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– A mí, para serle franco, me parece apresurado decir que se puede saltar por encima de la dictadura del proletariado.

– Eso lo dice él. Yo puse que una revolución popular puede abolir las etapas, pero el coronel agregó por su cuenta unos cuantos párrafos contra el marxismo y eso yo no lo suscribo. Por eso le digo que no sé cómo está la relación de los libios conmigo. En un tiempo había lío.

– No creo. Lo del marxismo se revisó mucho y esto del desalcoholizado puede interesarle al propio coronel porque esun golpe contra el imperialismo.

– Entonces usted nos lleva…

– Yo estoy de vacaciones y me anoto en cualquier aventura.

– Bueno, esto no es precisamente una aventura.

– No lo decía en el sentido novelesco. Digo que acepto el destino de mis hermanos africanos. Si quiere, incluso puedo proveer alguna chatarra que dejan los amigos que pasan por aquí.

– Ya es la hora -dijo de pronto Lauri, y en seguida se escuchó una explosión que hizo temblar los vidrios. Chemir corrió a la ventana.

– ¡Los Kruger! -gritó-. ¡Se están incendiando!

Quomo se paró y fue a mirar. En menos de un minuto oyeron una sirena.

– Esto es cosa suya -dijo, dirigiéndose a Lauri -. ¿Con qué les tiró?

– Estaban festejando un cumpleaños. En el altillo encontré unas estampillas cubanas, y se me ocurrió que les gustaría recibir una caja de habanos de parte de Fidel Castro.

35

En la planta alta, O'Co

– Acá se metió un negro -dijo.

– No, señor -respondió el sereno, inquieto-, yo lo habría visto.

– Cuando usted prendía el cigarrillo.

– Le aseguro que no, señor -temblaba y la brasa empezaba a quemarle los dedos, – aquí no entró nadie.

– ¡Apague eso!

– Sí, señor -el sereno sacudió una mano y el cigarrillo cayó al suelo. O'Co

– Vamos a buscar a ese tipo.

El irlandés le dio un empujón y el sereno fue adelante, lentamente. Le costaba arrastrar el pantalón largo y la chaqueta de botones dorados. Entraron a un gigantesco pabellón que olía a formol. De allí, a oscuras, podían escuchar la lluvia contra las ventanas. El sereno quiso encender las luces pero el irlandés lo tomó de la chaqueta.

– Deje, está bien así.

– Si buscamos a un negro lo mejor es prender la luz, señor.

O'Co

– A ver, encienda un fósforo -dijo.

El negro cumplió la orden. De abajo empezó a llegar un aire de vals. O'Co

– Ya lo tenemos -dijo O'Co

Cuando el agente inglés vio la llama, pensó que había encontrado al hombre que buscaba. Se acercó al interruptor, pero antes de alcanzarlo sintió un golpe seco en una pantorrilla. Se agarró la pierna creyendo que había tropezado con un mueble, y apretó los dientes para no gritar. Buscó en la oscuridad una pared donde apoyarse y la linterna se le cayó de las manos. Entonces O'Co

– Voy a tener que pasar un informe -dijo O'Co

– Un informe no, señor. Voy a perder el trabajo.

– ¿Ah, sí? Y qué me sugiere, ¿que me lo coma?

– Lo tiramos por la ventana. Vino a robar y se cayó – hizo un gesto con el pulgar hacia abajo.

– No sea estúpido, cómo va a llegar un ladrón hasta aquí.

– Debe ser de la casa, señor. Deje que le vea la cara.

– No, no encienda, ¿qué importa si es de acá?

– Que puede ser un pariente, señor. Tengo un primo que siempre pregunta por el museo y no me gustaría arrojarlo por la ventana.

– La idea fue suya.

– No había pensado en mi primo, señor.

– ¿Anda de smoking su primo? -Eso sí que no. Trabaja de cocinero.

– Bueno, éste tiene smoking. Toque.

– Raro un negro de smoking, señor. Espero que no hayamos golpeado a un diplomático.

– No se preocupe. Vaya a abrir una ventana.

O'Co

– Se va a romper todo -dijo.

– Si lo largamos despacio, no -insistió el sereno.

– Bueno, agárrelo de las piernas.

El sereno empujó por los tobillos hasta que el cuerpo quedó colgando al otro lado de la ventana.

– ¿Lo suelto? -preguntó, agitado.

– Todavía no, acompáñelo un poco más, que no se golpee tanto. Eso, inclínese. Lo ayudo.

El negro había quedado con medio cuerpo a la intemperie, sosteniendo el peso muerto. O'Co

36

Acariciados por una luz difusa, los músicos se dejaban llevar por la melancolía del Danubio Azul. Los violinistas habían colocado pañuelos entre sus barbillas y la lustrosa madera de los instrumentos. Los otros aprovechaban las pausas para secarse la transpiración. Todas las mesas estaban distribuidas alrededor de la que ocupaban Mister Burnett, el Primer Ministro de Bongwutsi y los demás embajadores con sus esposas. Entre los representantes de Francia e Italia había una silla vacía. Mister Fitzgerald, de los Estados Unidos, preguntó por el diplomático ausente y Mister Burnett sonrió mientras miraba al commendatore Tacchi.

– A esta altura ahora ya debe estar baldeando los pisos. ¿A usted le parece que se puede bromear en un día como éste?

– Yo no lo tomaría tan a la ligera -dijo Monsieur Daladieu -. Los argentinos podrían intentar algo.

– ¿Qué vendría a hacer un argentino aquí? -preguntó Herr Hoffma

– Rendirse -dijo Mister Burnett, y todos rieron mientras los camareros servían la centolla-. ¿Va a tenernos en suspenso toda la noche, commendatore?

– Si quiere mi opinión, estoy de acuerdo con Monsieur Daladieu: si aquí adentro hay un argentino que no sea Bertoldi estamos todos en peligro.

Cuando oyó nombrar al cónsul, Mister Burnett advirtió que se había olvidado de llamar al banco para ordenar que le pagaran el sueldo y temió que el argentino pudiera acusarlo un día de no practicar el fair play.

– ¿Usted cree que esa gente podría haber enviado hasta aquí un comando suicida? -intervino el Primer Ministro y se llevó la copa a los labios.

– No veo cómo -dijo Herr Hoffma

– Ya está hecho -dijo el inglés-. Ese hombre no habla una palabra de español, ¿verdad commendatore?

– No tengo idea. Ni siquiera lo he visto.

– ¡Ah, vamos, sus farsas no engañan a nadie! El año pasado me mandó a su jardinero disfrazado. ¿Quién es ahora? ¿Uno de esos tipos de la P-2 que andan por su embajada?