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El tránsito era lento y pesado y tardó más tiempo del que pensó en llegar a la biblioteca y obtener una copia de los nueve artículos que iba a buscar. Llegó bastante tarde a su casa y, después de pedir de cenar a un restaurante chino cercano, se sentó en el sofá con los tres artículos sobre botellas frente a ella.
El primero, publicado en la revista Yankee en marzo del año anterior, narraba historias acerca de botellas que habían sido encontradas en las costas de Nueva Inglaterra durante los últimos años. Casi al final del artículo, Theresa llegó a dos párrafos que hablaban de un mensaje que se había encontrado en Long Island.
La mayor parte de los mensajes que se envían en una botella piden a quien los encuentre que responda. Sin embargo, en ocasiones quienes los envían no quieren una respuesta. Una carta semejante, un conmovedor tributo a un amor perdido, se encontró el año pasado en una playa de Long Island. He aquí una parte:
Sin tenerte a ti en los brazos siento un vacío en el alma. Me sorprendo buscando tu rostro entre la multitud… sé que es algo imposible, pero no puedo evitarlo. Tú y yo hablamos acerca de lo que pasaría si las circunstancias nos obligaran a separarnos, pero no puedo cumplir la promesa que te hice esa noche. Lo siento, mi amor, pero nunca podrá haber nadie que ocupe tu lugar. Tú y sólo tú eres lo único que he deseado, y a hora que te has ido no siento deseos de encontrar a nadie más.
Dejó de leer y de súbito bajó el tenedor.
“¡No puede ser!”, pensó mientras observaba las palabras. “Sencillamente no es posible”.
Se secó la frente y se dio cuenta de que le temblaban las manos. ¿Otra carta? Dio vuelta a la hoja para ver el frente del artículo y el nombre del autor. Fue escrito por el doctor Arthur Shendakin, profesor de historia de Boston University.
Se puso en pie de un salto y tomó la guía telefónica del estante cercano a la mesa del comedor. Había menos de doce Shendakin, sólo dos tenían una A como primera inicial. Miró la hora antes de Marcar. Las nueve y media. Era tarde, pero no demasiado. Marcó el número y esperó mientras el teléfono comenzaba a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
A la cuarta vez comenzó a perder la esperanza, pero en la quinta oyó que descolgaban el teléfono.
– ¡Hola! -oyó la voz de un hombre.
Ella se aclaró la garganta.
– Hola. Habla Theresa Osborne del Times de Boston. ¿Es usted Arthur Shendakin?
– Sí, soy yo -respondió el hombre en tono de sorpresa.
– ¡Ah! Buenas noches. Sólo le llamaba para saber si es usted quien publicó un artículo el año pasado en la revista Yankee sobre mensajes en botellas.
– Sí, yo lo escribí. ¿En qué puedo servirla?
Theresa sentía que le sudaban las manos en el teléfono.
– Tengo curiosidad acerca del mensaje que dice usted que apareció en Long Island. Sé que es una petición poco usual, doctor Shendakin, pero me interesa obtener una copia de la carta. Significaría mucho para mí.
– ¿Sólo una copia?
– Sí, por supuesto. Puedo darle mi número de fax o puede usted enviármela.
Él permaneció un momento en silencio antes de responder:
– Yo… creo que está bien.
– Gracias, doctor Shendakin -antes de que pudiera cambiar de Opinión Theresa le dio su número de fax.
Al día siguiente, cuando salió hacia su trabajo, sentía la cabeza en las nubes. La posible existencia de una tercera carta le hacía difícil pensar en nada más, pero al llegar a su escritorio esperó, con toda premeditación antes de ir a donde se encontraba el fax. Encendió su computadora, llamó a dos médicos con los que tenía que hablar para su artículo sobre autismo, y tomó algunas notas acerca de otros posibles temas.
Cuando ya no se le ocurrió qué otra cosa hacer, se dirigió hacia el fax y comenzó a revisar acuciosamente el material que había llegado. Todavía no estaba clasificado y encontró varias docenas de páginas dirigidas a otras personas. A la mitad halló una portada dirigida a ella, luego dos páginas más, y al revisarlas con más atención lo primero que reconoció fue el dibujo del velero grabado en la esquina superior derecha.
25 de septiembre de 1995.
Querida Catherine:
Ha pasado un mes desde la última vez que te escribí, pero ha transcurrido tan lentamente… ahora la vida pasa como un paisaje frente a la ventana de un auto en movimiento. No sé a dónde me dirijo ni cuando llegaré.
Ni siquiera el trabajo me quita el dolor. Tal vez bucee para divertirme o para enseñar a otros cómo hacerlo, pero cuando regreso a la tienda me parece vacía sin ti. Hago los pedidos para surtir la tienda como siempre, pero todavía hay momentos en los que miro por encima del hombro sin pensar y te llamo.
Sin tenerte a ti en los brazos siento un vacío en el alma. Me sorprendo buscando tu rostro entre la multitud… sé que es algo imposible, pero no puedo evitarlo. Tú y yo hablamos acerca de lo que pasaría si las circunstancias nos obligaran a separarnos, pero no puedo cumplir la promesa que te hice esa noche. Lo siento, mi amor, pero nunca podrá haber nadie que ocupe tu lugar. Tú y sólo tú eres lo único que he deseado, y ahora que te has ido no siento deseos de encontrar a nadie más. “Hasta que la muerte nos separe”, juramos en la iglesia, y he llegado a creer que esas palabras serán realidad; hasta que yo también me marche de este mundo.
Garrett
– Dea
Dea
– Claro que sí. ¿Qué sucede?
Theresa puso las tres cartas sobre el escritorio de Dea
– Bueno -dijo al terminar de leer la última carta-, sí que has estado guardando el secreto, ¿verdad?
Theresa se encogió de hombros y Dea
– Pero hay algo más que el hecho de haber encontrado las cartas, ¿no es así? Te interesa este hombre, Garrett.
Theresa lo pensó por un momento.
– Estos últimos días han sido muy extraños… quiero decir que… no puedo dejar de pensar en él y no sé por qué. No sé quién es, no lo conozco, nunca hemos hablado. Incluso podría ser un hombre de setenta años.
Dea
– Es cierto, pero… no creo que sea ése el caso. ¿Tú sí?
Theresa negó lentamente con la cabeza.
– Tampoco yo -subrayó Dea
– Es lo mismo que yo pensé.
– ¿Quieres saber lo que creo?
– Por supuesto.
– Creo que debes ir a Wilmington y tratar de encontrar a Garrett -sugirió Dea
– Pero parece tan… ridículo. No sé nada sobre él. Y si… -se detuvo y Dea
– ¿Y si no es como lo imaginas? Theresa, puedo garantizarte que no lo es. Nunca nadie lo será, pero yo creo que eso no debería afectar tu decisión. Si quieres saber más, sólo ve.
– ¿No crees que todo este asunto es una locura?
Dea
– Por supuesto que no. Recuerda que soy mayor que tú y tengo más experiencia. Una de las cosas que he aprendido de la vida es que hay ocasiones en las que uno debe aprovechar las oportunidades. Además, Kevin aún no regresa y te quedan muchos días de vacaciones en este año.
Theresa empezó a retorcer un mechón del cabello con el dedo.
– Haces que todo parezca tan fácil…
– Es fácil. La parte difícil será encontrarlo, pero creo que estas cartas tienen información que podemos usar para ayudarte. ¿Qué te parece si hacemos algunas llamadas telefónicas?
Theresa llevó su silla al otro lado del escritorio de Dea
– ¿Por dónde empezamos?
– Primero -enumeró Dea
– Y -añadió Theresa- probablemente es de Wilmington o Wrightsville Beach, o de alguna comunidad cercana.
– De acuerdo, bien -continuó Dea
– El Happenstance -interrumpió Theresa-. La carta menciona que solían navegar juntos. Probablemente sea un velero. Y también parece que tiene una tienda de buceo donde él y Catherine trabajaban.
– Bueno, eso ya es un inicio. Esto podría ser más fácil de lo que pensamos.
Dea
– Los botes se registran por medio de un número de identificación, casi como los autos -dijo arrastrando las palabras-, pero si tienen el nombre del propietario tal vez puedan averiguar el nombre del bote, si está anotado en el formulario. No es un dato que se solicite, pero mucha gente lo anota de cualquier manera.
Después de agradecer a Zack Norton por su tiempo y colgar, Dea
Colgó el teléfono y Theresa la miró con curiosidad.
– ¿Qué les preguntarás cuando llames?
– Preguntaré por Garrett.
Theresa sintió que el corazón se le detenía un momento.
– ¿Así nada más?
– Así nada más -respondió Dea
Cuando por fin respondieron al teléfono, Dea