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– Tan especial que no te has acostado con él
– Puede vencerme en el squash -añadió Ruth débilmente.
– Lo mismo que tu padre, ¿y qué edad tiene?
– Setenta y siete, ya lo sabes
– ¿De veras? -replicó Ha
– Me refiero a mi padre, no a Allan Albright -dijo Ruth, enojada-. Allan Albright sólo tiene cincuenta y cuatro. Me quiere, desea casarse conmigo, y creo que sería feliz si viviera con él.
– ¿Has dicho que le quieres? -inquirió Ha
– No lo he dicho -admitió Ruth-. No lo sé…, no puedo saberlo -añadió
– Si no puedes saberlo, entonces no le quieres -dijo Ha
– Sí, lo era -replicó Ruth lentamente-. Él mismo me lo dijo, pero en ese aspecto ha cambiado
– Ya -dijo Ha
– ¿Cambiamos nosotras? -preguntó Ruth.
– Quieres cambiar, ¿no es cierto?
– Estoy cansada de los novios granujas -confesó Ruth. -Desde luego, los eliges malos -comentó Ha
– También tú has elegido algunos novios granujas -dijo Ruth.
– Claro, continuamente -admitió Ha
– Creo que Allan me durará
– Claro que sí -repuso Ha
– Sí -confesó Ruth por fin-. Eso es
– Quiero conocerle, y te diré si durará. Te lo diré en cuanto vea
"¡Y ahora me ha dado plantón!", se dijo Ruth. Cerró bruscamente su ejemplar de la novela y lo sostuvo contra los senos. Tenía ganas de llorar, tan enojada estaba con Ha
– El público podría oírla -le susurró el taimado joven, con una sonrisa arrogante
La respuesta de Ruth no fue espontánea. Casi nunca hablaba sin pensar primero lo que iba a decir
– Por si te intriga -susurró al tramoyista-, son de la talla treinta y cuatro
– ¿Cómo?
Ruth se dijo que era demasiado tonto para entenderla. Además, el público había prorrumpido en resonantes aplausos. Sin oír lo que Eddie había dicho, Ruth comprendió que por fin su presentador había terminado
Se detuvo en el escenario para estrecharle la mano a Eddie antes de dirigirse al estrado. Eddie, confuso, se metió entre bastidores en vez de ir a ocupar el asiento que tenía reservado en la platea. Una vez allí, se sintió demasiado azorado para dirigirse a su asiento. Miró impotente al hostil tramoyista, quien no estaba dispuesto a ofrecerle su taburete
Ruth aguardó a que remitieran los aplausos. Tomó el vaso de agua, pero estaba vacío y lo dejó enseguida sobre la mesa. "¡Dios mío, me he bebido su agua!", pensó Eddie
– Vaya par de melones, ¿eh? -susurró el tramoyista a Eddie, el cual no le respondió nada pero adoptó una expresión de culpabilidad. (No había oído al muchacho, y supuso que le había dicho algo acerca del vaso de agua.)
El tramoyista tenía un pequeño cometido en la realización del acto, pero de repente se sintió más pequeño que de ordinario. Apenas había terminado de hacer su observación sobre los "melones", cuando el frívolo joven captó el significado de lo que la novelista famosa le había susurrado. "¡Usa una talla treinta y cuatro!", comprendió tardíamente el muy necio. Pero ¿por qué se lo había dicho? ¿Acaso le estaba tirando los tejos?
– ¿Quieren aumentar un poco la iluminación de la sala, por favor? -pidió Ruth cuando los aplausos cedieron un poco
Quiero ver la cara de mi editor. Si le veo encogerse, sabré que me he saltado algo… O que se lo ha saltado él
Este preámbulo fue recibido con risas, como ella había pretendido, aunque ésa no había sido su única finalidad. No necesitaba ver el rostro de Allan Albright, cuya presencia en su mente ya le bastaba. Lo que Ruth quería ver era el asiento vacío al lado de Allan, la plaza reservada para Ha
"¡Mal rayo te parta, Ha
Tal vez no sabía qué hacer con respecto a sus novios, sobre todo con respecto al que quería casarse con ella, y tal vez no sabía tratar con su padre, sobre quien tenía unos sentimientos dolorosamente encontrados. Tal vez no sabía si era mejor odiar a su mejor amiga, Ha
De hecho, se estaba concentrando tanto en la lectura del primer capítulo, titulado "La colchoneta hinchable roja y azul", que se olvidó de decir al público cómo se titulaba su nueva novela, pero no importaba, porque la mayoría de ellos ya lo sabían. (Más de la mitad del público había leído la novela.)
Los orígenes del primer capítulo eran peculiares. Un periódico alemán, el Süddeutsche Zeitung, había pedido a Ruth un relato breve para un suplemento anual dedicado a la narrativa. Ruth no solía escribir relatos breves, y siempre estaba pensando en una novela, aunque no hubiera empezado a escribirla. Pero las normas establecidas por el Süddeutsche Zeitung la intrigaron: todos los cuentos publicados en el suplemento se titulaban "La colchoneta hinchable roja y azul", y por lo menos una vez a lo largo del relato debía aparecer una colchoneta hinchable de esos colores. (También sugerían que la colchoneta debía tener suficiente importancia en el relato para merecer su uso como título.)
A Ruth le gustaban las reglas. La mayoría de los escritores se ríen de ellas, pero Ruth también jugaba al squash y tenía afición a los juegos. La diversión para Ruth consistía en saber dónde y cuándo introduciría la colchoneta en el relato. Ya sabía quiénes eran los personajes: Jane Dash, viuda reciente, y la que por entonces era enemiga de la señora Dash, Eleanor Holt
– Y así -dijo Ruth al público- debo mi primer capítulo a una colchoneta hinchable
El público se echó a reír. Ahora también se trataba de un juego para ellos