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– Tengo entendido que Harry ha enseñado a Graham a jugar al fútbol -adujo Eddie, a modo de leve alabanza

– Los niños norteamericanos deben aprender a lanzar pelotas de béisbol-replicó Ha

– Ruth dijo que Harry es un gran lector -le recordó Eddie.

– Lo sé -dijo Ha

¿A su edad?, se dijo Eddie O'Hare, quien tenía cincuenta y tres años pero parecía mayor. El problema se debía en parte a su estatura, o más exactamente a su postura, que le daba un aspecto ligeramente encorvado, y a las patas de gallo que se extendían por las pálidas sienes. Aunque conservaba el cabello, éste se había vuelto totalmente gris plateado, y al cabo de pocos años sería blanco

Ha

De todos modos, a Ha

– ¿Qué edad tendría Marion ahora? -preguntó de improviso a Eddie

– Setenta y seis -respondió él sin necesidad de pensarlo.

– Podría estar muerta -sugirió Ha

– ¡De ninguna manera! -exclamó Eddie, con más pasión de la que mostraba sobre cualquier otro tema

– ¡Un puñetero policía holandés! -repitió Ha

– A mí que me registren -replicó Eddie-. A lo mejor quiere casarse por Graham

Ruth había esperado casi dos semanas, desde que Harry vivía con ella en la casa de Vermont, a permitirle dormir en su cama. Le había inquietado la reacción de Graham al encontrar a Harry allí por la mañana, y quería que, en primer lugar, el niño llegara a conocerle bien. Pero cuando Graham por fin vio a Harry en la cama de su madre, subió sin inmutarse y se colocó entre ellos

– ¡Hola, mami y Harry! -exclamó. (Y a Ruth se le desgarró el corazón, porque recordaba la época en que Graham decía: "¡Hola, mami y papi!") Entonces el pequeño tocó al ex policía e informó a Ruth: Harry no está frío, mami

Por supuesto, Ha

– Dios mío, ¿cuándo va a terminar este puñetero viaje? -preguntó entonces a Eddie

Él pensó en decirle que, como había salido de los Hamptons, el puñetero viaje era dos horas y media más largo para él, pero se limitó a decir:

– He estado pensando en algo

¡Y en menudos pensamientos se había embarcado!

Había reflexionado en la posibilidad de comprar la casa de Ruth en Sagaponack. Durante todos los años que Ted Cole vivió allí, Eddie evitó minuciosamente Parsonage Lane. Ni una sola vez había pasado en coche por delante de la casa, una casa que era un hito del verano más emocionante de su vida. Pero a veces, después de la muerte de Ted, Eddie se había desviado de su ruta a fin de pasar por Parsonage Lane, y dado que la casa de los Cole estaba en venta y Ruth había inscrito a Graham en un centro preescolar de Vermont, Eddie aprovechaba cualquier oportunidad para enfilar en su coche el callejón y recorrerlo muy lentamente. También solía pasar en bicicleta ante la casa de Sagaponack

Que la casa aún no se hubiera vendido sólo le daba una mínima esperanza. El precio de la finca era prohibitivo. Las propiedades situadas en el lado de la carretera de Montauk que daba al océano eran demasiado caras para Eddie, quien sólo podía permitirse vivir en los Hamptons si seguía haciéndolo en el lado "inferior" de la carretera. Para empeorar las cosas, la casa de Eddie en Maple Lane, de dos pisos y tejado de ripia, sólo estaba a doscientos metros de lo que quedaba de la estación de Bridgehampton. (Aunque los trenes seguían funcionando, de la estación sólo quedaban los cimientos.)

Desde la casa de Eddie se veían los porches de sus vecinos, los céspedes que se volvían pardos, el amplio surtido de barbacoas y las bicicletas de los niños. No era precisamente una panorámica del océano. Eddie no podía oír el rumor del oleaje desde un lugar tan alejado del mar como Maple Lane. Lo que oía era el ruido de las puertas de tela metálica al cerrarse con brusquedad, las peleas de los niños y los gritos airados que les dirigían sus padres. Lo que oía era los ladridos de los perros. (En opinión de Eddie, había demasiados perros en Bridgehampton.) Pero lo que oía, por encima de todo, era el paso de los trenes

Los trenes pasaban tan cerca de su casa, por el lado norte de Maple Lane, que Eddie había dejado de usar el pequeño jardín trasero. Tenía la barbacoa en el porche delantero, donde el chisporroteo de la grasa había chamuscado una parte del tejado de ripia, mientras que el humo había e

En comparación con la casa de Ruth, Eddie poseía una perrera al lado de la vía férrea, y estaba muy dolido, no sólo porque Ruth se mudaba, sino también porque el monumento que representaba el cenit sexual de su vida estaba en venta y él no podía comprarlo. Jamás habría abusado de la amistad o la conmiseración de Ruth, y ni siquiera se le había ocurrido pedirle, como un favor personal, que rebajara el precio

Pero a Eddie O'Hare se le había ocurrido otra cosa, algo que le había mantenido absorto durante sus horas de vigilia, y era proponerle a Ha