, los ojos del gigante se abrieron como platos cuando Miriam Wu, por detrás, le metió una patada en la entrepierna.
A Miriam le dolían todos y cada uno de los músculos del cuerpo; aun así había logrado pasarse las manos esposadas por debajo del culo, y ya las tenía delante. En su estado, era una proeza acrobática.
Le dolían las costillas, el cuello, la espalda y los riñones; le costó incorporarse. Después, fue dando tumbos hasta la puerta y vio, con los ojos abiertos de par en par, cómo Paolo Roberto -«¿de dónde habrá salido?»- le dio al gigante rubio un buen gancho de derecha y una serie de golpes en la cara antes de ser derribado con la patada.
Miriam Wu se dio cuenta de que no le importaba lo más mínimo cómo o por qué había aparecido allí Paolo Roberto. Era uno de los good guys. Por primera vez en su vida, sintió un deseo asesino hacia otro ser humano. Avanzó dando unos rápidos pasos, movilizó cada resquicio de energía y los músculos que seguían intactos. Se acercó al gigante por detrás y le dio la patada en la entrepierna. Tal vez no constituyera un buen ejemplo de la elegancia del thaiboxing, pero obtuvo el efecto deseado.
Miriam Wu asintió para sí misma con aire de entendida. Puede que haya hombres grandes como casas y hechos de granito, pero siempre llevan las bolas en el mismo sitio. La patada le había salido tan limpia que debería entrar en el libro Gui
Por primera vez, el gigante rubio pareció tocado. Emitió un gemido, se agarró la entrepierna y cayó sobre una rodilla.
Miriam permaneció inmóvil, indecisa, durante unos segundos hasta que se dio cuenta de que debía continuar e intentar rematarlo. Apostó por atacar con una patada en la cara, pero, para su asombro, él levantó un brazo. Era imposible que se hubiese recuperado tan rápido. Parecía como si le hubiese dado la patada al tronco de un árbol. De repente, él sujetó el pie de Miriam, la derribó y empezó a tirar de ella. Miriam lo vio esgrimir un puño en alto, se revolvió desesperadamente y le metió una patada con la pierna que le quedaba libre; impactó en la oreja al mismo tiempo que un puñetazo del gigante alcanzaba a Miriam en la sien. Miriam Wu tuvo la impresión de haberse empotrado de cabeza contra una pared. Vio destellos de estrellas alternados con una profunda oscuridad.
De nuevo, el gigante rubio empezó a levantarse.
Entonces, Paolo Roberto le pegó en la nuca con la misma tabla de madera con la que había tropezado. El gigante rubio aterrizó de bruces, cuan largo era, con un notable estruendo.
Con una sensación de irrealidad, Paolo Roberto examinó el entorno con la mirada. El gigante rubio se retorcía en el suelo. Miriam Wu tenía la mirada vidriosa y parecía completamente noqueada. La unión de sus fuerzas les había provisto de un breve respiro.
Paolo Roberto apenas podía apoyarse en su pierna dañada; sospechó que se había desgarrado el músculo que pasaba justo por encima de la rodilla. Se acercó cojeando a Miriam Wu y la levantó. Ella comenzó a moverse, pero su mirada estaba ausente. Sin mediar palabra, se la echó a los hombros y empezó a cojear hacia la salida. El dolor de la rodilla derecha era tan agudo que, a ratos, se veía obligado a saltar sobre una pierna.
Salir a la oscuridad y el frío de la noche fue una liberación. Aunque no se podía permitir el lujo de detenerse. Atravesó el patio de grava y la hilera de árboles deshaciendo el camino por donde había entrado. Nada más internarse en el bosque, tropezó con un árbol caído y se cayó. Miriam Wu gimió y él oyó cómo la puerta del almacén se abría estrepitosamente.
La monumental silueta del gigante rubio apareció a la luz del vano de la puerta. Paolo puso una mano sobre la boca de Miriam Wu. Se inclinó y le susurró al oído que permaneciera inmóvil y no hiciera el menor ruido.