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No. Ella no diría nada.
Experimentó un ramalazo de culpabilidad. Siempre se había burlado de las mujeres que sufrían una agresión y no la denunciaban, permitiendo así que el asaltante quedara impune. Ahora, ella estaba haciendo lo mismo.
Comprendió que De
Que inteligente era De
– Parece usted un poco agitada -le comentó Robinson-. Supongo que no le gustan las ratas más que a mí.
Jea
– Me encuentro perfectamente, gracias -respondió.
– En ese caso, la sacaré de aquí.
Abandonaron los tres el locutorio.
Una vez fuera, Robinson ordenó:
– Ve a buscar una fregona, Pinker.
De
Robinson la acompañó hasta la puerta principal y le estrechó la mano. Jea
Al volante del vehículo, Lisa estaba poniendo en marcha el aire acondicionado. Jea
– Pareces deshecha -observó Lisa, al tiempo que arrancaba.
– Para en la primera zona comercial que encontremos -pidió Jea
– Claro. ¿Qué te hace falta?
– Ahora te lo digo -replicó Jea
19
Después del almuerzo, Berrington se dirigió a un bar situado en un barrio tranquilo y pidió un martini.
La sugerencia que Jim Proust soltó como si tal cosa le había dejado estremecido. Berrington se daba cuenta de que cometió una estupidez al agarrar a Jim por la solapa y levantarle la voz. Pero no lamentaba aquel desahogo. Al menos podía tener la certeza de que Jim conocía con exactitud lo que pensaba el del asunto.
Las peleas entre ellos no eran ninguna novedad. Recordaba su primera gran crisis, al principio de los setenta, cuando estalló el escándalo Watergate. Fue una época terrible: el conservadurismo estaba desacreditado, los políticos paladines de la ley y el orden resultaron ser unos corruptos maleantes y cualquier actividad clandestina, por muy bien intencionada que fuese, empezó de pronto a considerarse como una conspiración anticonstitucional. El pánico se apoderó de Preston Barck, que votó por abandonar el proyecto en pleno. Jim Proust le tildó de cobarde, argumentó coléricamente que no existía ningún peligro y propuso seguir adelante como una empresa conjunta CIA-ejército, tal vez extremando las medidas de seguridad, haciéndolas más estrictas. Sin duda estaría presto a asesinar a cualquier periodista investigador que fisgoneara en lo que llevaban entre manos. Fue Berrington quien sugirió la creación de una firma privada e indicó que debían distanciarse del gobierno. Ahora, de nuevo, volvía a tocarle a él encontrar una vía de escape por la que salir de las dificultades.
En el local reinaba la penumbra y la temperatura era fresca. El televisor de encima de la barra mostraba las imágenes de un culebrón, pero el sonido estaba apagado. La ginebra fría sosegó a Berrington. La irritación que en el había despertado Jim fue evaporándose gradualmente, hasta que sus pensamientos acabaron por centrarse en Jea
La alarma le había impulsado a hacer una promesa temeraria. Les dijo irreflexivamente a Jim y a Preston que haría un trato con Jea
Era un problema peliagudo. Aunque la había contratado y había tramitado la concesión de su beca, no podía darle órdenes sin más ni más; como ya le dijo a Jim, la universidad no era el ejército. Jea
Tranquilo, se aconsejó, tranquilo.
El punto débil de la tarea de Jea
Era una tragedia que aquel prometedor plan científico acabase en la ruina. Iba contra todo lo que representaba y defendía Berrington. Había alentado a Jea
Se esforzó en apartar de su mente el cuerpo de la joven. Las mujeres siempre habían sido su debilidad. No le tentaba ningún otro vicio: bebía con moderación, nunca jugaba y no entendía por qué la gente tomaba drogas. Quería a su esposa, Vivvie, pero a pesar de ello fue incapaz de resistirse al tentador encanto de otras mujeres, por lo que Vivvie acabó por dejarle, harta de verle mariposear con unas y con otras. Ahora, cuando pensaba en Jea
Tales pensamientos le avergonzaban. Se suponía que era su patrocinador y su mentor, no su seductor. Al mismo tiempo que el deseo, le abrasaba un ardiente resentimiento. Jea
Sin embargo, no estaba nada dispuesto a provocar un escándalo público que la pusiera en la picota. Controlar a la prensa era difícil. Existía la posibilidad de que empezasen investigando a Jea
Apuró la consumición. El camarero le ofreció otro martini, pero Berrington la declinó. Barrió el establecimiento con la mirada y localizó un teléfono público junto a la puerta de los servicios de caballeros. Introdujo su tarjeta American Express en la ranura y marcó el número de la oficina de Proust. Descolgó uno de los insolentes paniaguados de Jim.
– Despacho del senador Proust.
– Aquí, Berrington Jones…
– Me temo que en estos momentos el senador esté reunido.
Berrington pensó que realmente Jim debería aleccionar a sus secuaces para que se mostrasen un poco más amables.
– Vamos a ver, entonces, si podemos evitar interrumpirle -dijo-. ¿Tiene programada para esta tarde alguna cita con los medios de comunicación?
– No estoy seguro. ¿Me permite preguntarle por qué necesita usted saberlo, señor?
– No, joven, no se lo permito -replicó Berrington en tono irritado. Los ayudantes presuntuosos eran la maldición de la Colina del Capitolio-. Puede usted responder a mi pregunta, puede avisar a Jim Proust para que se ponga al aparato o puede usted perder su maldito empleo, ahora dígame, ¿qué prefiere?
– No se retire, por favor.
Hubo una larga pausa. Berrington pensó que desear que Jim enseñara a sus ayudantes a mostrarse cordiales era como esperar que un chimpancé instruyese a sus descendientes en el arte de comportarse correctamente en la mesa. El estilo del jefe suele extenderse a los miembros de su equipo: una persona de modales groseros siempre tiene empleados que se distinguen por su mala educación.
Por el teléfono llegó una nueva voz:
– Profesor Jones, el senador tiene previsto asistir dentro de quince minutos a la conferencia de prensa que va a celebrarse con motivo de la presentación del libro Nueva esperanza para Norteamérica , del congresista Dinkey.
Aquello era perfecto.
– ¿Dónde?
– En el hotel Watergate.
– Dígale a Jim que estaré allí y asegúrese de que mi nombre figure en la lista de invitados, por favor.
Berrington colgó sin darle tiempo a responder.
Salió del bar y tomó un taxi para trasladarse al hotel. Era preciso tratar aquel asunto con delicadeza. Manipular a los medios de comunicación era bastante arriesgado: un buen reportero es muy capaz de percibir lo que hay debajo de la evidencia de una historia y empezar a hacer preguntas acerca de por qué se plantó allí. Pero cada vez que pensaba en los riesgos, Berrington se remitía a las recompensas y eso vigorizaba su ánimo.