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¡Oh, tan sólo verlo, estrecharlo entre los brazos, ver brillar sus hermosos ojos con aquella mirada penetrante y viva…! Eran de color avellana, con largas pestañas de chica, ¡y veían tantas cosas! Ella le había enseñado desde niño a descubrir el lado cómico y conmovedor de la gente. A la señora Michaud, que sentía compasión por los demás, le gustaba reír: «Tu espíritu dickensiano, mi querida madre», le decía su hijo. ¡Y qué bien se entendían! Se burlaban alegre, cruelmente a veces, de aquellos de quienes tenían motivos de queja; aunque después una palabra, un movimiento, un suspiro, los desarmaban. Maurice era diferente; más sereno y más frío. A él lo quería y lo admiraba, pero Jean-Marie era… ¡oh, Dios mío!, todo lo que ella habría querido ser, todo lo que había soñado, todo lo bueno que había en ella, y su alegría, su esperanza… «Mi hijo, el amor de mi corazón, mi Jea
A medida que avanzaba por la carretera, sus ideas se volvían más febriles y confusas. Siempre le había gustado andar: de jóvenes, durante sus cortas vacaciones, Maurice y ella solían vagabundear por el campo mochila al hombro. Cuando no tenían bastante dinero para pagarse un hotel, viajaban así, a pie, con unas pocas provisiones y sus sacos de dormir. De modo que soportaba la fatiga mejor que la mayoría de sus compañeros; pero aquel incesante calidoscopio, aquel tropel de rostros desconocidos que pasaban ante ella, que aparecían, se alejaban y desaparecían, le causaban una sensación dolorosa, peor que el cansancio físico. «Un tiovivo en una ratonera», se decía. Los vehículos quedaban atrapados entre el gentío como esas hierbas que flotan en la superficie del agua, retenidas por invisibles lazos, mientras el torrente fluye alrededor. Jea
Los fugitivos avanzaban en pequeños grupos. No se sabía muy bien qué azar los había unido a las puertas de París, pero ya no se apartaban unos de otros, aunque nadie sabía ni siquiera el nombre de su vecino. Con los Michaud iba una mujer alta y delgada que llevaba un mísero y raído abrigo y joyas falsas. Jea
– Mi marido está en el frente -decía.
En el frente, o tal vez allí… Todo era posible. Y Jea
– Mi hijo también, mi hijo también…
Todavía no los habían ametrallado. Cuando al fin ocurrió, tardaron en comprenderlo. Oyeron una explosión, luego otra y después gritos:
– ¡Sálvese quien pueda! ¡Cuerpo a tierra! ¡A tierra!
Se arrojaron al suelo de inmediato y Jea
– Ya está, se han ido.
Se levantó y se sacudió el polvo de la ropa. Nadie parecía haber resultado herido. Pero, tras unos instantes de marcha, vieron los primeros muertos: dos hombres y una mujer. Tenían el cuerpo destrozado, pero, curiosamente, los tres rostros estaban intactos, unos rostros normales y tristes, con una expresión asombrada, concentrada y estúpida, como si trataran en vano de comprender lo que les ocurría; unos rostros, Dios mío, tan poco hechos para una muerte bélica, tan poco hechos para cualquier muerte… La mujer no debía de haber dicho otra cosa en su vida que «¡Los puerros están cada vez más gordos!» o «¿Quién ha sido el marrano que me ha manchado el suelo?».
«Pero ¿cómo puedo saberlo? -se dijo Jea
Se apoyó en el hombro de Maurice, temblando y con las mejillas anegadas en lágrimas.
– Sigamos andando -dijo él tirándole de la mano con suavidad.
«¿Para qué?», pensaban ambos. Nunca llegarían a Tours. ¿Seguiría existiendo el banco? ¿No estaría el señor Corbin enterrado bajo un montón de escombros, con sus valores, con su bailarina, con las joyas de su mujer? Pero eso sería demasiado bonito, se dijo Jea
12
El pequeño grupo formado por los Michaud y sus compañeros fue recogido la tarde del viernes. Los subieron a un camión militar. Viajaron en él toda la noche, tumbados entre cajas. Por la mañana llegaron a una ciudad cuyo nombre nunca conocerían. Las vías del tren estaban intactas, les dijeron. Podrían ir directamente a Tours. Jea
– Dios mío, ¿es una alerta?
– No, no, es el final -les respondían.
Y cinco minutos después volvía a oírse la débil sonería. La gente se lo tomaba a risa.
Allí todavía había tiendas abiertas, niñas jugando a la rayuela en la acera, perros correteando cerca de la vieja catedral. Nadie hacía caso de los aviones italianos y alemanes que sobrevolaban tranquilamente la ciudad. Habían acabado acostumbrándose a ellos.
De pronto, uno de ellos se separó de los demás y se lanzó en picado sobre la muchedumbre. «Se cae -pensó Jea