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Jea

Mientras observaba y escuchaba, Jea

Jea

Cuando la sesión fotográfica estaba a punto de concluir, Lisa tomó una muestra de la sangre de De

Con gestos rutinarios, Lisa selló el frasco y firmó la etiqueta; luego salió para poner la muestra en el frigorífico portátil que llevaban en el maletero del automóvil. Dejó a Jea

Mientras completaba la última serie de preguntas del cuestionario, Jea

Terminó el último cuestionario.

– Gracias por su paciencia, señor Pinker -dijo.

– Aún no me has dado tus bragas -repuso el presidiario fríamente.

– Vamos, Pinker -dijo Robinson-, has sido bueno toda la tarde, no lo estropees ahora.

De

– Robinson tiene un pánico cerval a las ratas, ¿no lo sabías, dama psicóloga?

Una súbita angustia se apoderó de Jea

Robinson parecía incómodo.

– Odio las ratas, es verdad, pero no me asustan.

– ¿Ni siquiera esa tan enorme de color gris que hay en el rincón? -señaló De

Robinson giró en redondo. No había ninguna rata en el rincón, pero en cuanto Robinson les dio la espalda, De

Antes de que Robinson hubiese vuelto de nuevo la cabeza, De

El roedor corrió a través del cuarto.

– ¡Allí, Robinson, allí! -gritó De

Robinson se revolvió, avistó a la rata y palideció.

– ¡Mierda! -rezongó, al tiempo que tiraba de la porra.

La rata corrió a lo largo del zócalo, buscando un lugar donde esconderse. Robinson la persiguió, tratando de golpearla con la porra. Ocasionó una serie de señales negras en la pared, pero no alcanzó a la rata.

Un timbre de alarma se disparó en el cerebro de Jea

Jea

De

Jea

De

La voz era baja hasta el punto de que la doctora casi no podía oírla por encima del ruido que producía Robinson.

– Haz lo que te digo si no quieres que te rebane el globo de los ojos.

Jea

– ¡Oh, Dios, no, que no me quede ciega! -suplicó.

Oír su propia voz en aquel extraño tono de rendición humillante la hizo recobrar en cierta medida los sentidos. Trató desesperadamente de concentrarlos y pensar. Robinson seguía persiguiendo a la rata: estaba ajeno por completo a lo que tramaba De

De

– ¡Por favor! -articuló Jea

Notó en su oreja el roce de los labios de De

– ¡Quítate las bragas! -le susurró.

Jea

Sin embargo, le oía maldecir a la rata y descargar golpes con la porra, por lo que resultaba evidente que aún no se había percatado de lo que estaba haciendo De

– No tengo mucho tiempo -murmuró De

Le creyó. Acababa de concluir el examen psicológico de tres horas al que le había sometido y estaba perfectamente enterada de la clase de individuo que era. Carecía de conciencia, era incapaz de sentir culpabilidad o remordimiento. Si ella no cumplía los deseos de De

Pero ¿qué iba a hacer De

¿Por qué no podía Robinson matar de una vez a aquella maldita rata?

– ¿Rápido! -siseó De

¿Qué podía ser peor que la ceguera?

– Está bien -gimió Jea

Se agachó torpemente, con De

Se sintió espantosamente vulnerable.

De

Jea

¿Qué pensaba hacer De

La porra de Robinson produjo un repugnante chasquido de aplastamiento. Jea

La mirada de Jea

Robinson jadeaba a causa del esfuerzo. Dirigió a De

– No habrás traído tu aquí ese bicho, ¿verdad, Pinker?

– No, señor -respondió De

– Desde luego -continuó Robinson-, si pensara que semejante faena es cosa tuya te haría… -El guardia lanzó a Jea

– Sí, señor.

Jea

– Bueno -dijo Robinson-, de todas maneras, coge un cubo de agua y limpia a fondo esta sala.

– Al instante, señor.

– Es decir, si la doctora Ferrami ha terminado contigo.

Jea