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– Están almorzando. -La respuesta fue brusca.
Jea
– Bueno. ¿Tendría usted la bondad de decirle que ha llamado su hija y que volverá a hacerlo dentro de un rato?
– Sí.
Jea
– Soy J-e-a-n-n-i-e -dijo-. Su hija.
– Sí, vale.
– Gracias, muy amable.
– De nada.
Jea
Consultó su reloj: poco más de las doce del mediodía. Cogió el ratón y miró la pantalla, pero parecía inútil seguir trabajando en un proyecto que podían cancelar. Dominada por una sensación de rabia e impotencia, decidió dar por concluida la jornada laboral.
Apagó el ordenador, cerró el despacho y abandonó el edificio. Aún tenía su Mercedes rojo. Subió al coche y palmeó el volante con una agradable sensación de familiaridad.
Trató de animarse. Tenía padre; lo cual no dejaba de ser un raro privilegio. Tal vez debiera pasar tiempo con él, disfrutar de la novedad de su compañía. Podrían darse un paseo hasta el puerto y caminar un poco juntos. Le compraría una chaqueta deportiva nueva en Brooks Brothers. Ella no tenía dinero, pero se la cargarían en cuenta. Qué diablos, para cuatro días que va a vivir una…
Se sentía mucho mejor al aparcar el automóvil ante su domicilio.
– Papá, ya estoy en casa -avisó mientras subía las escaleras. Al entrar en el salón notó que algo no encajaba. Al cabo de un momento reparó en que el televisor no estaba en su sitio. Quizá su padre lo trasladó al dormitorio para ver algún programa. Miró en el cuarto contiguo; su padre no estaba allí. Volvió a la sala de estar-. ¡Oh, no! -exclamó. La videograbadora también había desaparecido-. ¡No es posible que me hayas hecho esto, papá! -El estero había volado, lo mismo que el ordenador de encima del escritorio-. ¡No! ¡No puedo creerlo! -Corrió a su alcoba y abrió el joyero. El pendiente nasal con el diamante de un quilate que le había regalado Will Temple brillaba por su ausencia.
Repicó el teléfono y Jea
– Aquí, Steve Logan -dijo la voz-. ¿Cómo estás?
– Este es el día más espantoso de mi vida -dijo Jea
24
Steve Logan colgó el teléfono.
Se había duchado, afeitado y puesto ropa limpia. Tenía el estómago lleno de la lasaña que le preparó su madre. Había contado a sus padres, con todo detalle, minuto a minuto, la prueba por la que pasó. Y aunque el muchacho les dijo que estaba seguro de que retirarían los cargos en cuanto se conociera el resultado de las pruebas de ADN, los padres insistieron en la conveniencia de que dispusiera de asesoría jurídica, y Steve iba a ir a ver a un abogado a la mañana siguiente. Todo el trayecto de Baltimore a Washington se lo pasó durmiendo en el asiento trasero del Lincoln Mark de su padre, y pese a que eso difícilmente podía compensar la noche y media que permaneció despierto, ahora se encontraba en perfectas condiciones.
Y quería ver a Jea
Era un deseo que le acuciaba antes de telefonearla. Y ahora que conocía el apuro en que se encontraba la muchacha, el anhelo de verla era mucho más intenso. Se moría por abrazarla y asegurarle que todo iba a arreglarse.
También barruntaba que entre los problemas de Jea
Steve deseaba saber más respecto al misterio de sus orígenes. No había hablado a sus padres de aquella parte. Era demasiado singular e inquietante. Pero sentía la imperiosa necesidad de tratar el tema con Jea
Volvió a coger el teléfono para llamarla otra vez, pero luego cambió de idea. Seguro que ella iba a decirle que no deseaba hablar con nadie. Las víctimas de la depresión suelen comportarse así, aunque necesiten de veras un hombro sobre el que llorar. Tal vez lo que podía hacer era presentarse sin más en la puerta de su casa y decirle:
– ¡Ea, vamos a intentar animarnos mutuamente!
Se trasladó a la cocina. La madre estaba frotando el plato de la lasaña con un cepillo de alambre. El padre había ido a pasar una hora en el despacho. Steve empezó a poner cacharros en el lavavajillas.
– Mamá -dijo-, te va a parecer un poco extraño, pero…
– Vas a ir a ver a una chica -se le adelantó la madre.
Steve sonrió.
– ¿Cómo lo sabías?
– Soy tu madre, soy telepática. ¿Cómo se llama?
– Jea
– ¿Ahora soy una madre judía? ¿Se supone que he de sentirme impresionada por el hecho de que sea médico?
– Es doctora en ciencias, no en medicina.
– Si ya tiene el doctorado, debe de ser mayor que tú.
– Veintinueve años.
– Hummm. ¿Cómo es?
– Bueno, tirando a impresionante, ya sabes, alta y muy bien dotada, juega al tenis endiabladamente, pelo negro, ojos oscuros, nariz perforada con un delicado aro de plata, y es, en fin, fuerte, no tiene pelos en la lengua a la hora de decir de manera directa lo que cree que tiene que decir, pero también se ríe mucho, a gusto, yo le hice soltar carcajadas un par de veces, pero sobre todo es -busco la palabra adecuada-, es pura presencia, cuando está delante, uno no puede mirar a otro sitio…
Se interrumpió.
Su madre se le quedó mirando y luego dijo:
– ¡Ay, muchacho!… Te ha dado fuerte.
– Bueno, no necesariamente… -Se cortó-. Si, tienes razón. Estoy loco por esa chica.
– ¡Ella siente lo mismo por ti?
– Aún no.
Su madre le sonrió cariñosamente.
– Anda, ve a verla. Confío en que te merezca.
Steve la besó.
– ¿Cómo te las arreglas para ser tan buena persona?
– Práctica -respondió la madre.
El coche de Steve estaba aparcado en la puerta; lo habían ido a recoger al campus de la Jones Falls y su madre lo condujo de vuelta a Washington. Desembocó en la I-95 y se dirigió de nuevo a Baltimore.
A Jea
Mientras conducía se la imaginó sentada a su lado, riendo y diciendo cosas como: «Me alegro de que hayas vuelto a verme, haces que me sienta mucho mejor, ¿por qué no nos desnudamos y nos metemos en la cama?».
Hizo un alto en un centro comercial de un barrio de Mount Washington, donde compró una pizza de marisco, una botella de vino blanco de diez dólares, un recipiente de helado Ben amp; Jerry -sabor Rainforest Crunch- y diez claveles amarillos. Captó su atención un titular acerca de la Genético, S. A. que destacaba en la primera plana del The Wall Street Journal. Recordó que era la empresa que había financiado la investigación de Jea
El deleite de sus fantasías se vio ensombrecido por la intranquilidad que le produjo de pronto la idea de que tal vez Jea
Se alegró al ver un Mercedes 230C rojo estacionado cerca del edificio. Luego se dijo que Jea
Tenía portero automático. Pulsó el timbre del interfono y miró el altavoz, deseando que emitiese algún ruido. No ocurrió así. Volvió a tocar el timbre. Se oyó un chasquido. El corazón le dio un salto en el pecho. Una voz irritada preguntó:
– ¿Quién es?
– Steve Logan. He venido a levantarte el ánimo.
Una pausa prolongada.
– No tengo ganas de recibir visitas, Steve.
– Déjame al menos entregarte unas flores.
Jea
– No habrás cambiado de idea acerca de mí, ¿verdad? -dijo. Steve-. ¿Aún crees que soy inocente? Si no es así, me iré.
Sonó un zumbido y se abrió la puerta.
Steve se dijo que no era mujer que resistiese un desafío.
El muchacho entró en un pequeño vestíbulo en el que había dos puertas. Una estaba abierta de par en par y conducía a una escalera. En lo alto de la misma se erguía Jea
– Supongo que es mejor que subas -invitó.
No era la más entusiasta de las bienvenidas, pero Steve sonrió y subió la escalera con los regalos en una bolsa de papel. Jea
Dejó la bolsa encima del mostrador.
– Verás -dijo-, lo que te hace falta es comer algo. En cuanto lo hagas, te sentirás mejor. -Sacó la pizza-. Y un vaso de vino te rebajará la tensión. Luego, cuando estés preparada para concederte un tratamiento especial, puedes tomarte este helado directamente del envase de cartón, no tienes por qué ponerlo en un plato. Y cuando toda la comida y la bebida se haya acabado, aún te quedarán las flores. ¿Vale?
Le contempló como si fuera una criatura llegada de Marte.
– Y de todas formas -continuó Steve-, se me ocurrió que necesitabas además que viniese alguien aquí y te dijera que eres una persona maravillosa y especial.
A Jea
– ¡Vete a hacer puñetas! -exclamó-. ¡Yo nunca lloro!
Steve apoyó las manos en los hombros de Jea