Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 42 из 73

– ¿Por qué querías hacerme una biopsia?

– Para quedarme tranquilo. Cabía la posibilidad de que las dosis masivas de Oxígeno-15 hubieran causado una lesión. ¡Necesitaba comprender lo que había ocurrido!

Ackerma

Mathilde Wilcrau pasó a la pregunta crucial:

– Los hombres de Charlier, ¿dónde buscan? ¿Cuántos son?

– No lo sé. Estoy fuera de juego. Para Charlier, el programa está cerrado. No tiene más que una prioridad: encontrar a A

– Así que soy la pieza que hay que abatir… -murmuró A

– La paciente que hay que tratar, más bien. No sabes lo que tienes en la cabeza. Debes entregarte, ponerte en manos de Charlier. En nuestras manos. Es la única manera de que te cures… ¡Y de que todos nos salvemos! -Las miró por encima de las gafas. Las veía borrosas. Mejor así-. ¡Dios santo, no conocéis a Charlier! insistió-. Estoy seguro de que ha actuado con total ilegalidad. Y ahora está haciendo limpieza. A estas horas, ni siquiera sé si Laurent seguirá vivo. La cosa está jodida, a menos que aún podamos tratarte…

La voz se ahogó en su garganta. ¿Para qué continuar? Él tampoco creía en esa posibilidad.

– Todo eso no explica por qué le cambió el rostro -dijo Mathilde con su flema habitual.

Ackerma

– Nosotros no te cambiamos el rostro.

– ¿Cómo?

El neurólogo volvió a mirarlas a través de los cristales de las gafas. La estupefacción había petrificado sus facciones. Clavó los ojos en las pupilas de A

– Cuando te encontramos, ya tenías ese aspecto. Al hacerte las primeras tomografías, descubrí las cicatrices, los implantes, los clavos… Era increíble. Una operación de estética completa. Una intervención que debió de costar una fortuna. Desde luego, nada que pueda pagarse una obrera ilegal.

– ¿Qué quieres decir?

– Que no eres una obrera. Charlier y los demás se equivocaron. Creían que habían secuestrado a una turca anónima. Pero eres mucho más que eso. Por disparatado que pueda parecer, creo que ya te escondías en el barrio turco cuando la policía te encontró.

A

– No es posible… No es posible… ¿Cuándo acabará todo esto?

– En cierto sentido -siguió diciendo Ackerma

Mathilde se detuvo sobre aquel último punto:

– ¿Qué dijo cuándo le explicaste que A

– No se lo dije. Era algo delirante; se lo oculté a todo el mundo. -Ackerma

– ¿Por qué lo hacías? -preguntó la joven secándose las lágrimas.

– Quería completar el experimento. Era una ocasión demasiado buena… Tu estado físico era ideal para intentarlo. Solo importaba el programa…

A

Cuando la pequeña Cleopatra recobró el habla, su voz era tan seca como una hoja de incienso.

– Si no soy A

– No tengo ni la menor idea. Una intelectual, una refugiada política… O una terrorista. Yo…

Los fluorescentes se apagaron por enésima vez. Mathilde no se movió. La oscuridad parecía espesa como el alquitrán. Me he equivocado, pensó por un breve instante. Van a matarme. Pero la voz de A

– Solo hay un medio de saberlo. -Nadie encendía la luz. Eric Ackerma