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– Yo.

La voz de A

Recostada en la columna, A

Mientras hablaba, el neurólogo no había dejado de observar a las dos mujeres. La menuda, pálida y morena, parecía investida de una rigidez muy antigua, casi mineral. La alta, en cambio, era vegetal, de una frescura vibrante e intacta. La misma boca demasiado roja, los mismos cabellos demasiado negros… Un choque de colores crudos, como en un puesto de mercado.

¿Cómo podía pensar en esas cosas en esos momentos? Los hombres de Charlier debían de estar peinando el barrio, ayudados por los policías del distrito, todos en su busca. Batallones de maderos armados que querían su pellejo. Y la necesidad de droga, que aumentaba por momentos y se confabulaba con la sed para crisparle hasta la última molécula del cuerpo…

– Yo… -repitió A

– ¿Puedes…? ¿Puedes darme uno? -se atrevió a preguntar Ackerma

A

Mathilde volvió a accionar el interruptor.

– Continúe, Ackerma

El tono seguía siendo amenazante, pero estaba desprovisto de cólera u odio. Ahora sabía que aquellas mujeres no lo matarían. Un asesino no se improvisa. Su confesión era voluntaria, y le quitaba un peso de encima. Esperó a que el sabor del tabaco le llenara la garganta y respondió:

– No lo sé todo. Ni mucho menos. Según lo que me dijeron, te llamas Sema Gokalp. Eres turca, trabajadora clandestina. Procedes de la región de Gaziantep, en el sur de Anatolia. Trabajabas en el Distrito Décimo. Te trajeron al Instituto Henri-Becquerel el 16 de noviembre de 2001, tras una breve estancia en el hospital de Sainte-A

A

– ¿Me secuestraron ustedes?

– Más bien te encontraron. Ignoro cómo ocurrió. Un enfrentamiento entre turcos, una acción de represalia contra un taller de Strasbourg-Saint-Denis. Una oscura historia de extorsión, no sabría precisar. Cuando llegó la policía, ya no quedaba nadie en el taller. Excepto tú. Estabas escondida en un cuartucho. -El neurólogo le dio una calada al Marlboro. A pesar de la nicotina, el olor del miedo persistía-. El asunto llegó a oídos de Charlier. No tardó en comprender que tenía el sujeto ideal para iniciar el proyecto Morfo.

– ¿Por qué ideal?

– Sin papeles, sin familia, sin relaciones… Y, sobre todo, en estado de shock. -Ackerma

– ¡Hijo de puta…! -gritó A

Ackerma

– Además, te expresabas en un francés impecable. Ese fue el detalle que le dio la idea a Charlier.

– ¿Qué idea?

– Al principio, solo pretendíamos implantar fragmentos de recuerdos artificiales en la mente de un sujeto extranjero, de una cultura distinta. Queríamos ver qué ocurría. Por ejemplo, modificar las creencias religiosas de un musulmán. Inocularle un motivo de resentimiento. Pero, contigo, se nos ofrecían otras posibilidades. Hablabas nuestra lengua perfectamente. Tu físico era el de una europea de piel clara. Charlier puso el listón más alto: un condicionamiento total. Borrar tu personalidad y tu cultura e implantarte una identidad de occidental. -Ackerma

– Eso, ¿en qué consistía? -preguntó Mathilde, intrigada.

Ackerma

– Principalmente, en exponerte a informaciones. De todo tipo. Charlas. Imágenes filmadas. Sonidos grabados. En cada sesión, te inyectaba el isótopo radiactivo. Los resultados eran increíbles. Cada dato se transformaba en tu cerebro en un recuerdo real. Cada día te convertías en la verdadera A

La joven se despegó de la columna.

– ¿Quieres decir que ella existe realmente?

En su interior, el olor, cada vez más fuerte, viraba hacia la podredumbre. Sí, se estaba pudriendo allí mismo. Entretanto, la falta de anfetaminas hacía surgir lentamente el pánico en el fondo de su cráneo.

– Había que rellenar tu memoria con un conjunto coherente de recuerdos. El mejor medio era elegir una personalidad existente, utilizar su pasado, sus fotos, sus vídeos… Por eso elegimos a A

– ¿Quién es? ¿Dónde está la auténtica A

Ackerma

– A varios metros bajo tierra. Está muerta. La mujer de Heymes se suicidó hace seis meses. La plaza estaba vacante, por así decirlo. Todos tus recuerdos pertenecen a su pasado. La muerte de tus padres. Los familiares del suroeste. La boda en Saint-Paul-de-Vence. La licenciatura en Derecho…

En ese momento, volvieron a apagarse los fluorescentes. Mathilde pulsó el interruptor. El retorno de la luz coincidió con el de su voz:

– ¿Iban a soltar a una mujer así en el barrio turco?

– No. No hubiera tenido ningún sentido. Era un simple experimento. Una tentativa de condicionamiento… total. Para ver hasta dónde podíamos llegar.

– Al final -dijo A

– Ni idea. La decisión no estaba en mis manos.

Otra mentira. Por supuesto que sabía la suerte que correría. ¿Qué hacer con una cobaya tan comprometedora? Lobotomizarla o eliminarla. Cuando A

– ¿Quién es Laurent Heymes?

– Exactamente quien dice ser: el director de Estudios y Sondeos del Ministerio del Interior.

– ¿Por qué se prestó a esta mascarada?

– Debido a su mujer. Era depresiva, incontrolable… En los últimos tiempos, Laurent intentó hacerla trabajar. Una misión particular en el Ministerio de Defensa, relacionada con Siria. A

– ¿Y ese asunto seguía siendo un medio de presión sobre Hemes, incluso después de la muerte de su mujer? -preguntó Mathilde, horrorizada.

– Temía el escándalo. Su carrera se habría ido al traste. Un alto funcionario casado con una espía… Charlier posee un expediente completo sobre el asunto. Tiene cogido a Laurent, como tiene cogido a todo el mundo.

– ¿Todo el mundo?

– Alain Lacroux. Pierre Caracilli. Jean-François Gaudemer -enumeró Ackerma

– ¿Quiénes son?

– Payasos, delincuentes y policías corruptos sobre los que Charlier posee información. No tenían más remedio que prestarse a esas carnavaladas.

– ¿Qué fin tenían esas cenas?

– Fue idea mía. Quería confrontar tu mente con el mundo exterior, observar tus reacciones. Se filmaba todo. Y se grababan las conversaciones. Debes comprender que tu vida entera era falsa: el piso de la avenue Hoche, la portera, los vecinos… Todo estaba bajo nuestro control.

– Una rata de laboratorio…

Ackerma

– Este programa es una revolución científica -repuso con voz ronca-. No debía coartarnos ninguna consideración moral.

A

– ¿Y la Casa del Chocolate?

Al encender el Marlboro, advirtió que temblaba. Se avecinaba una crisis. El mono no tardaría en aullar bajo su piel.

– Ese fue uno de los problemas -murmuró tras una nube de humo-. Lo del trabajo nos cogió desprevenidos. Tuvimos que reforzar la vigilancia. Había policías observándote permanentemente. El aparcacoches de un restaurante, creo…

– La Marea.

– La Marea, eso es.

– Cuando trabajaba en la Casa del Chocolate, había un cliente que venía a menudo. Un hombre al que tenía la sensación de conocer. ¿Era policía?

– Es posible. No conozco todos los detalles. Todo lo que sé es que te nos escapabas de las manos. -La luz volvió a apagarse y Mathilde, a encenderla-. Pero el auténtico problema eran las crisis -siguió diciendo Ackerma

– ¿Por qué las caras?

– Ni idea. Estamos en la pura experimentación. -Las manos le temblaban cada vez más. Procuró concentrarse en lo que decía-. Cuando Laurent te descubrió observándolo en plena noche, comprendimos que el problema era grave. Había que internarte.