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– ¡Qué infierno de día! No paran…

Clothilde cogió una caja y se dirigió hacia la trastienda de la parte posterior. A

Entraron en la despensa, un cuarto sin ventanas de diez metros cuadrados. Las cajas y las pilas de papel de pruebas ocupaban ya la mayor parte del espacio.

Clothilde dejó la caja, adelantó el labio inferior y sopló para apartarse los mechones de los ojos.

– Ni siquiera te he preguntado… ¿Cómo ha ido?

– Me he pasado la mañana haciendo pruebas. El médico dice que tengo una lesión.

– ¿Una lesión?

– Una zona muerta en el cerebro. La región donde reconocemos las caras.

– Qué cosas… ¿Y eso se cura?

A

– Sí, voy a seguir un tratamiento. Ejercicios de memoria, medicamentos para trasladar esa función a otra parte del cerebro… A una parte sana.

– ¡Genial!

Clothilde sonreía alborozada, como si A

El timbre de la puerta acudió en su ayuda.

– Ya voy yo -dijo dando media vuelta-. Ponte cómoda, enseguida vuelvo.

A

A

Mientras distribuía los bombones, las palabras de Ackerma

Además, no se creía su diagnóstico.

No podía creérselo.

Por la sencilla razón de que no le había explicado la tercera parte de un cuarto de la verdad.

Desde el mes de febrero, las crisis eran mucho más frecuentes de lo que le había confesado. Ahora los lapsus la sorprendían a todas horas, en cualquier situación. Durante una cena en casa de unos amigos; en la peluquería; mientras compraba en una tienda. De pronto, en medio de su entorno más habitual, A

La naturaleza misma de las alteraciones también había evolucionado.

Ya no se trataba solamente de agujeros en la memoria, de lapsos opacos, sino también de alucinaciones terroríficas. Los rostros se difuminaban, temblaban, se deformaban ante sus ojos. Las expresiones y las miradas empezaban a oscilar, a flotar, como en el fondo del agua.

En ocasiones, habría podido creer en figuras de cera ardiente que se derretían y se deformaban en muecas demoníacas. Otras veces, los rasgos vibraban y se agitaban hasta superponerse en varias expresiones simultáneas. Un grito. Una risa. Un beso. Todo eso aglutinado en una misma fisonomía. Una pesadilla.

En la calle, A

En lo tocante a Laurent, A

Su impresión más profunda era que las facciones de Laurent habían cambiado, que habían sufrido una operación de cirugía estética.

Absurdo.

El delirio tenía un contrapunto aún más absurdo. Si por una parte su marido le parecía un extraño, por otra había un cliente de la tienda que despertaba en ella una lancinante reminiscencia familiar. Estaba segura de haberlo visto en alguna parte con anterioridad… No habría sabido decir dónde ni cuándo, pero en presencia de aquel hombre su memoria se iluminaba; experimentaba una auténtica descarga electrostática. Pero la chispa nunca hacía surgir un recuerdo concreto.

El cliente en cuestión se presentaba una o dos veces por semana y siempre compraba lo mismo: bombones Jikola. Piezas cuadradas de chocolate relleno de mazapán, similares a las pastas orientales. Por otra parte, hablaba con un ligero acento, tal vez árabe. Tendría unos cuarenta años y siempre vestía lo mismo, vaqueros y chaqueta de terciopelo ajado abotonada hasta el cuello, al estilo del eterno estudiante. Clothilde y ella lo llamaban «don Terciopelo».

Esperaban su visita todos los días. Era su suspense cotidiano, el enigma que aligeraba el paso de las horas en la tienda. A veces se ponían a hacer cábalas. Cuando no era un amigo de la infancia de A

Ahora A

La puerta de la trastienda se abrió y A

– Ha venido.

Don Terciopelo ya estaba ante los Jikola.

– Buenos días -se apresuró a decir A

– Doscientos gramos, como de costumbre.

A

Al fin, se arriesgó a escrutar su rostro.

Era una cara basta y cuadrada, enmarcada de cabellos castaños y crespos, una fisonomía de campesino más que de estudiante. Tenía las cejas fruncidas en una expresión de contrariedad o cólera contenida.

Sin embargo, como A

A

– Once euros, por favor.

El hombre pagó, cogió sus bombones y dio media vuelta. Un segundo después estaba en la calle.

A

Se quedaron plantadas en el umbral, como dos saltamontes a la luz del sol.

– ¿Entonces? -preguntó Clothilde al fin-. ¿Quién es? ¿Sigues sin saberlo?

El automóvil desapareció entre el tráfico.

– ¿Tienes un cigarrillo? -preguntó A

Clothilde se sacó un arrugado paquete de Marlboro Light de un bolsillo del pantalón. A

– En tu historia hay algo que no encaja -dijo Clothilde en tono escéptico.

A

– ¿El qué?

– Pongamos que hayas conocido a ese hombre y que haya cambiado. ¿De acuerdo?

– ¿Y?

Clothilde frunció los labios y produjo el mismo ruido que una botella al abrirse.

– ¿Por qué no te reconoce él?

A

Sus palabras se fundieron con el azulado humo del cigarrillo:

– Loca. Me estoy volviendo loca.

5

Una vez por semana, Laurent se reunía con sus «camaradas» para cenar. Era un ritual infalible, una especie de ceremonial. Aquellos hombres no eran amigos de la infancia ni miembros de un círculo privado. No compartían ninguna pasión. Simplemente, pertenecían al mismo cuerpo: la policía. Se habían conocido en diversos peldaños de la escala y ahora estaban, cada uno en su terreno, en la cima de la pirámide.

A

Sin embargo, hacía tres semanas, Laurent le había propuesto asistir a la próxima cena. En un primer momento, A

No lamentó su decisión. Durante la velada, descubrió a hombres duros pero apasionantes que hablaban entre sí sin tabúes ni reservas. Única mujer del grupo, se había sentido como una reina, ante la que los policías rivalizaban contando anécdotas, hechos de armas, revelaciones…

Desde entonces participaba en todas las cenas e iba conociéndolos cada vez mejor. Fijándose en sus tics, en sus virtudes y también en sus obsesiones. Aquellas cenas ofrecían una auténtica radiografía del mundo de la policía. Un mundo en blanco y negro, un universo de violencia y certezas, tan caricaturesco como fascinante.