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Ryan Parker tenía casi once años y era la viva imagen de su padre, con su pelo rubio y sus ojos color castaño. Tenía unos rasgos bellos poco habituales en un niño, y parecía mayor, casi más sofisticado que los hermanos McClain.

– Ryan -dijo Nick-. Te presento al agente especial Quincy Peterson. Trabaja para el FBI.

Ryan miró con los ojos muy abiertos.

– ¿El FBI? ¿De verdad? ¿Puedo ver su placa?

– Ryan -dijo su padre, severo.

Qui

– Claro -dijo, mientras sacaba la cartera del bolsillo de la chaqueta. La abrió y enseñó la placa y su identificación al niño, que miraba ensimismado.

Ryan no la tocó, pero la miró con interés.

– ¿Tienes que ir a una escuela especial para ser agente especial?

– Después de cuatro años en la universidad, pasé dieciséis semanas en un campo especial de entrenamiento llamado Quantico. También estudié un año para obtener un máster en criminología.

– ¿Es difícil?

– Algunas cosas lo son. ¿Tú quieres ser agente federal?

Ryan miró a su padre y Qui

– ¿Podemos el sheriff Thomas y yo haceros unas preguntas a ti y tus amigos?

– ¿Sobre la chica muerta?

– Sí.

Sean y Timmy McClain estaban ocupados cepillando a un caballo, aunque lo escuchaban todo con interés, tanto que el hermano más pequeño no hacía más que cepillar el aire.

– Chicos, venid aquí – llamó Qui

Dejaron los cepillos en un cubo y se acercaron para presentarse. Sean era el hermano mayor, y se comportaba como si fuera un chico duro e importante. Timmy, el más pequeño, no paraba de moverse y tenía los ojos muy abiertos. Qui

– Ryan, cuéntame con tus propias palabras lo que salisteis a hacer esta mañana. Timmy, Sean, podéis intervenir si creéis que hay que añadir algo. No hay respuestas correctas o incorrectas. Y nadie lo recuerda todo, así que puede que uno de vosotros recuerde cosas que los otros no recuerden. ¿De acuerdo?

Todos asintieron cuando Qui

– Sacamos los caballos a las siete de la mañana. Sean y Timmy se quedaron a dormir porque queríamos salir temprano, y ellos viven en la ciudad.

– Mamá trabaja los fines de semana -dijo Timmy, asintiendo con la cabeza-. Venimos mucho aquí.

– Seguro que es divertido salir a montar a caballo por la hacienda y otras cosas que están bien -dijo Qui

– Oh, sí -dijo Timmy-. Y a veces… -Su hermano le dio un golpe en el brazo.

– Cállate -dijo Sean-. Sólo quieren saber de la chica muerta.

Timmy adoptó un aire más tímido.

– No pasa nada -dijo Qui

Los chicos habían salido de la casa temprano en dirección a los prados, hacia el este. Cogieron un sendero casi borrado por la vegetación con la idea de encontrar un antiguo cementerio indio en el lado norte.

– Sabéis que no deberíais ir tan lejos -les riñó Parker-. Es un camino peligroso. Tenéis mucha suerte de que un caballo no se haya roto una pata.

– Lo siento, papá -dijo Ryan, con mirada huidiza.

– ¿Qué más? -dijo Qui

– No lo sabemos. Por eso lo buscábamos. Gray, ¿sabe?, el que trabaja allá en la hostería -dijo, y señaló vagamente hacia el sur-, dice que está allá en el lado norte, por encima de Mossy Creek. Ni siquiera él sabe dónde está, sólo que está ahí, y no sabemos si lo hemos visto. Lo buscamos el verano pasado y no lo encontramos. Y como llovió toda la semana, éste era el primer día bueno para salir a buscar.

Qui

Sacudió la cabeza y apartó a Miranda de su pensamiento. Era más difícil ahora que se había colado sin previo aviso, pero él tenía que concentrarse en su trabajo.

Y su trabajo era detener al Carnicero.

– ¿No llegasteis a Mossy Creek? -inquirió Nick.

– Los caballos empezaron a ponerse un poco raros -dijo Ryan, negando con la cabeza-, y luego oímos un animal grande. Fuimos hasta un claro y vimos un oso pardo que estaba oliendo algo. Yo disparé mi rifle para asustarlo. Y entonces la vimos.

Ryan y Timmy se quedaron donde estaban mientras Sean, el mayor de los tres, volvía al camino principal por el viejo sendero del aserradero y recorría cinco kilómetros a caballo antes de llegar a un teléfono.

– ¿Tocasteis el cuerpo?

Todos negaron sacudiendo enérgicamente la cabeza.

– Yo me acerqué -dijo Ryan-. A unos metros. No parecía de verdad, ¿sabe? El oso podía volver y, bueno, yo no quería irme. -Se miró las manos que mantenía entrelazadas con fuerza.

Qui

– Hicisteis lo correcto.

Se incorporó y le sonaron las articulaciones por la posición que había mantenido tanto rato, un recordatorio de que aquel otoño cumpliría cuarenta años.

– Gracias, juez -dijo Qui

Una mujer rubia vestida impecablemente, de grandes ojos verdes, estaba junto a Parker y miraba con expresión vacía. ¿La mujer de Parker? Qui

– ¿Señora Parker? -saludó, tendiéndole la mano.

Ella se la estrechó, con una fuerza sorprendente para una mujer de aspecto tan frágil. Tenía los dedos helados, aunque las temperaturas habían subido bastante desde que, por la mañana, él viera a la víctima.

– Delilah Parker -dijo, con una voz suave y serena.

– Señora. Agente Especial Peterson.

– He preparado limonada y una tarta de plátano en la cocina, si quieren pasar un momento.

Qui

– Gracias, señora Parker, le agradecemos mucho su hospitalidad.

Ella le sonrió a Nick.

– Disculpen. Voy a preparar una bandeja -avisó, y se alejó deprisa.

Qui

– Tenemos que volver al monte -dijo.

– Hay cosas a las que no se puede decir que no. Y una invitación de la señora Parker a comer es una de ellas.

– Jugando a la política -murmuró Qui

– Diez minutos me ahorran muchos meses de dolores de cabeza. Créeme. Yo también decliné la primera vez -dijo Nick, y entornó los ojos.

Qui

La improvisación de la señora Parker era un arreglo muy elaborado. Sirvió la limonada en copas de cristal y la tarta de plátano con nata fresca batida en platos de porcelana china. Qui

La Mujer Perfecta de Montana, pensó él, ocultando una sonrisa.

Nick cumplió con su palabra. Diez minutos más tarde, ya volvían al establo para hacer moldes de las huellas de los caballos antes de irse.

– ¿Qué pasa con la mujer de Parker? -preguntó Qui

Nick se encogió de hombros mientras ponía el motor en marcha. Aceleró por el largo y sinuoso camino que iba de casa de los Parker hasta la carretera principal.

– Le gusta hacer de anfitriona. Decliné su invitación la primera vez que vine hace años porque les habían robado un par de cabezas de ganado. Después de que me eligieron sheriff , el juez Parker me explicó que su mujer se toma la hospitalidad muy en serio y dijo que me lo agradecería si en futuras ocasiones aceptaba sus invitaciones.

– Tendrías que haberme dicho que Parker es juez. No recordaba que fuera abogado.

– Por aquella época no ejercía. Estaba en la Junta de Supervisores del condado. Ahora es miembro del Tribunal Superior de Justicia del estado. Se dice que es uno de los candidatos al Tribunal de Apelaciones.

– Es un gran salto.

– Tiene amigos en lugares muy importantes -dijo Nick, encogiéndose de hombros.

– Genial -dijo Qui

– No estarás pensando que el juez Parker tiene algo que ver con lo sucedido con estas chicas.

Qui

– No lo sé -dijo, sinceramente-. No tenemos testigos, y Miranda sólo tiene impresiones vagas sobre la altura y los rasgos del asesino.

El Carnicero no sólo mantenía a sus víctimas encadenadas al suelo sino también les vendaba los ojos. Y Miranda juraba que lo reconocería por el olor, si bien el olor de un hombre distaría mucho de ser prueba suficiente para condenarlo. Necesitaban pruebas más sólidas.

Qui

– Nos llevó hasta la barraca donde estuvo secuestrada -siguió Nick-. Nos llevó hasta donde estuvieron las hermanas Croft. Miranda nos ha conducido hasta más pruebas de lo que tú o yo podríamos hacer solos.

Qui

Algo impulsaba a Miranda, incansable, sin vacilaciones, en la búsqueda de un asesino. Pero estaba obsesionada con el Carnicero. Aquel caso la había corroído hasta consumir su existencia. Qui