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Durante los días en que A
Los años siguientes fueron demasiado rápidos. Hubo demasiados hombres, demasiados trabajos, demasiado de todo. Una noche, mientras trabajaba en una cafetería, se hizo amiga de dos hermanos, Ralph y Bill. Esa noche se acostó con los dos, pero mientras hacía el amor con Ralph miraba los ojos de Bill y cuando hacía el amor con Bill cerraba los ojos y seguía viendo los ojos de Bill. A la noche siguiente Bill apareció por allí, pero esta vez solo. Esa noche se acostaron pero más que hacer el amor se dedicaron a hablar. Bill era obrero de la construcción y veía el mundo con valor y tristeza, más o menos de la misma manera en que lo contemplaba A
Lo único que no le gustaba de su relación con Bill era su hermano. A veces Ralph llegaba a medianoche, completamente borracho, y sacaba a Bill de la cama para hablar de los temas más peregrinos. Hablaban de un pueblo de Dakota donde estuvieron cuando eran adolescentes. Hablaban de la muerte y de lo que hay después de la muerte, nada según Ralph, menos que nada según Bill. Hablaban de la vida del hombre, que consiste en estudiar, trabajar y morir. En ocasiones, que progresivamente fueron haciéndose más escasas, A
A los seis meses de estar viviendo juntos se marcharon a Seattle. A
Tal vez fueron los años más tranquilos de su vida en los Estados Unidos, recuerda A
Al cabo de una semana, sin embargo, las cosas se volvieron a torcer. Bill y ella se emborracharon, discutieron, hicieron el amor, dieron vueltas en coche por barrios desconocidos y que no obstante a A
De aquellos meses pocas cosas más son consignables. A
Después de la segunda operación A
Llegó a España con el dinero justo para vivir un par de semanas. Estuvo tres días en Madrid y luego se vino a Barcelona. En Barcelona tenía la dirección de un amigo de Paul, pero cuando lo llamó nadie contestó al teléfono. Esperó durante una semana, telefoneando al amigo de Paul por la mañana, por la tarde y por la noche, y dando largos paseos por la ciudad, siempre sola, o leyendo sentada en un banco del Parque de la Ciudadela. Vivía en una pensión de las Ramblas y cuando comía lo hacía en restaurantes baratos del Casco Antiguo. El insomnio, imperceptiblemente, desapareció. Una tarde llamó a Bill a cobro revertido y no lo halló. Después llamó a sus padres y tampoco estaban. Al salir de la Telefónica se detuvo junto a una cabina y volvió a llamar al amigo de Paul y nadie contestó. Por un instante se le pasó por la cabeza la idea de estar muerta, pero la desechó en el acto. Una cosa era la soledad y otra bien distinta era la muerte. Aquella noche, recuerda A