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Capítulo 5

Qui

– La semana pasada no me diste demasiados detalles por teléfono -le dijo a Nick-. ¿Rebecca Douglas fue secuestrada el viernes por la noche?

– Su compañera de piso llamó hacia la una de la madrugada del sábado. No había vuelto a casa después de su turno en la pizzería, que queda en la interestatal. El agente que hizo el informe encontró su coche en el aparcamiento, con las llaves en el asiento del pasajero.

– Y ¿Su bolso?

– No estaba.

No solían recuperar gran cosa de los efectos personales de las jóvenes víctimas, lo que llevó a Qui

– No hemos esperado a que se cumpla el tiempo habitual antes de declarar a una persona desaparecida, porque yo sabía intuitivamente que era el Carnicero.

– ¿Su coche tenía algún desperfecto?

– No.

– Eso es un cambio. -A Qui

Cuando Pe

Tres años más tarde, cuando encontraron el coche de Miranda en la berma del camino a medio trayecto entre la autopista de Gallatin y la hostería de su padre, la oficina del sheriff relacionó enseguida unos puntos con otros y llamó al FBI.

La vida de Qui

– Hay quienes insistían en que no era el Carnicero, pero…

– Tu intuición no se equivocó en lo del dinero.

– Por desgracia.

– Tenemos dos ventajas claras -dijo Qui

– Ya he pensado en esa posibilidad pero, hasta ahora, los interrogatorios no han arrojado gran cosa.

– Quisiera revisar tus notas.

– Como quieras -dijo Nick-. Y ¿cuál es la otra ventaja?

– Haber encontrado el cuerpo tan rápidamente. No nos ayuda que lloviera anoche, pero puede que el forense encuentre algo que podamos relacionar con un sospechoso, un pelo, una fibra de su ropa, algo. -Después de ver el cadáver, Qui

– Si conseguimos encontrar la barraca donde la tuvo recluida, tendremos mayores probabilidades de hallar pruebas útiles -dijo Nick.

– Es verdad. -Las veces que habían encontrado las ruinosas barracas donde el Carnicero ocultaba a sus víctimas antes de soltarlas en el bosque, todas las pruebas estaban estropeadas o destrozadas. La humedad, el moho y la podredumbre de las chozas destruían la mayor parte del material biológico. No tenían ni ADN ni huellas dactilares, con la excepción de un fragmento de huella que no arrojó resultados en la base de datos del FBI. Y tampoco había sospechosos.

El perfil elaborado por Qui

Qui

El Carnicero esperó tres años antes de secuestrar a otras dos chicas, pero los cuerpos nunca fueron recuperados. Pocos asesinos en serie eran capaces de esperar tanto tiempo entre una acción y otra, pero no se había informado de crímenes similares en otras partes del país.

La falta de continuidad y la naturaleza esporádica de las actuaciones del asesino no daban a la policía pistas concretas para seguir investigando.

Qui

– Quiero coger a ese cabrón.

Nick guardó silencio mientras giraba en un camino de gravilla debajo de un arco que rezaba: Parker Ranch.

Qui

Nunca habían sospechado de Richard Parker. Qui

La residencia de Parker le recordó a Qui

– Sheriff -dijo Richard Parker al abrir la ancha puerta. Qui

Parker se volvió hacia Qui

– Agente Especial Peterson, ¿correcto?

– Buena memoria, señor Parker -dijo, asintiendo con la cabeza.

– Ahora soy el Juez Parker -dijo éste, con una leve sonrisa-. Pero olvídese de las formalidades. Llámeme Richard.

Juez. Qui

– Gracias.

Siguieron a Parker y cruzaron el amplio vestíbulo revestido de madera oscura hasta el salón, un rincón luminoso con ventanas orientadas al este y al sur e iluminado a la vez por dos tragaluces largos y angostos en el techo.

Todo era impecable y estaba perfectamente en su sitio, como si los Parker estuvieran esperando al equipo de rodaje de House Beautiful . Los trofeos de caza y los grabados de escenas campestres adornaban las paredes de color claro. Los muebles de pino demasiado grandes eran sencillos y funcionales. Se adivinaba un toque femenino en las fundas floreadas de los cojines que se complementaban con los tonos oscuros de los sofás y de las sillas. Una vitrina de armas de fuego ocupaba una parte prominente de una pared y, por encima, un pez enorme con una placa: Esturión blanco, 32 kilos, río Kootenai, 10 de junio de 1991.

– He mandado a los niños al establo a ocuparse de los caballos -dijo Parker-. ¿Os puedo ofrecer algo de beber? ¿Café? ¿Un refresco? Es demasiado temprano para un whisky. -Con un gesto, los invitó a sentarse.

– No podemos quedarnos, Richard -dijo Nick-. He llamado a todos mis ayudantes y tenemos un grupo de voluntarios para peinar la zona. Va a ser un día largo.

– Ya entiendo. Los chavales están tocados. Espero que no les pidas demasiado.

– Claro que no -dijo Nick.

– ¿Necesitas caballos? Le puedo decir a Jed que traiga seis o siete. Y si los necesitas, les daré la tarde libre a los hombres.

– Se agradece mucho, Richard -dijo Nick-. Tendremos que buscar a pie para no estropear posibles pruebas.

Parker asintió.

– Claro, sí. -Cerró los ojos y sacudió la cabeza-. Creía que… supongo que creía que todo había acabado.

Yo no, pensó Qui

– Los asesinos en serie sólo se detienen cuando los meten en la cárcel o cuando se mueren.

– Pero han pasado tres años.

– Tenemos fundadas razones para creer que Cori

– ¿A qué viene el interés del FBI ahora? -preguntó Parker, frunciendo el ceño-. Usted no vino cuando mataron a las gemelas.

– En realidad -lo corrigió Nick-, después del secuestro de las chicas Croft, estuvo aquí el agente especial Thorne y, en otra ocasión, cuando Cori

Qui

– ¿Dónde están los chicos, señor?

– En el establo. -Parker le hizo un gesto a Qui

– No hace falta. Creo que estarán más cómodos si están haciendo algo con las manos. Asear los caballos parece una buena tarea.

– Lo acompañaré -dijo Parker.

Nick cogió a Qui

– Quiero echarle un vistazo a las patas de los caballos -dijo, en voz baja. No es que pensara que los chicos tuvieran algún motivo para mentir, pero le gustaba contrastar las declaraciones con hechos sólidos.

El establo quedaba a unos cien metros detrás de la casa y Qui

– ¡Ryan! El sheriff Thomas ha venido a hablar contigo.