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– ¿Cómo arreglo lo del entoldado?
– No se preocupe -dijo E
– Para empezar, es decir, para limpiar la zona y trasladar el material, me bastará con tres o cuatro. Luego querría disponer de unos diez. No es necesario que todos sean finos ebanistas, pero me servirá de poco el que no sea buen carpintero.
E
– Tendrá toda la madera que quiera, Bálder, pero por lo que se refiere al personal deberá moderar sus aspiraciones. Por fortuna, el Arzobispado dispone de recursos económicos abundantes. Con eso basta para el material. Pero las personas que podemos emplear en la construcción son un bien escaso. No podemos dejar que cualquiera entre en ese recinto. De un operario no se espera lo mismo que de usted, pero sí más de lo que puede esperarse de una persona corriente.
Bálder oyó aquello con cierto estupor, fresca como estaba en su memoria la imagen de quienes poblaban la obra. Renunció a protestar.
– ¿Cuántos me da, entonces?
– Cinco, desde el principio. Desde mañana.
– ¿Son carpinteros?
– Serán lo que haga falta.
– Ya veo.
– Tenga fe. Se trata de hacer una catedral. ¿Y la madera?
– Pídala directamente al capataz. La tendrá enseguida. Por eso no se preocupe. La archidiócesis posee muchos bosques.
– Tanto mejor. Si le parece hablaremos de otros detalles cuando tenga las medidas tomadas y los primeros planos. ¿Cuántos asientos ha de haber en el coro?
– Ciento treinta y cinco. En tres niveles.
– Tres por tres y tres y cinco -descompuso el extranjero, abstraído en la cuenta-. Podrá arreglarse, seguramente. Una última cosa. Llevo conmigo las herramientas más delicadas, pero necesito otras, para mí y para mis ayudantes.
Le diremos al capataz que ponga a su disposición nuestro almacén. ¿Algo más?
Bálder titubeó un instante. Aunque no le seducía recurrir a E
– Sólo querría pedirle ayuda para solucionar un pequeño problema de intendencia personal. Me refiero a mi alojamiento. Al menos por esta noche. Mañana puedo buscar más despacio.
El canónigo sonrió cálidamente.
– Por Dios, ni se le ocurra preocuparse por eso. Hay un aposento en el palacio para usted. Todos los que trabajan en la catedral tienen techo y pan aquí. No hay nada mejor en la ciudad.
Bálder omitió expresar el comentario sarcástico que zigzagueaba por su cerebro. Aun a riesgo de parecer descortés, prefirió aguardar en silencio a que el otro diese por terminada la entrevista. Sin embargo, E
– Ahora que hemos cerrado las cuestiones de negocios, me gustaría que me confiara el resto de sus proyectos. Tiene una larga temporada por delante para vivir entre nosotros. Viene de muy lejos y no conoce a nadie. Me interesan los motivos que le llevan a emprender esta aventura. Cuénteme cómo cree que será su vida aquí.
– No he hecho un pronóstico, la verdad -se escabulló Bálder.
– No sea tan reservado. Lo plantearé de otro modo. Trabajará de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Después no hay luz. ¿Qué piensa hacer en las quince horas que le sobran?
– Me gusta dormir, sobre todo cuando he hecho esfuerzo físico.
– ¿Quince horas durmiendo?
– Necesito tiempo para averiguar qué otras cosas que me gustan se pueden hacer aquí. He llegado hoy.
– Un hombre sin prejuicios.
– Puede llamarlo así.
– No está mal, mientras tenga escrúpulos. Voy a darle un consejo, y haga con él lo que quiera. Aquí hay mucha gente, y el empeño que compartimos exige que buena parte de ella sea singular. Sea precavido y no olvide que al principio usted no sabrá la décima parte de lo que ellos saben.
– ¿Es que hay algo extraño que saber?
– Una pregunta llena de inteligencia. Siempre hay algo extraño que saber. Pero no le entretengo más. Estará cansado de su viaje. Ha sido un placer conocerle.
E
– Camila -ordenó E
Camila cerró la puerta de E
– Sígame, por favor.
Al contrario de lo que le sucediera con el muchacho que le había llevado hasta allí, habría podido caminar al lado de Camila, porque el ritmo de su marcha no era rápido. Sin embargo, durante el recorrido que emprendieron a continuación se mantuvo a media zancada de la mujer, lo bastante atrás para poder apreciar la agradable disciplina de su paso y lo bastante adelante como para no tener ocasión de cometer algún atisbo indigno. La tarde empezaba a caer, y de eso a la noche, en aquella época del año, no había mucho. La parca iluminación artificial de los corredores apenas si bastaba para ver el lugar donde poner el pie, pero Camila avanzaba con la seguridad de un ciego que se orientase en su alcoba por las distancias entre obstáculos. Subieron un tramo de escaleras y accedieron a otro corredor, más estrecho, que les comunicó con otra escalera. Al iniciar la ascensión Bálder creyó percibir un aflojamiento en la compostura de su guía. Sin deshacer su erguido continente, Camila se permitía ahora pequeñas variaciones en la cadencia de su movimiento, como subir dos escalones de un golpe, detenerse una décima de segundo en otro peldaño o desviar la mirada hacia los lados. Al final de esta segunda escalera les recibió un corredor todavía más pequeño que el de la planta inferior, casi un pasillo. Una vez allí, Camila se volvió hacia él y con su voz grave, que sin embargo apenas parecía la de antes, reveló:
– Ya estamos en el otro edificio.
Bálder percibió en su mirada un brillo cómplice. Comprobó por la ventana que, en efecto, se hallaban en un anexo del palacio, desde el que se veía el tejado del pabellón principal. Supuso que habían entrado en la zona de alojamientos del personal del Arzobispado, entre el que desde ahora se contaba. Pensó que tal vez Camila viviera allí también, y después que no tenía ningún objeto pensarlo. Ella caminaba todavía más ligera. De vez en cuando le vigilaba de reojo, o dejaba que sus dedos extendidos y abandonados golpearan al pasar en los picaportes y en los marcos de las puertas.
– ¿Le gusta? -preguntó de pronto, extrañamente alegre.
– No sé qué decirle -repuso Bálder, dubitativo.
– Lo que sienta. No se lo contaré a E
– ¿Qué le hace imaginar que eso me importaría? Camila volvió la cabeza. Mirándole con perversidad, dijo:
– ¿Debo entender que no le tienes respeto, o que no abrigas malos pensamientos?
– Entiende como prefieras -se defendió Bálder, cada vez más atónito.
– Si es que no tienes malos pensamientos yo no tengo nada que añadir. Si es lo otro, no te preocupes, no me gusta E
Bálder recabó la condescendencia de Camila:
– No creo que sea yo el más indicado para recibir esas confesiones. Acabo de llegar. No puedo comprenderlas como es debido.
– Las comprenderás -prometió Camila, y agriando un poco su sonrisa, aclaró-: Pero entonces no te quedará curiosidad, y no podrán divertirte.
– No me estoy divirtiendo. Esto me resulta bastante embarazoso.
Camila adoptó un gesto compasivo.
– Tendrás que volverte un poco más insensible, maestro.
El pasillo se terminó y la mujer lo llevó por otra escalera que inexorablemente desembocó en un nuevo pasillo. Bálder no supo el número que hacía. Con humildad, consultó:
– ¿Está muy lejos mi alojamiento? Dudo que sea capaz de llegar solo desde aquí a la calle.
– Serás capaz. Hay una manera más sencilla de venir de la calle hasta aquí, pero no hay otro modo de venir desde el palacio. Es una precaución que beneficia a los canónigos y a todos los que no lo son.
Al fin, Camila se detuvo y le señaló una puerta.
– Fin de tus tribulaciones.
– ¿Mi alojamiento?
– Aquí se llaman celdas.
– No hay llave.
– Para que no cueste entrar.
– No me digas que debo temer por mis pertenencias.
– Quién sabe. No he visto lo que llevas en ese bulto. Camila le hablaba y observaba con dureza, y al mismo tiempo sin perder una maléfica ironía.
– E
– Te traerán algo de comer por la mañana y algo por la noche. Si dejas la bandeja fuera cuando acabes, la retirarán. Si no, puedes coleccionarlas. Como posada esto requiere una cierta cooperación del huésped.
– Cambiarán las sábanas, al menos.
– Si dejas las sucias fuera te darán unas limpias para que tú las cambies.
– Creo que con eso cerramos los aspectos prácticos.
– Eres hombre de pocas necesidades.
– Gracias, Camila. Nos veremos por ahí, supongo.
– Es posible. La salida corta a la calle es bajando la escalera que hay al final de este pasillo. Espero que congenies con los vecinos. Adiós.
La vio irse, por el camino largo, balanceando pasmosamente las caderas.
Su aposento resultó ser una estancia extensa, bien iluminada y ventilada y bastante acogedora. El mobiliario constaba de una cama grande, un ropero, un aparador, una mesilla, un escritorio de mediano tamaño y tres o cuatro asientos. Las cortinas eran de un color verdoso y estaban separadas, dejando ver al otro lado del cristal el gris débilmente enrojecido que se e