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«Me destruyo», dijo al final Ismaíl en su oído, con la voz ahogada de la entrega. Pero esta vez «destruirse» no era sólo la palabra albanesa que designa el momento cumbre del orgasmo, sino quizá una sentencia íntima referida a lo más inconfesable de sí mismo.

XVII

De niño, Ismaíl escuchaba las historias de Ha

La familia de Ha

Así que un día, con más de treinta años y un pequeño hatillo de ropa, decidió abandonar la matriz del Danubio y seguir el rumbo de sus afluentes, que marcaba el camino de la emigración. Cuando llegó a la mansión de los Radjik era ya una experta cocinera que había trabajado durante años en los mejores hoteles de Praga y Bratislava. A Ismaíl le gustaba especialmente cómo preparaba el gulasch relleno de ciruelas y rociado con cerveza caliente, o los pasteles de sésamo y canela. La cabeza de Ha

Pero siempre ocurre algo. Existe ese momento en que todo cambia, las vidas que parecían lineales y previsibles experimentan un vuelco, el mundo se transforma. A veces no son grandes sucesos, sino pequeños detalles, cosas insignificantes que van creciendo como la brasa que origina el incendio.

– El tiempo trae y lleva las cosas -dijo Ha

Aunque el doctor Gjorg era bastante más joven que Zanum, ambos habían luchado juntos en la Resistencia, eran camaradas, amigos de sangre, como decís los albaneses. En una ocasión le salvó la vida, cerca de la laguna de Korcé. Fue durante una emboscada de los alemanes. Seguramente ya lo habrás oído contar. El comandante estaba al frente de la partida y llevaban una semana cercados en esa ciénaga llena de sapos y mosquitos. Mientras avanzaban entre los juncos, la sombra de un avión les pasó por encima e hizo estallar el matorral donde se habían refugiado; murieron cinco hombres. A Zanum lo sacó en hombros el doctor con una pierna casi separada del tronco. -Ismaíl hizo un gesto con la cabeza, dándole a entender a Ha