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Entretanto, una multitud cada vez mayor inundaba las naves como una ola. Las mujeres y los niños acudían a dar gracias a Dios por haber llegado hasta allí o a rezar por la continuación del viaje; algunos lloraban, otros estaban heridos, con la cabeza vendada o un brazo en cabestrillo. Todos los rostros estaban salpicados de manchas rojas y todas las prendas, arrugadas, desgarradas y sucias, como si la gente que las llevaba hubiera dormido varias noches sin quitárselas. En algunas de aquellas caras pálidas y cubiertas de polvo, las gotas de sudor resbalaban como lágrimas. Las mujeres irrumpían en la iglesia atropelladamente, como quien se acoge a un asilo inviolable. Su sobreexcitación, su ansia era tanta que parecían incapaces de quedarse quietas. Iban de reclinatorio en reclinatorio, se arrodillaban, se levantaban, algunas chocaban con las sillas, azoradas y desorientadas como aves nocturnas en una habitación iluminada. Pero, poco a poco, se calmaban, ocultaban el rostro entre las manos y al fin, ya sin fuerzas ni lágrimas, encontraban la paz ante el gran crucifijo de madera negra.
Tras decir sus oraciones, la señora Péricand abandonó la iglesia. Una vez en la calle, decidió renovar su provisión de pastas, sensiblemente mermada por su dadivosidad. Entró en una gran tienda de ultramarinos.
– No nos queda de nada, señora -le dijo la dependienta.
– ¿Cómo? ¿Ni unas galletas, ni un pastel? ¿Nada?
– Nada de nada, señora. Se ha acabado todo.
– Entonces deme una libra de té de Ceilán. ¿Tampoco?
– No hay nada, señora.
Le indicaron otras tiendas de alimentación, pero en ninguna encontró nada. Los refugiados habían vaciado la ciudad. Cerca del café se le unió Hubert. No había hallado habitación.
– ¡No hay nada para comer, las tiendas están vacías! -exclamó la señora Péricand.
– Pues yo he encontrado dos que están muy bien surtidas.
– ¿Ah, sí? ¿Y dónde?
Hubert soltó una carcajada.
– ¡Una vende pianos y la otra artículos funerarios!
– ¡Qué tonterías dices a veces, hijo mío!
– Creo que a este paso las coronas de flores también van a estar muy solicitadas -comentó él-. Podríamos hacer negocio, ¿no le parece, mamá?
Ella se limitó a encogerse de hombros. Al llegar, vio a Jacqueline y Bernard en la puerta del café. Tenían las manos llenas de chocolatinas y azucarillos y los estaban repartiendo a su alrededor. La señora Péricand dio un respingo.
– ¿Queréis hacer el favor de entrar? ¿Qué estáis haciendo aquí? Os prohíbo que toquéis las provisiones. Te castigaré, Jacqueline. Y tú, Bernard, verás cuando lo sepa tu padre -amenazó, tirando de los dos estupefactos culpables, firme como una roca.
La caridad cristiana, la mansedumbre de los siglos de civilización se le caían como vanos ornamentos y dejaban al descubierto su alma, árida y desnuda. Sus hijos y ella estaban solos en un mundo hostil. Tenía que alimentar y proteger a sus pequeños. Lo demás ya no contaba.
11
Maurice y Jea
A su lado, la gruesa matrona gimió:
– ¡Nunca se han visto horrores parecidos!
– Ya lo creo que sí, señora -respondió Maurice con suavidad-. Ya lo creo que sí.
Llevaban andando tres días cuando vieron los primeros regimientos en retirada. La confianza estaba tan arraigada en el corazón de los franceses que, al divisar a los soldados, los refugiados pensaron que iban a librar batalla, que el alto mando había dado órdenes para que el ejército, todavía intacto, convergiera hacia el frente en pequeños grupos y por caminos apartados. Esa esperanza les dio ánimos. Los soldados no se mostraban muy locuaces. Casi todos estaban sombríos y taciturnos. Algunos dormían en el fondo de los camiones. Los carros de combate avanzaban pesadamente, camuflados con ramas y envueltos en polvo. Tras las hojas, agostadas por el ardiente sol, se veían rostros pálidos, chupados, con expresiones de cólera y agotamiento extremo.
A cada paso, la señora Michaud creía reconocer entre ellos la cara de su hijo. No vio el número de su regimiento ningún día, pero una especie de alucinación la embargaba: cada rostro desconocido, cada mirada, cada voz joven que oía, le causaba tal sobresalto que se paraba en seco, se llevaba la mano al corazón y, con un hilo de voz, murmuraba:
– ¡Oh, Maurice! ¿No es…?
– ¿Qué?
– No, nada…
Pero su marido no se dejaba engañar.
– Mi pobre Jea
Ella se limitaba a suspirar.
– Se le parece, ¿no crees?
Después de todo, podía ocurrir. Su hijo podía aparecer a su lado repentinamente: Jean-Marie, escapado de la muerte, diciéndoles con voz alegre y cariñosa, con aquella voz suya, masculina y suave, que le parecía estar oyendo en esos momentos: «Pero ¿qué hacéis aquí vosotros dos?»