Страница 30 из 35
– ¿Y qué ocurrió con Gjorg? ¿No intentó él hacer algo?
– Claro que sí, hijo. Al principio, al ver a tu madre tan desmejorada, pensó que se trataba de una infección vírica, por los accesos intermitentes de fiebre alta y debilidad. Pero cuando se dio cuenta de lo que realmente ocurría, reaccionó a la desesperada y trató de conseguir unos pasajes para Brindis¡, cuatro en total. Porque Ella le había dicho que no iría a ningún sitio sin los niños. Creo que llegó a conseguirlos. Pero la suerte ya le había dado la espalda. En su camino de vuelta a Tirana fue detenido… Luego se dijo que habían encontrado en su poder importantes documentos conspirativos. Yo no sé qué documentos podían ser ésos, no entiendo de política, pero no creo que el doctor GJorg tuviera nada que ver con todas aquellas cosas que decían. Aunque es verdad que él se había negado en el pasado a poner su firma como médico en algunas autopsias oficiales y eso le había supuesto problemas. Sin embargo, a pesar de sus diferencias con la línea más dura del partido, dudo mucho que el doctor hubiera tomado parte activa en ninguna conspiración.
– ¿Qué pasó después? -Lo que ocurre siempre, mi niño. Pasó que se convirtió en eso que llaman un disidente. Es decir, un apestado, una no persona, alguien que quizá supo lo que no debería haber sabido, que vio cosas que más le valdría no haber visto, que oyó palabras, órdenes, frases que se repiten de lengua en lengua, de país en país, las mismas siempre, desde que el mundo es mundo. Dicen que fue interrogado en los sótanos del Comité Central, pero después lo sacaron de allí. Dios sabe qué espantos habrá conocido. Para entonces, tu madre ya había muerto, aunque probablemente él no llegó a saberlo.
– ¿Cómo ocurrió? ¿Cómo murió Ella? Prometiste contármelo -le recordó Ismaíl.
Ha
– Fue de noche -dijo-, sobre las dos de la madrugada. A Zanum lo habían llamado ese día del Departamento de Estado por un asunto urgente y no se encontraba en casa. Ella se levantó de la cama y recorrió el pasillo descalza, hasta vuestra habitación, como si presintiera la muerte y quisiera veros por última vez. Yo estaba despierta, llevaba un rato dando vueltas en la cama sin poder dormir. Oí un golpe muy fuerte contra el suelo, como de leña partida. Cuando la vi allí tendida, traté de reanimarla palmeándole las mejillas, todavía tenía un soplo de vida, balbuceaba apenas, pero era consciente de que se estaba muriendo porque consiguió arrancarme una promesa.
– ¿Qué promesa? -Una que ninguna persona bien nacida puede negarse a cumplir. Nadie puede contradecir la última voluntad de un moribundo -respondió Ha
Ahora, Ismaíl parecía aliviado y a la vez algo triste, aunque tal vez no era ni una cosa ni la otra, sino solamente conmovido. Al mismo tiempo, en su mente se sucedían a gran velocidad las palabras que había cruzado inesperadamente con un individuo cavernario, que se había presentado ante él como empleado del cementerio de Sharré.
– ¿Has cumplido tu palabra? -quiso saber, pero el tono de la pregunta no era inquisitivo, sino más bien íntimo, como si se tratase de algo estrictamente personal.
– Por supuesto que sí -respondió Ha
Ismaíl se acordó de las palabras casi idénticas que había pronunciado Kosturi: «Hemos construido un país de necrófilos -había dicho el funcionario-, de buscadores de tumbas.»
– ¿Te pidió Ella que me contases esto?
– No. No me lo pidió -respondió Ha
Por la ventana entraba ahora la luz húmeda de después de la lluvia. Ismaíl y Ha
– Las palabras avanzan en círculo, atraviesan una vida entera y luego se vuelven a encontrar, se tocan y cierran algo -dijo Ismaíl.
– Así es como debe ser, hijo. Nada de lo que ocurre se borra jamás del todo -le contestó Ha
El dolor requiere su tiempo para manifestarse. Ismaíl permaneció allí, de pie, notando bajo sus pies la poderosa densidad de la tierra apisonada. Tenía la espalda fría, sin embargo, estaba sudando debajo de la ropa. Pero no era la pena lo que lo mantenía clavado en aquel lugar, sino el miedo.