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Le sorprendió encontrar a A

– Lamento haberte hecho esperar -dijo-. Pongamos manos a la obra inmediatamente.

Por suerte, había leído la propuesta meticulosamente y tenía tomadas unas notas. A

Cuando A

– Tienes cara de estar a punto de cortarle los cataplines a alguien -comentó.

– A ti no -sonrío Jea

Handsome Ransome (Ransome el Hermoso) era su favorito entre los varones del departamento. Profesor adjunto que estudiaba la psicología de la percepción, estaba felizmente casado y tenía dos hijos pequeños. Jea

Jea

– Pero queda en el aire la gran cuestión -concluyó-. ¿Quién le fue con el cuento al Times?

– Tiene que haber sido Sophie -apuntó Ransome.

Sophie Chapple era la única otra mujer del departamento de psicología de la facultad. Aunque se acercaba a la cincuentena y era profesora titular, consideraba a Jea

– ¿Sería capaz de una faena así? -preguntó Jea

– Y sin dudarlo.

– Supongo que tienes razón. -A Jea

Ransome enarcó las cejas.

– Te mentirá.

– Pero su culpabilidad puede delatarla.

– Habrá bronca.

– Ya hay bronca.

Sonó el teléfono. Jea

– Hola.

– Aquí, Naomi Freelander.

Jea

– No sé si me apetece hablar con usted

– Tengo entendido que ha dejado de utilizar bases de datos médicos en su proyecto de búsqueda.

– No es así.

– ¿Qué significa eso de que no es así?

– Significa que no lo he dejado. Su llamada telefónica provocó cierto debate, pero no se ha adoptado ninguna decisión.

– Tengo aquí un fax de la oficina del presidente de la universidad. En él, la universidad pide disculpas a las personas cuya intimidad haya sido violada y les asegura que el programa se ha interrumpido.

Jea

– ¿Enviaron ese comunicado?

– ¿No lo sabía usted?

– Vi un borrador y manifesté mi desacuerdo.

– Parece que han cancelado su programa sin decírselo.

– No pueden hacerlo.

– ¿Qué quiere decir?

– Tengo un contrato con esta universidad. No pueden hacer lo que les salga de sus malditas narices.

– ¿Me está diciendo que va a continuar usted con el proyecto, en franco desafío a las autoridades universitarias?

– Aquí no entra el desafío. No tienen potestad para darme órdenes. -Se percato de que Ted la estaba mirando. El hombre alzo una mano y la movió de derecha a izquierda en gesto negativo. Jea

– Sí.

– Y ha fracasado rotundamente en su intento de encontrar una sola persona dispuesta a quejarse de mi programa. Pese a todo, no tiene escrúpulos en seguir intentando que se cancele mi proyecto.

– Yo no juzgo, informo.

– ¿Sabe de qué va mi investigación? Intento descubrir qué es lo que convierte a la gente en criminales. Soy la primera persona que ha creado un método realmente prometedor para estudiar este problema. Si las cosas salen como espero, mi descubrimiento podría hacer de nuestro país un lugar mucho mejor para que crezcan en el sus nietos.

– No tengo nietos.

– ¿Esa es su excusa?

– No necesito excusas…

– Tal vez no, pero ¿no obraría usted mucho mejor procurando descubrir un caso de violación de intimidad que realmente preocupase a alguien? ¿No sería ese, incluso, un reportaje mucho mejor para su periódico?

– Seré yo quien juzgue eso.

Jea

– En fin, le deseo suerte.

– Agradezco su colaboración, doctora Ferrami.

– Adiós. -Jea

Ted le tendió una taza de café.

– Deduzco que han anunciado la cancelación de tu programa.

– No lo entiendo. Berrington me dijo que hablaríamos acerca de lo que íbamos a hacer.

Ted bajo la voz:

– No conoces a Berry tan bien como yo. Créeme, es una serpiente. Yo no lo perdería de vista.

– Tal vez fue un error -dijo Jea

– Es posible -concedió Ted-. Pero yo apuesto mi dinero sobre la teoría de la serpiente.

– ¿Crees que debería llamar al Times y decir que la persona que contestó en mi teléfono era un impostor?

Ted se echó a reír.

– Lo que creo es que deberías presentarte en el despacho de Berry y preguntarle si tenía intención de enviar el comunicado antes de hablar contigo.

– Buena idea.

Jea

Ted fue hacia la puerta.

– Buena suerte. Estoy contigo.

– Gracias.

Jea

– ¡Hola, Julie! ¿Dónde esta Berry?

– Se marchó y dijo que hoy ya no volvería, pero me pidió que te diese cita para mañana.

Maldición. El hijo de mala madre le daba esquinazo. La teoría de Ted era acertada.

– ¿A qué hora?

– A las nueve y media.

– Aquí estaré.

Bajó a su planta y entró en el laboratorio. Sentada ante el banco de trabajo, Lisa verificaba la concentración de los ADN de Steven y De

– ¿Cómo estás? -preguntó Jea

– Muy bien.

Jea

– ¿Hablaste ya con tu madre?

Los padres de Lisa vivían en Pittsburgh.

– No quiero preocuparla.

– Para eso está. Llámala.

– Quizás esta noche.

Jea

Era como cortar dos centímetros de la cinta de casete de una ópera. Se toma un corte de cinco minutos del principio de dos cintas distintas: si la música de ambas piezas de cinta es un dúo que canta Se a caso madama , los trozos de cinta son de Las bodas de Fígaro . Para eludir la posibilidad de que dos óperas completamente distintas pudieran tener la misma secuencia de notas, era necesario comparar varios fragmentos, no sólo uno.

El proceso de fragmentación llevaba varias horas y no podía apresurarse: si el ADN no se fragmentaba en su totalidad, la prueba no resultaría.

A Lisa le causó bastante impacto el relato que le hizo Jea

– Si hubieses de decir adiós a tu proyecto -dijo Lisa-, ¿qué otro estudio emprenderías?

– No tengo ni idea -replicó Jea

Jea

Jea

– ¿Podría ponerme con la señora Ferrami, por favor? -pidió.