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Ismaíl todavía no había despegado los labios. Escuchaba en silencio, sin mover un solo músculo del rostro, con las pupilas muy concentradas. En el fondo de su expectación había un punto de recelo, como si de algún modo intuyera o vislumbrara ya adónde quería llegar Ha
Entonces fue cuando la niñera se decidió a reconducir la charla para ir directamente al grano. Lo hizo después de un suspiro largo, tomando impulso, pero con tiento. La tez se le había oscurecido.
Era de color mate ahora, como la madera talada, sus ojos, dos puntos diminutos y brillantes.
– Verás -empezó diciendo-, la relación de tu madre con el doctor Gjorg venía durando ya demasiado tiempo. Yo me convertí en su confidente yen su cómplice incluso. Era difícil no ceder a su entusiasmo. No sé cuántas veces traté de prevenirla y le aconsejé sensatez, pero fue inútil. Los dos se encontraban en una especie de estado de gracia, por encima de la realidad, y aunque tomaban algunas precauciones, lo cierto es que su propio enamoramiento los mantenía alejados del sentido común. ¿Sabes qué es lo que más desea una mujer cuando ama a un hombre? No me refiero a cuando lo quiere o siente simplemente simpatía hacia él, o afinidad e incluso gratitud, sino cuando lo ama de verdad, por encima de todas las cosas. -Ismaíl negó tímidamente con la cabeza-. Pues cuando se ama así a un hombre, lo que más desea una mujer es tener un hijo suyo -continuó Ha
Ha
– Zanum no imaginó nada. No en aquel momento, al menos -continuó diciendo con la voz más segura, ahora que ya había contado lo más difícil-. Tu madre seguía siendo afectuosa y solícita con él, incluso más que antes. Te preguntarás cómo conseguía aparentar ser una esposa cariñosa mientras llevaba en las entrañas un hijo de otro hombre. Te parecerá una monstruosidad, pero las cosas no son tan simples, hijo. No creas que tu madre tenía que esforzarse en fingir que quería a su marido. En realidad le tenía afecto y sentía un poco de piedad hacia él. Lo quería como se quiere a un padre o a un hermano mayor un poco pesado a veces. Te sorprenderías si supieras cuántas mujeres conciben un hijo de otro hombre dentro del matrimonio sin que ellos alberguen nunca la menor sospecha. Esas cosas han sucedido siempre, y siguen sucediendo. No, a tu madre no le costaba ser amable y bondadosa con su marido. Por lo menos al principio. Después, las cosas se complicaron, y donde a ella realmente le costaba cumplir con sus obligaciones de esposa era en la cama. Fue entonces cuando Zanum empezó a sospechar, pero ya era demasiado tarde. Uno siempre se da cuenta de todo demasiado tarde… -Y mientras hacía esta última reflexión, los ojos de la anciana volvieron a ausentarse, más diminutos aún y velados.
Ismaíl no dijo nada. En su silencio no había desconfianza, sólo espontánea y franca estupefacción. Se levantó y dio unos pasos inseguros, como si estuviera un poco desorientado. Después salió de la habitación y se dirigió a la puerta trasera de la casa.
Allí, sentado sobre el escalón de piedra, encendió un cigarrillo, arrojó la cerilla lejos y aspiró una bocanada de humo profundamente.
Ha
XVIII
Por encima de los tejados, el cielo tenía un color pálido, levemente azufrado, pero hacia el noroeste estaba completamente negro, con unas nubes densísimas sobre las lomas que rodeaban la aldea de Ndroq y entre las peñas afiladas, que a veces destellaban con el resplandor de un relámpago cuyo estruendo llegaba retardado como el eco de una batalla lejana. Ha
– A medida que se hace viejo, las tormentas lo asustan cada vez más -dijo la anciana acariciando la cabeza del animal.
Ismaíl acercó una silla a la mesa y se sentó. Los dos permanecieron juntos, en silencio, escuchando el tiritar de los cristales, la caída del agua vertical y densa sobre la tierra del patio, los ruidos de la madera al acomodarse.
– ¿Recuerdas cuando eras pequeño y me pedías que te contara de dónde venían los truenos?
– Sí -dijo Ismaíl. Con los ojos cerrados durante un instante le pareció encontrarse de nuevo tumbado boca abajo sobre la alfombra turca de uno de los salones de lavilla, mientras Ha
Cuando al cabo de un rato se alejó la tormenta, Ismaíl se dispuso a cambiar los fusibles y de nuevo laluz iluminó la pequeña habitación donde se encontraban.
– Hijo, no debes atormentarte más -exclamó Ha