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Y dada la edad avanzada de la mayoría de las amigas de Eddie, éste daba por sentado que debería reformar la estancia que fue cuarto de trabajo de Ted Cole (y más adelante despacho de Allan), convirtiéndolo en un dormitorio, pues algunas de las más frágiles y endebles ancianas de Eddie no estaban en condiciones de subir escaleras

Eddie intuía que Ha

– He dicho que he estado pensando en algo -volvió a decir Eddie

Ha

Mientras contemplaba el paisaje que desfilaba por su lado, la expresión de Ha

– ¡Jodido Vermont! -exclamó Ha

– He estado pensando en algo -repitió Eddie

– Yo también -le dijo Ha

Antes de que Eddie pudiera responder, tuvieron el primer atisbo del monumento militar de Be

– ¿Quién podría vivir en esta puñetera ciudad? -le preguntó a Eddie-. ¡Cada vez que vuelves la cabeza ves ese falo gigantesco que se alza por encima de ti! Todos los tíos que viven aquí deben de tener complejo de polla grande

"¿Complejo de polla grande?", se preguntó Eddie. Tanto la estupidez como la vulgaridad de la observación de Ha

La anciana con quien Eddie se relacionaba por entonces (una relación platónica, pero ¿hasta cuándo?) era la señora de Arthur Bascom. En Manhattan todo el mundo la conocía aún por ese nombre, aunque su difunto marido, el filántropo Arthur Bascom, había fallecido mucho tiempo atrás. La esposa, "Maggie" para Eddie y su círculo de amigos más íntimos, había seguido la obra filantrópica de su marido. No obstante, nunca se la veía en una función de gala (aquellos perpetuos actos para recaudar fondos) sin la compañía de un hombre mucho más joven y soltero

En los últimos meses, Eddie representaba el papel de acompañante de Maggie Bascom, y él suponía que la dama le había elegido por su inactividad sexual. Últimamente no estaba tan seguro de ello, y pensaba que, a fin de cuentas, tal vez su disponibilidad sexual era lo que había atraído a la señora de Arthur Bascom, porque, sobre todo en su última novela, Una mujer difícil, Eddie O'Hare había descrito, con amoroso detalle, las atenciones sexuales que el personaje del hombre joven tiene hacia el personaje de la mujer mayor. (Maggie Bascom contaba ochenta y un años de edad.)

Al margen del interés exacto que la señora de Arthur Bascom tuviera por Eddie, ¿cómo podía éste haber imaginado que podría invitarla a la que sería su casa y la de Ha

"Supongo que debería teñirme también el puñetero vello púbico", imaginaba Eddie que Ha

¿En qué había estado él pensando? Si buscaba la compañía de amigas mayores, sin duda lo hacía en parte porque eran a todas luces más refinadas que las mujeres de la edad de Eddie, por no mencionar las de la edad de Ha

– Bueno, dime, ¿en qué has estado pensando? -le preguntó Ha

Dentro de media hora, o incluso menos, verían a Ruth y conocerían a su policía

Eddie se dijo que quizá debería considerar el asunto con más calma. Después de todo, cuando terminara el fin de semana, se enfrentaría al viaje de regreso a Manhattan con ella, y durante esas cuatro horas tendría tiempo suficiente para abordar el tema de la adquisición conjunta de la casa

– Ahora no recuerdo en qué estaba pensando -respondió-. Ya te lo diré cuando me acuerde

– Supongo que no se trataba de una de tus arrolladoras y geniales ideas -bromeó Ha

– Claro que también es posible que no me acuerde nunca -añadió Eddie

– Tal vez estabas pensando en una nueva novela -sugirió Ha

– Muy divertido -comentó él

– No te pongas a la defensiva, Eddie -dijo Ha

– Me parece muy bien

– Hay otro aspecto de esa tendencia que me interesa -siguió diciendo Ha

– Algunas de ellas lo son y otras quieren serlo -respondió Eddie con cautela

– Temía que dirías una cosa así… ¡Eso me fastidia de veras!

– ¿Crees que estarás sexualmente activa a los setenta o los ochenta, Ha

– Ni siquiera quiero pensar en ello -respondió ella-. Volvamos a tus intereses. Cuando estás con una de esas ancianas, la señora de Arthur Bascom, por ejemplo…

– ¡No he tenido relaciones sexuales con la señora Bascom! -la interrumpió Eddie

– Bueno, bueno, todavía no las has tenido. Pero digamos que las tendrás, si no con ella, con otra vieja dama de setenta u ochenta años. Dime, ¿en qué piensas? ¿La miras de veras y te sientes atraído? ¿O piensas en otra cuando estás con ella?

A Eddie le dolían los dedos, pues aferraba el volante con más fuerza de la necesaria. Pensaba en el piso que la señora de Arthur Bascom tenía en el cruce de la Quinta Avenida y la Calle 92. Recordaba todas las fotografías, de cuando era niña, de joven, novia, madre, novia no tan joven (se había casado tres veces) y abuela de aspecto juvenil. Eddie no podía mirar a Maggie Bascom sin representársela mentalmente tal como fue en cada fase de su larga vida

– Procuro ver a la mujer total -le dijo a su acompañante-. Por supuesto, reconozco que es vieja, pero están las fotografías, o el equivalente de las fotos en tu imaginación de una vida ajena, quiero decir una vida completa. Puedo imaginármela cuando era mucho más joven que yo, porque siempre hay gestos y expresiones arraigados, intemporales. Una anciana no siempre se ve a sí misma como una anciana, y lo mismo me ocurre a mí. Procuro ver la totalidad de su vida. Hay algo muy conmovedor en la totalidad de la vida de una persona

Dejó de hablar, no sólo porque se sentía azorado sino también porque Ha

– Nunca me verá nadie de esa manera -dijo ella

Era uno de esos momentos en que Eddie debería haber mentido, pero no podía hablar. Nadie vería a Ha

Eddie alzó una mano del volante y tocó las manos de Ha

– Mantén las manos en el puñetero volante, Eddie -le dijo ella-. Por ahora estoy entre novios…

A veces, la tendencia a apiadarse llevaba a Eddie a meterse en líos. Su corazón albergaba la peligrosa creencia de que en realidad Ha

– He pensado en que podríamos compartir una casa -le propuso. (Era una suerte que condujera él y no Ha

Por supuesto, Ha