Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 6 из 73

Los participantes eran siempre los mismos, poco más o menos. por lo general, Alain Lacroux era quien llevaba las riendas de la conversación. Alto, delgado, vertical, exuberante cincuentón, puntuaba cada final de frase cabeceando repetidamente o agitando el tenedor. Hasta la inflexión de su acento meridional participaba de ese arte del acabado, de la poda. Todo en él cantaba, ondulaba, sonreía… Nada hacía sospechar que tuviera un cargo de tanta responsabilidad: la subdirección de Asuntos Criminales de París.

Pierre Caracilli era todo lo contrario. Bajo, rechoncho, sombrío, murmuraba sin descanso con una voz lenta de virtudes casi mágicas. Aquella era la voz que adormecía la desconfianza y arrancaba confesiones a los criminales más encallecidos. Caracilli era corso. Ocupaba un puesto importante en la Dirección de Vigilancia del Territorio (DST).

Jean-François Gaudemer no era ni vertical ni horizontal; era una roca compacta, maciza, testaruda. A la sombra de una frente alta y despoblada, la animada negrura de sus ojos parecía incubar una tempestad. Cuando hablaba, A

Pero el preferido de A

Para entenderlo, hacía falta un diccionario de argot salaz. Decía «un hueso en el calzoncillo» en lugar de erección, describía sus crespos cabellos como «pelos de los cojones» y resumía sus vacaciones en Bangkok con la frase: «Ir a Tailandia con la mujer es como llevarse la cerveza a Munich».

A

Laurent le había contado que Charlier había abatido a sangre fría al menos a cinco hombres a lo largo de su carrera. Su campo de acción era el terrorismo. DST, DGSE, DNAT… Fueran cuales fuesen las siglas bajo las que había luchado, siempre había hecho la misma guerra. Veinticinco años de operaciones clandestinas, de golpes de mano. Cuando A

Esa noche, la cena se celebraba precisamente en su casa, en la avenue de Breteuil. Un piso haussma

Eran las once. Los invitados estaban repantigados con la indolencia propia de la sobremesa, aureolados por el humo de sus cigarros. En aquel mes de marzo de 2002, a unas semanas de las elecciones presidenciales, cada cual lanzaba sus previsiones e hipótesis y trataba de imaginar los cambios que se producirían en el Ministerio del Interior según el candidato que saliera elegido. Todos parecían preparados para una gran batalla, sin estar seguros de participar en ella. Philippe Charlier, sentado junto a A

– Son un coñazo con sus historias de maderos. ¿Sabes la del suizo?

A

– Me la contaste el sábado pasado.

– ¿Y la de la esquiadora?

– No.

Charlier clavó los dos codos en la mesa.

– Es una esquiadora que se prepara para bajar por una pista. Gafas caladas, rodillas flexionadas, bastones levantados… Otro esquiador llega a su altura y se para. «Qué empinada… ¿Bajas?», le pregunta. La mujer le responde: «No puedo. Tengo los labios cortados».

A

A

Un estremecimiento la sacudió de los pies a la cabeza. A

– ¿Te pasa algo? -le preguntó Charlier, inquieto.

– Tengo… tengo calor. Voy a refrescarme.

– ¿Quieres que te acompañe?

A

– No te preocupes. Sabré encontrarlo.

Avanzó pegada a la pared, se agarró a la repisa de la chimenea, chocó con un carrito de servicio y provocó una ola de tintineos… Se detuvo en la puerta y echó un vistazo a sus espaldas: el mar de máscaras seguía agitándose. Un carnaval de gritos, de arrugas en fusión, de carnes temblorosas que saltaban para perseguirla. Ahogó un grito y cruzó el umbral.

El vestíbulo estaba a oscuras. En el perchero, los abrigos dibujaban formas inquietantes, y puertas entreabiertas revelaban simas de oscuridad. A

De pronto, en el espejo, un hombre aparece tras ella.

No lo conoce; no estaba en la cena. Se vuelve para hacerle frente. ¿Quién es? ¿Por dónde ha entrado? Su expresión es amenazadora; algo retorcido, deforme, planea sobre su rostro. Sus manos brillan en la oscuridad como dos armas blancas…

A

– ¿Quieres que nos vayamos?

A

– Por amor de Dios, ¿qué te pasa? le preguntó su marido.

– Mi abrigo. Dame el abrigo -le ordenó ella liberándose de sus brazos.

El malestar no desaparecía. A

Laurent le tendió la trenca. Temblaba. Sin duda, temía por ella, pero también por sí mismo. Temía que sus compañeros se dieran cuenta de su situación: uno de los más altos cargos del Ministerio del Interior estaba casado con una chiflada.

A

En el salón, se reían a carcajadas.

– Voy a despedirme por los dos.

A

Laurent volvió a su lado.

– Vámonos -murmuró ella-. Quiero volver a casa. Quiero dormir.

6

Pero el mal la perseguía en sueños.

Desde la aparición de las crisis, A

La escena era siempre la misma: unos campesinos de aspecto famélico esperaban en el andén de una estación; llegaba un tren de mercancías envuelto en nubes de vapor. Se abría un vagón, y un hombre con gorra se inclinaba para coger la bandera que alguien le tendía; el estandarte ostentaba un extraño dibujo: cuatro lunas formando una estrella cardinal.

A continuación, el hombre se erguía y enarcaba unas cejas muy negras. Arengaba a la muchedumbre mientras agitaba la bandera, pero sus palabras no se entendían. Una especie de tela sonora, un murmullo atroz hecho de gemidos y llantos infantiles, ahogaba sus palabras.

En ese momento, sus susurros se unían al desgarrador coro. A

A modo de respuesta, el viento barría el andén de la estación. Las cuatro lunas de la bandera empezaban a brillar como si fueran fosforescentes. La escena derivaba hacia la pesadilla. El abrigo del hombre se entreabría y mostraba una caja torácica monda, abierta, vacía; a continuación, una ráfaga de viento le deshacía el rostro. Empezando por las orejas, la carne se desmigajaba como la ceniza y dejaba al descubierto músculos negros y abultados…

A

Abrió los ojos en la oscuridad, pero no reconoció nada. Ni la habitación. Ni la cama. Ni el cuerpo que dormía junto a ella. Tardó varios segundos en familiarizarse con aquellas extrañas formas. Apoyó la espalda en la pared y se secó la cara, empapada en sudor.

¿Por qué se repetía aquel sueño? ¿Qué relación tenía con su enfermedad? A

– ¿Laurent? -susurró en la oscuridad. Su marido, que le daba la espalda, no se movió. A

– Ahora ya no.

– ¿Puedo… puedo hacerte una pregunta?

Laurent se incorporó y se recostó en la almohada.

– Te escucho.

A

– ¿Por qué…? -empezó a decir, titubeante-. ¿Por qué no tenemos hijos?

Durante un segundo, nada se movió. Luego, Laurent apartó las sábanas, se sentó en el borde de la cama y volvió a darle la espalda. De pronto, el silencio parecía cargado de tensión, de hostilidad.