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Capítulo 12
Qui
– Solo, con una gota.
Qui
– ¿Una gota?
Nick sonrió.
– Espresso. Una gota más de cafeína.
Qui
Nick se sentó en la silla para las visitas, al otro lado de su mesa, y le hizo una seña para que se quedara en su asiento.
– He acabado de registrar todas las pruebas -dijo Nick-, y el agente Booker las llevará a Helena mañana por la mañana.
– Bien. -Qui
– ¿El doctor Abrams confirmó que la sangre era de Rebecca? -preguntó.
– El mismo tipo sanguíneo. Mandará una muestra al laboratorio para un análisis de ADN, pero tú y yo sabemos que es de ella. -Nick guardó silencio un momento y luego dijo-: Joder, Qui
– Quizás, o puede que la hayamos encontrado a tiempo. -Era probable que en el colchón aplastado y mugriento en el suelo de la barraca no hubiera nada útil, pero el experto criminólogo había aspirado todo lo que había dentro de ese lugar, y luego analizarían hasta el último grano de tierra. Qui
– He llamado a una amiga para que venga a ayudarnos -dijo Qui
– ¿Otro super agente del FBI? -preguntó Nick en son de broma, aunque Qui
Desde luego, conociendo a Eli Banks, ése no era más que el primero de una seguidilla de artículos negativos.
– No exactamente. Es una técnico de laboratorio, y amiga personal. Se llama Olivia St. Martin.
– Ese nombre me suena. ¿No es amiga de Miranda?
Qui
– Eran compañeras de habitación en Quantico.
– ¿Crees que servirá de algo?
– Olivia haría cualquier cosa para ayudar a Miranda. Vendrá. Sólo tengo que pedírselo. Era demasiado tarde para llamar anoche cuando se me ocurrió. Hay pocos técnicos de laboratorio tan dedicados a su trabajo como Olivia, y su especialidad es el análisis de pruebas.
– Lo que sea, si crees que nos ayudará a atrapar a ese cabrón. – Si hay algo en las pruebas, Olivia lo encontrará. Luego, sólo necesitamos un sospechoso. -No costaba nada decirlo, pero no tenían sospechosos. Ni siquiera una pista.
Nueve chicas desaparecidas, siete de ellas muertas. Se suponía que las chicas no encontradas habían sido víctimas del Carnicero porque habían encontrado sus coches averiados en un radio de entre tres y seis kilómetros después de su última parada.
Después de la desaparición de Miranda y Sharon, la investigación conjunta de la oficina del sheriff y el FBI llegó a la conclusión de que el modus operandi era muy limitado. El secuestrador averiaba los coches de sus víctimas vertiendo melaza en el tanque de gasolina cuando ellas se paraban a comer, a repostar gasolina o para ir al lavabo. Él las seguía hasta que se les detenía el coche y entonces probablemente se ofrecía a repararlo o a llevarlas en el suyo.
Qui
Aunque Miranda fuera su único testigo, Qui
Una vez que Miranda llevó a los investigadores hasta la barraca, le contó a Qui
A él todavía se le ponían los pelos de punta con sólo pensarlo.
– Sharon y yo fuimos a Missoula de compras. A pasar el día. Decidimos ir a ver una película.
Miranda hizo una pausa y su padre le alcanzó un vaso de agua. Ella bebió con una cañita.
– Papá, ¿te importaría traerme un refresco? Me encantaría tomar una coca .
– Claro que sí. -Bill Moore le acarició la mejilla y salió de la habitación.
Cuando cerró la puerta, Miranda miró a Qui
– Ha sufrido tanto con todo esto que no quería que escuchara lo que voy a contarte.
Qui
Estaba en la cama del hospital, y su pelo negro lacio pero limpio contrastaba con el blanco de las sábanas. Su rostro pálido estaba lle no de moretones, tenía una venda en la cabeza, y los ojos hinchados y enrojecidos. Por todo el cuerpo tenía cortes, grandes y pequeños curados y vendados.
Supo por los informes del médico que la habían violado repetidas veces. Que había necesitado docenas de puntos de sutura en las piernas, vientre y pechos debido a heridas con un objeto punzante. Que la habían torturado con un tornillo metálico.
Que hubiera sobrevivido y escapado cuando todo jugaba en su contra era un hecho asombroso.
Que estuviera dispuesta a hablar de lo sucedido y ayudarles a encontrar al cabrón que le había hecho eso y luego matado a su mejor amiga demostraba que Miranda tenía más entereza que la mayoría de los agentes con que había trabajado Qui
– La peli acabó después de las nueve -dijo-, y cuando emprendimos el regreso, ya eran las diez. Íbamos en el coche de Sharon, un Volkswagen escarabajo. Yo siempre me reía por lo de su coche. -En sus ojos brotaron lágrimas, pero siguió-: Quiero decir, estaba ahí sin poder salir en invierno porque no podía conducirlo si había nieve o hielo, y tenía la batería totalmente muerta para cuando las nieves se derretían… -farfulló al final, y luego tragó saliva-. Pero Sharon adoraba a su Herbie, ya sabes, bautizado como el escarabajo enamorado.
Qui
Ella siguió y él se concentró en tomar nota.
– Paramos en Three Forks porque a Herbie se le acababa la gasolina, y yo creía que no llegaríamos a la hostería, aunque estuviéramos a menos de cincuenta kilómetros. Sharon hacía eso a menudo, conducir con el depósito casi vacío. Desde que la conocía me había llamado tres veces para pedirme que le llevara gasolina – dijo, y sonrió con ese recuerdo agridulce.
– Teníamos hambre y había un local de comida rápida, así que entramos a comprar patatas fritas y unas cocacolas. Comimos en el local porque a Sharon no le gustaba comer dentro del coche.
Volvió a hacer una pausa, esta vez con la mirada absorta en el techo. ¿Qué estaba mirando? ¿Recordando? ¿Intentando olvidar?
– Salimos al cabo de un rato. Al cabo de unos cinco minutos, Herbie empezó a dar sacudidas y un kilómetro después de Manhattan, se paró sin más. Echó un poco de humo y murió. -Miranda guardó silencio-. Jamás debí decirle que parara. Seguro que teníamos suficiente gasolina para llegar a casa. Si sólo…
– Basta, Miranda -dijo Qui
– No pasa nada. Me llamo Miranda.
– No debes pensar en lo que habrías hecho de manera diferente. Nada de esto ha sido culpa tuya. Todo es culpa de él. Y lo sabes.
– La prensa lo llama el Carnicero de Bozeman.
– Odio la prensa – dijo Qui
– Yo estoy empezando a odiarla -dijo ella, con voz queda. Qui
Sin embargo, no era el momento más indicado para pensar en eso.
– ¿Qué pasó cuando se estropeó el coche? -preguntó.
– Yo empecé a hacer bromas. Acerca de Herbie y de cómo ella lo amaba demasiado.
Miranda respiró hondo antes de seguir.
– Yo conozco la zona y sabía que había una cabina de teléfono en una pequeña gasolinera que cierra por la noche. Iba a llamar a mi padre para pedirle que nos viniera a buscar.
– ¿Por qué no lo llamaste?
– A eso iba. Estaba casi en la curva, por lo demás, a unos doscientos o trescientos metros, cuando llegó un coche por detrás. Eran dos ancianos y se ofrecieron a llevarme. Les dije lo que había ocurrido, y ellos tenían un teléfono en el coche. Quiero decir, no conozco a nadie que tenga un teléfono en el coche excepto el alcalde. Me dejaron usarlo para llamar a mi padre. Él dijo que nos pasaría a buscar en veinte minutos.
Miranda le lanzó una mirada agónica.
– ¿Por qué no fui con ellos? Quizás al verlos hubiera huido y Sharon todavía estaría viva -dijo, y calló, ahogada por la emoción-. Les dije que vendría mi padre, que siguieran y que yo esperaría con Sharon.
– Miranda, tenías sobrados motivos para sentirte segura.
– Aquí nunca pasa nada malo. Nunca pensé -balbuceó, reprimió un sollozo y siguió-: Volví y Sharon no estaba. Quiero decir, no estaba en el coche. La llamé y ella gritó pidiendo ayuda.
– ¿Dónde estaba?