Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 100 из 131

La furgoneta tenía que estar cerca. Paolo Roberto se había mantenido a tanta distancia que, a ratos, perdió de vista al vehículo, pero lo había vislumbrado justo unos minutos antes de que desapareciera. Dio marcha atrás invadiendo el arcén y tomó rumbo norte. Condujo despacio buscando algún desvío.

Cuando apenas había recorrido ciento cincuenta metros, de repente, vio a través de una estrecha abertura en el espesor del bosque el destello de un haz de luz. Al otro lado de la carretera descubrió un pequeño camino forestal y giró el volante. Se adentró una decena de metros y aparcó. No se molestó en cerrar con llave. Cruzó la carretera corriendo y saltó la cuneta. Cuando se abrió camino entre la maleza y los árboles, deseó haber llevado encima una linterna.

El bosque no era tal, se trataba sólo de una hilera de árboles que se extendía paralelamente a la carretera. De pronto, fue a dar a un patio de grava. Divisó unos edificios bajos y oscuros. Se estaba acercando, cuando la iluminación del portón de carga de uno de ellos se encendió inesperadamente.

Paolo se arrodilló y se quedó quieto. Un segundo más tarde, se encendió la luz en el interior del edificio. Tenía pinta de ser un almacén; mediría unos treinta metros de largo. En la parte superior de la fachada, muy arriba, distinguió una estrecha fila de ventanas. El patio estaba lleno de contenedores y a la derecha había una carretilla de carga de color amarillo. Al lado, estaba aparcado un Volvo blanco. Gracias a la iluminación exterior, descubrió la furgoneta, a sólo veinticinco metros de él.

Entonces, justo delante de sus narices, se abrió la puerta del portón de carga. Un hombre rubio con una tripa cervecera salió del almacén y encendió un cigarrillo. Cuando giró la cabeza, Paolo vio cómo la silueta de una coleta se perfiló contra la luz de la entrada.

Paolo siguió inmóvil con una rodilla apoyada en el suelo. Estaba delante del hombre, a menos de veinte metros, totalmente a la vista, pero la llama del mechero eliminó por un momento su visión nocturna. Acto seguido, tanto Paolo como el hombre de la coleta oyeron un grito medio apagado en el interior de la furgoneta. Cuando la coleta empezó a moverse en dirección al vehículo, Paolo echó cuerpo a tierra muy despacio.

Oyó cómo se abrían las puertas corredizas de la furgoneta y vio cómo el gigante rubio salió de allí dando un salto. A continuación, metió medio cuerpo en el interior para sacar a Miriam Wu a rastras. La cogió por la axila, la levantó y la mantuvo así, sin ningún problema, mientras ella pataleaba. Los dos hombres parecieron intercambiar unas palabras, pero Paolo no pudo oír lo que decían. Luego, el de la coleta abrió la puerta del conductor y subió. Arrancó y atravesó el patio dibujando una cerrada curva. El haz de luz de los faros pasó a escasos metros de Paolo. La furgoneta desapareció por un camino y Paolo oyó alejarse el ruido del motor.

Con Miriam Wu en los brazos, el gigante rubio entró por la puerta del portón de carga. Paolo vislumbró una sombra a través de las ventanas situadas en la parte superior. Le dio la impresión de que se desplazaba hacia el fondo del edificio.

Se incorporó en estado de alerta. Tenía la ropa mojada. Se sentía aliviado y a la vez preocupado. Aliviado por el hecho de haber localizado la furgoneta y tener cerca a Miriam Wu. Y preocupado, a la vez que lleno de respeto, por ese gigante rubio que la manejaba como si fuese la bolsa de la compra de Konsum. Paolo había constatado que se trataba de un hombre muy grande y que aparentaba poseer una fuerza descomunal.

Lo razonable sería retirarse y llamar a la policía, pero su móvil estaba completamente muerto. Además, no sabía a ciencia cierta dónde se hallaba y no podía describir con precisión cómo llegar. Tampoco tenía ni idea de lo que estaría ocurriendo con Miriam Wu dentro del almacén.

Se desplazó con sigilo, bordeó el edificio describiendo un semicírculo y advirtió que al parecer sólo existía un único acceso. Dos minutos después, ya se encontraba de nuevo en la entrada. Tuvo que tomar una decisión. Paolo no dudaba de que el gigante rubio fuera uno de los malos; había maltratado y raptado a Miriam Wu. Sin embargo, Paolo no estaba particularmente asustado. Tenía mucha confianza en sí mismo y sabía que podía hacer mucho daño si la cosa llegara a las manos. La cuestión, no obstante, era si el hombre del almacén iría armado y si allí dentro habría más personas. Lo dudaba. No debía de haber nadie más aparte de Miriam Wu y el gigante rubio.

El portón tenía la anchura suficiente para que la carretilla pasara sin problemas. En el centro estaba la puerta de entrada. Paolo se acercó, puso la mano en el picaporte y la abrió. Entró en un almacén grande e iluminado, lleno de trastos, cajas de cartón rotas y otros objetos inservibles tirados por el suelo.

Miriam Wu sintió cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas. Eran más de impotencia que de dolor. Durante el trayecto, el gigante la había ignorado por completo. En cuanto la furgoneta se detuvo, le quitó la cinta de la boca. Luego la levantó, la llevó dentro y la depositó en el suelo de cemento haciendo oídos sordos a sus súplicas y protestas. La contempló con una gélida mirada.

Entonces, Miriam Wu comprendió que iba a morir allí dentro.

Él le dio la espalda y se acercó a una mesa, en la que abrió una botella de agua mineral, que se bebió a grandes tragos. No le había inmovilizado las piernas, de modo que Miriam Wu hizo un ademán de levantarse.

Él se giró y le sonrió. Se encontraba más cerca de la puerta que ella; no tendría ninguna oportunidad. Resignada, se dejó caer de rodillas y se enfureció consigo misma. «Me cago en… No voy a tirar la toalla sin luchar. -Se volvió a levantar y apretó los dientes-. Ven aquí, gordo de mierda.»

Con las manos esposadas en la espalda, se sentía torpe y falta de equilibrio, pero cuando él se acercó, ella comenzó a dar vueltas a su alrededor buscando un hueco. Le pegó una patada en las costillas, se volvió y le dio otra, esta vez dirigida a la entrepierna. Le alcanzó la cadera, de modo que retrocedió un metro y cambió de pierna para prepararse para la siguiente. Al tener las manos en la espalda no contaba con el suficiente equilibrio para acertarle en la cabeza; sin embargo, le propinó un potente puntapié en el pecho.

Él extendió una mano, la agarró del hombro y le dio media vuelta como si fuera de papel. Le pegó un solo puñetazo, no muy fuerte, en los riñones. Miriam Wu gritó como una posesa cuando el paralizante dolor le atravesó el diafragma. Cayó nuevamente de rodillas. Él la abofeteó y la tiró al suelo. Después, levantó el pie y le dio una patada en el costado. Miriam se quedó sin aire y oyó cómo se le rompían las costillas.

Paolo Roberto no vio ni un golpe de la paliza, pero, de pronto, oyó a Miriam Wu aullar de dolor, un alarido agudo y estridente, que cesó al instante. Volvió la cabeza en dirección al grito y apretó los dientes. Detrás de un tabique había otra estancia. Cruzó el interior del almacén sin hacer ruido y, con sumo cuidado, se asomó por la puerta justo cuando el gigante rubio tumbaba a Miriam Wu de espaldas. El gigante desapareció de su campo de visión durante unos segundos para regresar de inmediato con una motosierra que dejó en el suelo delante de ella. Paolo Roberto arqueó las cejas.

– Quiero que me contestes a una sencilla pregunta.

Tenía una voz extrañamente aguda, casi como si aún no le hubiese cambiado. Paolo advirtió un leve acento extranjero.

– ¿Dónde está Lisbeth Salander?

– No lo sé -murmuró Miriam Wu.

– Respuesta incorrecta. Te doy otra oportunidad antes de arrancar esto.

Se puso de cuclillas y le dio varias palmadas a la motosierra.

– ¿Dónde se esconde Lisbeth Salander?

Miriam Wu negó con la cabeza.

Paolo dudó, pero cuando el gigante rubio alargó la mano para coger la motosierra, Paolo Roberto entró en la habitación dando tres decididos pasos y le metió un fuerte derechazo en los riñones.

Paolo Roberto no se había convertido en un boxeador de fama mundial por ser un blandengue en el cuadrilátero. De las treinta y tres peleas de su carrera profesional había ganado veintiocho. Cuando endosaba un puñetazo esperaba algún tipo de reacción. Por ejemplo, que la persona golpeada se tambaleara y se quejara de dolor. Y ahora era como si hubiera introducido la mano con todas sus fuerzas en una pared de hormigón. En todos los años que llevaba en el mundo del boxeo, nunca había sentido nada parecido. Perplejo, contempló al coloso que tenía ante él.

El gigante rubio se volvió y observó con igual sorpresa al boxeador.

– ¿Por qué no te metes con alguien de tu misma categoría de peso? -preguntó Paolo Roberto.

Le propinó en el diafragma una serie de derecha-izquierda-derecha a la que imprimió mucha fuerza. Unos puñetazos verdaderamente contundentes. Fue como golpear una pared. Tan sólo consiguió que el gigante retrocediera medio paso, más por asombro que por los golpes. De repente, sonrió.

– Eres Paolo Roberto -dijo el gigante rubio.

Desconcertado, Paolo se detuvo. Acababa de encajarle cuatro golpes que, según todas las leyes del boxeo, deberían tener como consecuencia que el gigante rubio estuviera en el suelo y él de camino a su rincón del cuadrilátero, mientras el arbitro empezaba a contar. Ni uno solo de sus golpes pareció tener el más mínimo efecto.

«Dios mío. Esto no es normal.»

Luego vio, casi a cámara lenta, cómo el gancho derecho del rubio surcaba los aires. El tipo era lento y dejaba adivinar el golpe con antelación. Paolo lo esquivó y lo paró parcialmente con el hombro izquierdo. Era como si le hubiesen dado con un tubo de hierro.

Lleno de un renovado respeto por su adversario, Paolo Roberto retrocedió dos pasos.

«Pasa algo con este tipo. Nadie pega así de fuerte.»

Paró automáticamente un gancho izquierdo con el antebrazo y, de inmediato, sintió un fuerte dolor. No tuvo tiempo de esquivar el gancho derecho que surgió de la nada y le impactó en la frente.

Paolo Roberto salió despedido como un guante y dio unas cuantas vueltas hacia atrás. Aterrizó, provocando un estruendo, contra una pila de palés de madera y se sacudió la cabeza. Sintió enseguida cómo la sangre le bañaba la cara. «Me ha abierto la ceja. Tendrán que darme puntos. Otra vez.»

A continuación, el gigante entró en su campo de visión y, por puro instinto, Paolo Roberto se echó a un lado. Faltó un pelo para que sus enormes puños le dieran otro mazazo. Retrocedió rápidamente tres o cuatro pasos y levantó los brazos en posición de defensa. Paolo Roberto estaba tocado.

El gigante rubio lo contempló con unos ojos que expresaban curiosidad y casi diversión. Luego adoptó la misma posición de defensa que Paolo Roberto. «Es un boxeador.» Tanteándose, empezaron a dar vueltas uno alrededor del otro.

Los siguientes ciento ochenta segundos conformaron el combate más extraño en el que Paolo Roberto había participado jamás. No había cuerdas ni guantes. Tampoco segundos ni arbitros. Faltaba la campana que interrumpía la pelea y mandaba a cada una de las partes a su rincón para hacer una breve pausa con agua, sales y una toalla para limpiarse la sangre de los ojos.