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VIII
Iba con la cabeza apoyada en la ventanilla. La vibración del motor en los cristales lo ayudaba a no pensar. Los autobuses de línea que cubrían el trayecto Tirana-Fier pertenecían a un modelo de vehículo antiguo y desprendían un fuerte olor reconcentrado a goma y combustible. La carretera tenía frecuentes desniveles a causa de las torrenteras, descendía en una hondonada y luego volvía a ascender. Así, kilómetro tras kilómetro, atravesaron un puente, pasaron por un grupo de colinas pizarrosas de aspecto fantasmal, de cuyas laderas colgaban algunas casas diseminadas que aparecían y desaparecían a la vuelta de cada curva y dejaron atrás una base de instalaciones militares cuyo color se confundía con la vegetación. Viajaban despacio.
No era la primera vez que Ismaíl hacía ese recorrido, aunque habían pasado ya algunos años desde la última vez que había ido a visitar a Ha
Cuando el ómnibus se detuvo a la entrada de la pequeña aldea de Ndroq, junto a un tablón claveteado con horarios y avisos oficiales, Ismaíl tuvo la sensación de haber llegado al final de algo que no era-sólo el camino. Estaba mareado y pálido.
Vio parpadear la bombilla en la esquina de la estafeta de correos. A pesar de que era mediodía, el cielo permanecía cerrado y el viento movía el cable del tendido, haciendo temblar la luz eléctrica como si fuera la llama de una vela. Olía a frío de noviembre y a humo de leña mojada que se elevaba por encima de los tejados hacia las nubes cargadas de humedad. Mientras se dirigía a la casa de su antigua niñera se cruzó con algunas mujeres que regresaban del campo con capazos de esparto llenos de castañas. Caminaban inclinadas contra el viento, abrigadas con tocas negras de lana que les cubrían la cabeza y parte de la cara, figuras onduladas -deslumbradas como a través del cristal anieblado del tiempo. Exactamente igual que hacía cien años, pensó Ismaíl al observar que ninguna respondía a su saludo, el mismo recelo hacia los forasteros.
Atravesó una placita de tierra y luego se encaminó por un callejón hacía una de las casas con el portón pintado de verde. Golpeó dos veces la aldaba en forma de argolla y esperó conteniendo la respiración. Ha
– Mi niño -dijo cuando se repuso de la sorpresa, en voz baja, extendiendo la mano para tocarle la cara y reconocer con el tacto el rostro infantil que se ocultaba bajo el áspero mentón de hombre. Movió la cabeza hacia los lados, corno si no acabara de creerse que él estuviera allí, y después lo abrazó muy fuerte contra su pecho. Ismaíl no supo calcular su edad. Tenía el cabello completamente blanco. Lo llevaba recogido en un moño y su rostro había adquirido un tono oliváceo, pero el cuerpo todavía parecía fuerte y compacto, como si hubiese ido apretando los secretos de la vida y los escondiese dentro de los huesos. La gente en el campo envejece de un modo distinto.
También Ha
– ¿Cómo está tu padre? -preguntó mientras le acercaba uno a Ismaíl.
– Igual que siempre. Más viejo.
– ¿Y Viktor? Me he enterado de que se ha casado con una muchacha del Rrafsh. Son muy guapas las montañesas, dicen.
– Ella sí que lo es. Mucho -respondió Ismaíl mientras saboreaba el primer trago demasiado caliente y dejaba de nuevo el cuenco sobre la mesa-. Se llama Helena.
Ha
Pero en seguida se recuperó y volvió a la conversación.
– También tú deberías casarte, hijo. No es bueno para un hombre estar solo. -Tenía las manos temblorosas sobre el regazo y sus palabras le parecieron a Ismaíl más nacidas de la pesadumbre que del hábito anciano de dar consejos-. Los hombres no sabéis estar solos. Tú eres joven y muy apuesto, te pareces tanto a él… -dijo soñadoramente, mientras en sus ojos se dibujaban ahora escenas de otro tiempo, quizá imágenes del jardín de la mansión, cuando el agua que manaba de la fuente de los delfines sonaba como una música transparente y los caminos entre los árboles estaban salpicados de guijarros blancos y ella iba andando por esos senderos con su delantal almidonado, con dos niños de la mano. Ha
Ismaíl no pudo esconder la expresión de desconcierto.
– Nadie me había dicho nunca que me pareciese a mi padre -objetó.
– Es que no te estoy hablando de Zanum, hijo -puntualizó Ha
Ahora sí que Ismaíl miró a su antigua niñera extrañado, y también con cierta preocupación, es decir, la miró compasivamente, como se mira a las personas a las que se ha querido mucho y a las que a veces la vejez somete a confusiones y extravíos involuntarios. Observó las arrugas verticales que nacían de su boca, la lentitud de sus gestos, una especie de encorvamiento que le iba ladeando la cabeza sobre el lado derecho, y pensó que quizá en la mente de Ha
– Yo había abierto el balcón del primer piso para airear la biblioteca -continuó Ha
Debió de pasarlo mal allí. Dicen que en aquellas aldeas la gente vive mezclada con los animales salvajes, cabras montesas y chacales. Yo no creo que hubiera ido allí por gusto.
Fue entonces cuando Ismaíl se dio cuenta de que Ha
– ¿Quieres decir que fue deportado? -preguntó.
– No. Bueno, yo no sé… Se han visto tantas cosas. Pero no, no creo. En aquella época aún no habían empezado los desplazamientos. Me refiero a otra cosa más personal, quizá necesitaba demostrar algo. La soledad es muy mala… Pero no me hagas caso, hijo. Además, qué importa todo eso ahora. Son cosas pasadas hace mucho tiempo que sólo recuerdan los viejos como yo -dijo tratando de levantarse de la silla con dificultad.
– Espera, Ha
– Yo no sé nada, mi niño -dijo la anciana con voz trémula-. ¿Qué podría decirte? Desde que ocurrió aquello he intentado olvidar. Siempre que pienso en Ella me gusta recordarla como era al principio, tan llena de vida… Entonces no se imaginaba nada de lo que podía ocurrir. -La mirada de Ha
Ha
– ¿Qué quieres decir? -balbuceó Ismaíl cuando no pudo aguantar más aquella pausa que lo mantenía en vilo.
– Ya estaba muerta -continuó Ha