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– Pero ¿qué estás haciendo tú aquí? -preguntó asombrado a Joh

– He querido que mi primo del pueblo vea el ambiente de Hollywood. Te presento a Nino -explicó Joh

Después de saludar también a Nino, McElroy exclamó:

– ¡Se lo comerán vivo!

Luego los acompañó a la parte posterior de la mansión, al «patio».

El patio consistía en una serie de enormes estancias, cuyos ventanales acristalados -ahora abiertos-daban a un jardín, en medio del cual había una piscina. En el lugar se encontraban, por lo menos, un centenar de personas, todas con una copa en la mano. Las luces habían sido dispuestas de modo que favorecieran el rostro y el cutis de las mujeres. Nino había visto todos aquellos rostros muchas veces en la pantalla desde que era un adolescente. Sus sueños eróticos habían tenido a muchas de aquellas mujeres como protagonistas. Pero ahora, al verlas en carne y hueso, se sentía un poco decepcionado. Nada podía ocultar el cansancio de los espíritus y de los cuerpos; el tiempo había dejado su huella. Las viejas actrices se movían con el mismo encanto que en la pantalla, pero parecían estar hechas de cera, incapacitadas para estimular a ningún hombre. Nino se tomó un par de copas y se acercó a una mesa cubierta de botellas. Joh

Nino, como millones de hombres, nunca podría olvidar aquella voz maravillosa. Sin embargo, Dea

– Eres un cerdo, Joh

– Porque me dejaste sin fuerzas. Estuve un mes tratando de recuperarme. Oye, Dea

– ¿Le gustan los preestrenos? -preguntó a Joh

– No creo que haya asistido a ninguno -Joh

Cuando se encontró a solas con Dea

– Joh

Tomó a Nino de la mano y se lo llevó a uno de los rincones del salón, lejos de cualquier posible competencia. Luego, todavía con cierta frialdad, le hizo algunas preguntas acerca de su vida. Nino pronto comprendió cuál era su juego. Advirtió que estaba interpretando el papel de la muchacha de buena sociedad que se muestra amable con el criado o el chófer, pero que no daría esperanzas al muchacho (si este papel lo desempeñara Spencer Tracy), o que haría lo posible y lo imposible por conquistarlo (si se tratara de Clark Gable). No importaba, pensó Nino. Y, sin apenas darse cuenta, empezó a contarle a Dea

– ¿Sabes cómo consiguió Joh

Nino respondió que no. Ella no habló más del asunto.

Había llegado el momento de ver el preestreno de una nueva película de Woltz. Dea

Nino comprobó que al lado de cada sofá había una mesita, encima de la cual no faltaban los vasos, las botellas de licor ni los cigarrillos. Dio uno de éstos a Dea

Nino esperaba algo atroz, pues no en balde había oído muchas leyendas acerca de la depravación de Hollywood. Pero no estaba preparado para el rápido y voraz sondeo efectuado por Dea

– Parece una buena película ¿no? Sintió que el cuerpo de ella se apretaba contra el suyo. ¿Estaría esperando que le diera las gracias? En la oscuridad, Nino se llenó el vaso. Al diablo con todo. Dea

Estuvieron contemplando la película durante unos quince minutos. Nino se apartó un poco, para que sus cuerpos no estuvieran en contacto. Finalmente, en voz muy baja, Dea

– No te hagas el ofendido. Sé que te ha gustado. Dea

– ¿Te diviertes, muchacho?

– Pues no lo sé -contestó Nino, sonriendo-. Es todo muy diferente de lo que me imaginaba. Cuando regrese a mi barrio podré decir que Dea