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Haces de luz blanca se filtran por la arboleda, tratan de imitar el blanco de las gasas superpuestas del atavío de Carla, cadencioso trota sin cansancio el caballo y el cochero se da vuelta para dar los buenos días a los dos enamorados. «Buenos días», le responden, y han encontrado por fin las palabras adecuadas, «buenos días», buenos, claro que sí, bellos y dulces días a venir. Otros habitantes más del bosque dejan oír su presencia, como balidos de ovejas y el cuerno de su pastor que se agiganta en el eco. Buenos días, días, días, días, días, y el cochero a su vez saca sin perder tiempo una corneta respondiendo con su nota no del todo afinada «yo te quiero» dice el cochero al bosque, quiero, quiero, quiero, quiero, y Joha
Y así concluye el nuevo vals, palabra por palabra le ha ido dictando Joha
De repente un claro se abre en el bosque, donde se halla una típica hostería de cazadores que a uno de los lados presenta una glorieta vasta, toda teñida de lila por racimos de glicinas. El cochero se relame los bigotes pues ya estaba sintiendo un hambre muy fuerte y propone a la pareja detenerse a almorzar allí. A la sombra de las glicinas se ve alguna que otra pareja ocupando pocas mesas, tomando refrescos ellas y cerveza ellos, una de las parejas parece ser de estudiantes, tienen libros arrumbados en una silla, tal vez hayan aprovechado todos los desórdenes que hay en la ciudad para faltar a la escuela, él bebe algo alcohólico, posiblemente para perder la timidez y decirle a ella lo que seguramente ya les ha dicho a todos sus compañeros aunque no a la interesada, es una pareja envidiable, ella diáfana y serena, él apuesto y de ojos renegridos y cabellos rubios como un maizal, de ánimo bueno pero nadie por ello se va a aprovechar a molestarlo, pues tiene no sólo las espaldas anchas sino también los brazos fuertes y diestros para la defensa. El cochero dice «tengo apetito» y Carla y Joha
La dueña los mira maliciosa y los acompaña a un aposento sombreado, con un hecho de dosel en el centro y divanes con almohadones. Carla elude la mirada de su compañero y se retira a higienizarse. Joha
Su piel blanca, que no me digan que el blanco es la falta de color, porque es el color más hermoso, y es el culor de la pureza, y por supuesto que el blanco no es la falta de color: los profesores de física han descubierto a todo el mundo que en un copo de nieve, alineados en un blanco inmaculado están ocultos sin embargo el violeta de los lirios, o sea la tristeza, la melancolía, pero también está presente el azul que significa la calma de contemplar reflejado en un charco de la calle el cielo que nos espera, porque el azul está al lado del verde que es la límpida esperanza, y después viene el amarillo de las margaritas del campo, que florecen sin que nadie las plante y se presentan sin buscarlas, como buenas noticias cuando menos se las espera, y el color de las naranjas que ya están maduras por el verano se llama muy apropiadamente anaranjado, el azahar dio un fruto que el verano madura a causa del calor, qué goce saber que germinó la semilla, creció la planta que es la adolescencia y se va a entrar en la juventud del fruto que da el goce anaranjado, el fruto jugoso y refrescante de las tardes calurosas. Pero de ahí al rojo de la pasión hay un solo paso. El rojo también está oculto en el blanco, también está en ella, en Carla, que es tan blanca. ¿Será por eso que Hagenbruhl quiere verle la sangre para convencerse de que ella es tan baja como él?
Pero las cosas no tendrían que ser así, si Carla es blanca como la nieve, el símbolo de la pureza, tendría que ser tratada como se trata a la pureza misma, ¡tiene que ser tratada como se trata a la pureza misma! Pensando todo esto Joha