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– A lo mejor puedes comprar toda la casa tú sola -le dijo Eddie de mal talante

– ¿Para qué querría esa casa? -respondió ella-. ¡No es exactamente un jodido tesoro de recuerdos para mí!

Eddie pensó que nunca tendría la casa, pero que por lo menos no se vería obligado a vivir con ella

– Dios mío, Eddie, qué raro eres -le dijo Ha

Pese a que aquel fin de semana era tan sólo el primero de noviembre, a lo largo del camino de tierra que llevaba cuesta arriba, por delante de la finca de Kevin Merton, a la casa de Ruth, los árboles habían perdido las hojas. Las ramas desnudas de los arces, que tenían el color de la piedra gris, y las de los abedules, blancos como huesos, parecían temblar, anticipándose a la nieve que no tardaría en caer. Ya hacía frío, y cuando bajaron del coche en el sendero de Ruth, Ha

– ¡Mierda de Vermont! -dijo de nuevo Ha

El ruido que hacía alguien al partir leña atrajo su atención. En el patio, junto a la entrada de la cocina, había un montón de troncos y, a su lado, otro montón más pequeño y pulcro de leña partida. Al principio Eddie pensó que el hombre que partía los troncos y amontonaba la leña era el vecino de Ruth, Kevin Merton, el que le cuidaba la casa. También Ha

El hombre estaba tan absorto en su tarea que no reparó en la llegada del coche de Eddie. Vestía tejanos y camiseta de media manga, pero trabajaba de una manera tan enérgica que no notaba el frío e incluso sudaba. Cortaba los troncos y amontonaba la leña de modo muy metódico. Si el diámetro del tronco no era muy grande, lo colocaba vertical en el tajón y lo partía a lo largo de un hachazo. Si era demasiado grande, cosa que calibraba de un simple vistazo, lo ponía horizontal en el tajón y lo partía con una cuña y un mazo. Aunque el manejo de los útiles parecía su segunda naturaleza, lo cierto era que Harry Hoekstra había empezado a partir leña hacía tan sólo una o dos semanas. Hasta entonces no lo había hecho nunca

Aquel trabajo le encantaba. Con cada potente hachazo o mazazo imaginaba los fuegos que encendería, y a los recién llegados les pareció que era lo bastante fuerte y estaba tan entregado a su tarea que podría haberse pasado el día entero partiendo leña. Ha

– ¡Debe de ser el holandés, el policía de Ruth! -susurró Eddie a Ha

– No me digas -respondió Ha

– Eddie pareció desconcertado, como siempre-. El ruido de mis bragas cuando caen al suelo -le explicó ella-. Ese ruido.

– Ah ¡Qué vulgar era Ha

Harry Hoekstra, que había oído sus voces, dejó caer el hacha y se acercó a ellos. Estaban allí como niños, temerosos de alejarse del coche, mientras el ex policía se acercaba y tomaba la maleta de Ha

– Hola, Harry -logró decir Eddie

– Debéis de ser Eddie y Ha

– No me digas -replicó Ha

– ¡Vaya, Ruth me dijo que dirías eso!

Ha

– Me alegro de conocerte, Harry -fue todo lo que pudo decirle Ha

Eddie vio que Ruth salía a saludarles, rodeándose con los brazos porque hacía mucho frío. Se le había caído harina sobre los tejanos y también tenía un poco en la frente, por la que se pasó el dorso de la mano para apartar el cabello

– ¡Hola! -exclamó Ruth alegremente

Ha

Ha

– Tienes harina en la frente, cariño -le dijo a Ruth, después de besarla-. ¿Has oído ese ruido? -susurró a su vieja amiga-. ¡Mis bragas, que se deslizan al suelo, mejor dicho, que golpean el suelo!

– Las mías también -respondió Ruth, ruborizada

Ha

– Tengo que lavarme la cabeza -se limitó a decirle-, y maquillarme un poco

Había dejado de mirar a Harry, porque no podía seguir haciéndolo

Entonces Graham salió por la cocina y corrió hacia ellos. Rodeó con los brazos la cintura de Ha

– ¡Soy yo, Graham! -gritó el pequeño

– No puedes ser Graham, ¡eres demasiado grande! -replicó Ha

– ¡Sí, soy yo, soy Graham!

– Anda, acompáñame a mi cuarto, Graham -le pidió Ha

– ¿Has llorado, Ha

Ruth miró a Ha

– ¿Estás bien? -preguntó Ruth a su amiga

– Sí. Eddie acaba de pedirme que viva con él, sólo que no me lo decía en ese sentido. Sólo quería que compartiéramos casa -añadió Ha

– Qué raro -observó Ruth

– Sí, no sabes de la misa la mitad -replicó Ha

El niño le pesaba en los brazos, pues no estaba acostumbrada a cargar con un pequeño de cuatro años. Se volvió hacia la casa para ir en busca de su cuarto, darse una ducha o un baño y entregarse a su recuerdo más reciente de cómo era el amor… por si algún día ella lo encontraba