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– ¿"Solaparnos"? -le preguntó-. ¿Qué coño significa eso de "solaparnos"?
Al ver la confusión de Ha
– ¡Podrías quedarte con el dormitorio principal! -dijo bruscamente-. Me conformaría con la habitación más grande para invitados, la que está al final del pasillo. Y la sala que fue el cuarto de trabajo de Ted y despacho de Allan podría convertirse en un dormitorio. Sí, eso sería un buen arreglo. -Hizo una breve pausa antes de añadir-: Ya sé lo que te hace sentir ese granero, la antigua pista de squash. Yo podría trabajar ahí, transformarlo en mi despacho. Pero el resto de la casa, todo lo demás, lo compartiríamos. En verano, claro, tendríamos que discutir acerca de nuestros invitados de fin de semana, ya sabes, ¡tus amigos o los míos! Pero lo importante es que, si te gusta la idea de tener una casa en los Hamptons, creo que entre los dos nos la podríamos permitir. Y Ruth sería feliz. -Lo que había empezado como una proposición se estaba convirtiendo en un parloteo-. Al fin y al cabo, vendría a visitarnos con Graham, y eso significaría para ella que no tendría que abandonar del todo la casa. Me refiero a ella, a Graham y al policía -añadió, porque la expresión agobiada de Ha
– ¿Quieres decir que me propones que compartamos casa? -inquirió Ha
– ¡Nos la dividiríamos al cincuenta por ciento! -exclamó él.
– Pero tú vivirías siempre allí, ¿no es cierto? -replicó Ha
Eddie pensó que debería haberlo sabido. ¡Había tratado de considerar a Ha
– No podría permitírmelo si tú no pagas la mitad. Es posible que ni siquiera podamos permitírnoslo entre los dos
– ¡Esa mierda de casa no puede costar tanto! -replicó Ha
– Mucho -respondió Eddie, pero no lo sabía
Lo único que tenía claro era que costaba más de lo que él solo podía pagar
– ¿Quieres comprarla y no sabes cuánto vale? -le preguntó Ha
Por fin dejó de llorar. Eddie reflexionó que probablemente Ha
– A lo mejor puedes comprar toda la casa tú sola -le dijo Eddie de mal talante
– ¿Para qué querría esa casa? -respondió ella-. ¡No es exactamente un jodido tesoro de recuerdos para mí!
Eddie pensó que nunca tendría la casa, pero que por lo menos no se vería obligado a vivir con ella
– Dios mío, Eddie, qué raro eres -le dijo Ha
Pese a que aquel fin de semana era tan sólo el primero de noviembre, a lo largo del camino de tierra que llevaba cuesta arriba, por delante de la finca de Kevin Merton, a la casa de Ruth, los árboles habían perdido las hojas. Las ramas desnudas de los arces, que tenían el color de la piedra gris, y las de los abedules, blancos como huesos, parecían temblar, anticipándose a la nieve que no tardaría en caer. Ya hacía frío, y cuando bajaron del coche en el sendero de Ruth, Ha
– ¡Mierda de Vermont! -dijo de nuevo Ha
El ruido que hacía alguien al partir leña atrajo su atención. En el patio, junto a la entrada de la cocina, había un montón de troncos y, a su lado, otro montón más pequeño y pulcro de leña partida. Al principio Eddie pensó que el hombre que partía los troncos y amontonaba la leña era el vecino de Ruth, Kevin Merton, el que le cuidaba la casa. También Ha
El hombre estaba tan absorto en su tarea que no reparó en la llegada del coche de Eddie. Vestía tejanos y camiseta de media manga, pero trabajaba de una manera tan enérgica que no notaba el frío e incluso sudaba. Cortaba los troncos y amontonaba la leña de modo muy metódico. Si el diámetro del tronco no era muy grande, lo colocaba vertical en el tajón y lo partía a lo largo de un hachazo. Si era demasiado grande, cosa que calibraba de un simple vistazo, lo ponía horizontal en el tajón y lo partía con una cuña y un mazo. Aunque el manejo de los útiles parecía su segunda naturaleza, lo cierto era que Harry Hoekstra había empezado a partir leña hacía tan sólo una o dos semanas. Hasta entonces no lo había hecho nunca
Aquel trabajo le encantaba. Con cada potente hachazo o mazazo imaginaba los fuegos que encendería, y a los recién llegados les pareció que era lo bastante fuerte y estaba tan entregado a su tarea que podría haberse pasado el día entero partiendo leña. Ha
– ¡Debe de ser el holandés, el policía de Ruth! -susurró Eddie a Ha
– No me digas -respondió Ha
– Eddie pareció desconcertado, como siempre-. El ruido de mis bragas cuando caen al suelo -le explicó ella-. Ese ruido.
– Ah ¡Qué vulgar era Ha
Harry Hoekstra, que había oído sus voces, dejó caer el hacha y se acercó a ellos. Estaban allí como niños, temerosos de alejarse del coche, mientras el ex policía se acercaba y tomaba la maleta de Ha
– Hola, Harry -logró decir Eddie
– Debéis de ser Eddie y Ha
– No me digas -replicó Ha
– ¡Vaya, Ruth me dijo que dirías eso!
Ha
– Me alegro de conocerte, Harry -fue todo lo que pudo decirle Ha
Eddie vio que Ruth salía a saludarles, rodeándose con los brazos porque hacía mucho frío. Se le había caído harina sobre los tejanos y también tenía un poco en la frente, por la que se pasó el dorso de la mano para apartar el cabello
– ¡Hola! -exclamó Ruth alegremente
Ha
Ha
– Tienes harina en la frente, cariño -le dijo a Ruth, después de besarla-. ¿Has oído ese ruido? -susurró a su vieja amiga-. ¡Mis bragas, que se deslizan al suelo, mejor dicho, que golpean el suelo!
– Las mías también -respondió Ruth, ruborizada
Ha
– Tengo que lavarme la cabeza -se limitó a decirle-, y maquillarme un poco
Había dejado de mirar a Harry, porque no podía seguir haciéndolo
Entonces Graham salió por la cocina y corrió hacia ellos. Rodeó con los brazos la cintura de Ha
– ¡Soy yo, Graham! -gritó el pequeño
– No puedes ser Graham, ¡eres demasiado grande! -replicó Ha
– ¡Sí, soy yo, soy Graham!
– Anda, acompáñame a mi cuarto, Graham -le pidió Ha
– ¿Has llorado, Ha