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– No he puesto en duda su capacidad -observó E

– Tampoco quiero sugerirlo. No sé qué más le puedo contar.

– No parece un hombre con demasiadas facetas, si me permite decirlo, Bálder.

– Es posible. Quiero hacer el trabajo y creo que puedo hacerlo mejor que otros. Le ruego que no me considere un impertinente, pero no se me ocurre qué más podría interesarle de mí.

E

– Quizá necesitemos más. Aunque pueda parecerle lo contrario, no es lo mismo construir una catedral que construir cualquier otro tipo de edificio -le ilustró, con indulgencia-. Los edificios se erigen normalmente en función de su finalidad, es decir, del uso que se pretende darles. La catedral, esta catedral, tiene como razón fundamental la propia obra. Cuando esté terminada, si por desgracia llega a estarlo, tendrá una utilidad muy reducida. Resultará fría y poco habitable, tendrá un volumen desproporcionado a su superficie, será gravoso conservarla. Lo que importa es lo que ahora representa: el esfuerzo, la procura de recursos, la aportación de material, la acumulación de proyectos sobre el proyecto originario, algunos armónicos, otros que no lo son. Ahora la catedral está viva, y nosotros trabajamos para ella pero ella también trabaja para nosotros. Cuando esté acabada, es decir, muerta, sólo nosotros trabajaremos, y ella habrá dejado de servirnos. No sé si me entiende, Bálder. A usted parecen interesarle los fines, pero la catedral sólo vale lo cerca que está del principio.

Bálder comprendió que había hablado demasiado. Mientras escuchaba el discurso del canónigo, lamentó su manejo inexperto del idioma, al que acaso debiera no haber sabido encubrir su indiferencia por el empeño de levantar el templo. Dedujo que más le convenía permanecer callado, aun a riesgo de otorgar.

– Va a permitirme que le haga una pregunta personal, Bálder -continuó E

Ahora tenía que mentir o decir la verdad. Podía tratar de eludir la respuesta, pero acaso friera aquélla, ante E

– Aproximadamente, sí.

E

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Que creo pero no acierto a adivinar cómo es, ni lo que desea de nosotros, si es que desea algo -improvisó Bálder.

E

– Me cuesta decirle que me conforta, pero creo que se requieren mejores pruebas antes de rechazar a un hombre.

– Me intranquiliza. No era consciente de estar jugándome tanto -rió Bálder, con temeridad.

E

– Yo no puedo decidir eso -puntualizó-. Si llega el caso, me limitaré a proponer lo que estime oportuno. Tengo superiores a los que debo obediencia.

En ese momento Bálder supo que E

– No quiero que malinterprete esta conversación -trató de ordenarse E

– Le agradezco su franqueza. Confio en que podré demostrarle que merezco la oportunidad que me han dado.

– ¿En todos los aspectos? -preguntó el canónigo.

– En todos. No he defraudado a nadie, hasta ahora.

– Es usted orgulloso, Bálder. Pero en la catedral no basta con la destreza en el arte. Hace falta una cierta convicción acerca del arte, y si no la trae tendrá que ganársela.

– Puedo sudar todo lo que haga falta.

– Tal vez no sea cosa de sudar. Tal vez no pueda tenerla nunca.

– Si le parece, ésa será nuestra apuesta.

E

– Me asombra usted. Nadie sale por donde usted ha salido. Estoy acostumbrado a que los recién llegados me mientan tan insensatamente como para aconsejar su despido inmediato, a que me mientan de una manera lo bastante razonable como para prever que podrán contribuir con provecho a la obra y a que me digan la verdad con más rutina que mérito. No acabo de precisar cuál de las tres actuaciones habituales ha desbordado usted, y eso me fuerza a esperar. Presiento que no vamos a aburrirnos con su presencia, aunque no debería desear notoriedad. Ésta es una empresa complicada. Tal vez no convenga que demasiadas miradas confluyan en uno. No me entienda mal, pero una de ellas puede ser la del diablo.

– Sinceramente, creo que se equivoca conmigo -protestó Bálder, inquieto con la dudosa distinción que el otro le auguraba-. Cuando dije que no le defraudaría no prometía tanto.

– Si no tiene inconveniente, sería oportuno que fijáramos ahora algunos detalles prácticos -observó E

Como guste.

E

– Veamos -comenzó-. ¿Conoce su salario?

– No con exactitud. Planteé mis exigencias y nadie me dijo nada, así que me he atrevido a interpretar que pueden ser atendidas por el Arzobispado.

– Seguro que sí. ¿Cuatrocientos por semana son bastantes para satisfacer sus expectativas?

– No me conviene reconocerlo, pero resulta incluso generoso.

– No se preocupe. Me alegra que progresemos deprisa. ¿Qué otras cosas necesita?

– He estado viendo las obras. Por el estado en que están, creo imprescindible que se me habilite un taller para trabajar. No puedo hacerlo en el interior del templo.

– ¿Qué quiere decir? ¿Está sugiriendo acaso que la catedral se encuentra en malas condiciones?

– Para hacer mi trabajo sí -insistió Bálder, perplejo por tener que reiterar algo tan manifiesto.

– Explíquese.

– He podido observar que el coro está construido, e incluso bastante bien acabado. Pero la catedral no tiene techo, sus muros están a medio alzar y la labor de albañilería en una fase crítica. No puedo trabajar allí, salvo que quieran malgastar madera y tiempo.

– Si necesita que cubramos la zona ordenaré que le hagan un entoldado.

– No es sólo eso. La humedad entraría igual, y tampoco me soluciona el problema del polvo, del cemento, ni evita el riesgo de que todo se deteriore mientras terminan la nave.

– Le haré una nave de lona, aislaremos el coro del resto de la obra. Usted supervisará los trabajos para que no quede ningún resquicio por donde pueda estropearse su sillería.

– Con todo respeto, no me parece una buena idea.

– Pues tendrá que atenerse a ella. Hay una cosa que debe anteponer a todos sus reparos. La catedral es una obra única, un conjunto indivisible de esfuerzos y voluntades. Si en ella hace ahora frío o golpea la lluvia, nada deseable puede hacerse sin lluvia y frío. Preferimos que sus tallas pierdan calidad a que se desvinculen del resto de la empresa.

Bálder no estaba en disposición de oponerse, pero se quejó:

– ¿Se da cuenta del precio que puede tener que pagar? Hablo de que todo se eche a perder.

– No se torture por las finanzas del Arzobispado. Tendrá madera y su salario aumentará regularmente.

– ¿Y el tiempo? Habrá que desmantelar lo que se arruine, rehacerlo.

– Lo repetiré en atención a su poca experiencia entre nosotros, Bálder. El tiempo que puede perjudicar a la catedral no empezará mientras la obra dure.

Bálder aceptó que debía reservarse u obviar sus reflexiones. De paso, quería entender lo que E

– Si usted asume los riesgos, no veo qué objeciones me quedan -declaró, mordiendo las palabras.

– Tampoco se lo tome así, Bálder. Acéptelo como un desafío. Estoy seguro de que le gustará trabajar en la catedral. A todos acaba atrapándoles.

Bálder recordó los juramentos del capataz, pero antes de decidir si E