Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 31 из 53

– Espero que sea una broma -dijo secamente el italiano y dejó los cubiertos.

– Soy yo el que está harto de sus desplantes. Mañana mismo voy a enviarle una protesta por escrito.

– Quiero señalarle -Tacchi se acomodó los lentes- que su paranoia le valió a Europa un disgusto con la Unión Africana cuando usted tuvo tres días lavando platos al presidente Penkoto.

– Eso es cierto -intervino Monsieur Daladieu-. El crédito para que olvidaran el desaire tuvimos que darlo nosotros.

– Era jardinero -insistió el inglés-, mis servicios lo confirmaron después. Y si los franceses otorgaron el maldito crédito fue para dejar en ridículo a Gran Bretaña.

– ¡Sus servicios! -se rió Tacchi-. ¿Qué hacían sus servicios el día de la explosión en el bulevar? Casi matan a su mujer allí.

– Commendatore, es usted un desfachatado. Si vuelve a tocar a Daisy voy a cortarlo en pedazos…

Todo el mundo olvidó la centolla y el caviar. Frau Hoffma

– Señores, guardemos las formas -intervino el alemán.

– ¿Qué pasa con su mujer? -preguntó la señora de Tacchi y miró a su marido como si lo sorprendiera con la camisa manchada de rouge.

– Esto va a interesarle, señora -Mister Burnett metió la mano en el bolsillo-. Tuve que enviar a Daisy a Londres con una crisis de depresión después que el mequetrefe de su marido intentó propasarse con ella.

En la mesa se hizo un pesado silencio. El embajador británico sacó la foto en la que el commendatore Tacchi tomaba a Daisy en sus brazos y la arrojó sobre la mesa golpeando con los nudillos.

– Usted se ríe de mis servicios de inteligencia, ¿eh? ¿Qué me dice de esto?

– Mon Dieu, quelle catástrofe! -exclamó Daladieu.

Bruscamente, Tacchi se puso de pie.

– Sepan disculpar,, señores -se dirigía al resto de la mesa-, no puedo permanecer un instante más en este lugar. ¡Carmella, nos vamos!

Pero Carmella seguía allí, con las uñas hundidas en el mantel.

– ¡Italianos! -exclamó Burnett y miró a su alrededor-. ¡No tienen ningún sentido del honor!

– Los asuntos privados… -intervino el Primer Ministro, pero Mister Burnett lo paró con un gesto.

– Usted no se meta. ¡Le apuesto a que esos italianitos de las Falkland se desbandan más rápido que en Caporetto!

– ¿Cómo se permite…? -Tacchi dio un paso al frente y se paró frente al inglés- ¡Usted es un miserable!

Agregó algunos insultos en piamontés y le cruzó la cara de una bofetada. Los murmullos de las conversaciones se apagaron y sólo quedó en el ambiente la Novena Sinfonía. Todos los embajadores y sus esposas se pusieron de pie. El commendatore Tacchi estaba orondo, como si acabara de desembarcar en Abisinia. Mister Burnett tenía la cara roja de ira y dio gracias a Dios por que Daisy no estuviera allí para presenciar semejante bochorno. Monsieur Daladieu, que esgrimía la foto, se volvió hacia los invitados y levantó los brazos.

– Arretez la musique! C'est le champ de l'ho

– Mister Burnett, tenga la bondad de nombrar a sus padrinos.

El inglés estaba todavía tocándose la mejilla ofendida.

– Cualquiera, pero que el duelo sea a pistola -dijo-. Quiero terminar de una vez por todas con este aventurero.

37

El maestro de ceremonias ordenó a la orquesta que llevara los instrumentos bajo la glorieta y suprimió a Rossini del repertorio para garantizar la imparcialidad más absoluta en el campo del honor. El coronel Igor Yustinov se acercó al teniente Tindema

Monsieur Daladieu dejó a los rivales separados en la galería y ordenó al agregado naval que trajera las mejores armas de su colección. Mister Fitzgerald y Herr Hoffma

El oficial francés llegó con una caja de pistolas y Daladieu lo interrogó sobre las propuestas de los padrinos. El agregado naval estimó que los veinte metros pedidos por Burnett eran menos mezquinos que los treinta propuestos por Tacchi, pero al mismo tiempo observó que iluminar el parque sería como rebajarse a montar un espectáculo de circo. Daladieu encontró las sugerencias razonables y decidió hacerlas suyas.

El inglés eligió el arma y se levantó de un salto, apurado por terminar con su adversario. El italiano, que nunca había disparado un tiro, insistió en la cuestión de la distancia, pero Monsieur Daladieu rechazó la objeción y pidió a los rivales que se reunieran en el campo de tenis. Ni bien oyeron la orden del francés, los invitados pasaron la voz y corrieron a buscar un lugar en la tribuna.

Cuando el coronel Yustinov comprobó que hasta los sirvientes abandonaban el edificio de la embajada, concibió la idea de que el teniente Tindema