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Sin pensarlo más, A

Empezó a cruzar la calle, sintiendo en el rostro la caricia de la lluvia, pero el chirrido de unos frenos la hizo parar en seco. Un coche acababa de detenerse a unos centímetros de ella, rozándole el kimono.

A

– ¡Eh, tía! ¡A ver si miras antes de cruzar!

A

Y la tormenta era ella.

El coche pasó junto a ella a paso de hombre.

– ¡Estás para que te encierren, guapa!

– Piérdete.

El hombre frenó.

– ¿Qué?

A

– ¡Que te largues, he dicho!

El conductor dudó. Un temblor agitó sus labios. Parecía intuir que algo no encajaba, que la situación excedía el simple altercado callejero. Se encogió de hombros y apretó el acelerador.

A

La nave parecía sumida en la oscuridad más absoluta, pero lo que en realidad le oscurecía la visión eran las palpitaciones de sus sienes. Poco a poco empezó a distinguir oros mates, iconos rosáceos, cobrizos respaldos de asiento que parecían otras tantas llamas mortecinas.

Siguió avanzando con sigilo y descubriendo tenues resplandores, que creaban una atmósfera de discreción y recogimiento. Cada objeto disputaba a los demás las escasas gotas de luz destiladas por las vidrieras, los cirios y las lámparas de hierro forjado. Hasta las figuras de los frescos parecían querer escapar de las tinieblas para beber un poco de claridad. Todo el lugar estaba nimbado de una luz plateada, un claroscuro tornasolado en el que el día y la noche libraban una guerra sorda.

A

– ¿Se encuentra bien?

A

– ¿Está usted bien? -repitió el sacerdote con voz de barítono.

A

– ¿Tienen ustedes cripta? -preguntó a modo de respuesta.

– ¿Cómo dice?

– Una cripta -repitió A

Esta vez, el religioso parecía haber comprendido. Adoptó una expresión acorde con las circunstancias y ocultó las manos en las mangas del hábito.

– ¿A quién entierras, hija mía?

– A mí.

22

Cuando entró el, el servicio de urgencias del hospital de Saint-Antoine, comprendió que la esperaba una nueva prueba. Una prueba de fuerza frente a la enfermedad y la locura.

El resplandor de los fluorescentes de la sala de espera se reflejaba en el alicatado blanco de las paredes y anulaba la claridad procedente del exterior. Podrían haber sido las ocho de la mañana tanto como las once de la noche. El calor no hacía más que acentuar la sensación de encierro. Una fuerza inerte, opresiva, se abatía sobre los cuerpos como una masa plúmbea saturada de olores a antiséptico. Allí dentro se tenía la sensación de estar en una zona de tránsito situada entre la vida y la muerte, ajena a la sucesión de las horas y los días.

En los asientos sujetos a la pared se alineaba un alucinante muestrario de la humanidad enferma. Un hombre con el cráneo rapado ocultaba el rostro entre las manos y no paraba de rascarse los antebrazos, de los que caía un polvo amarillento; su vecino, un mendigo en silla de ruedas, insultaba a las enfermeras con voz ronca y suplicaba que le metieran las tripas en su sitio; un poco más allá, una vieja que permanecía de pie, murmurando frases ininteligibles, no paraba de quitarse la bata de papel y enseñar un cuerpo gris de pliegues elefantiásicos, ceñido con pañales de bebé. Únicamente había un personaje que parecía normal. Estaba sentado cerca de una ventana y solo ofrecía el perfil; pero, cuando se volvió, A

Aquella corte de los milagros no la asustaba; ni siquiera la impresionaba. Por el contrarío, aquel búnker parecía el lugar ideal para pasar inadvertida.

Cuatro horas antes, había arrastrado al pope al fondo de la cripta de la iglesia ortodoxa. Le había explicado que era de origen ruso y devota practicante; que padecía una enfermedad grave y quería que la inhumaran en aquel lugar sagrado. El sacerdote se había mostrado escéptico, pero la había escuchado durante más de media hora, dándole así involuntario amparo mientras los hombres de los brazaletes rojos peinaban el barrio.

Cuando volvió a salir a la luz del día, el camino estaba despejado. La sangre de la herida había coagulado. Podía recorrer las calles, con el brazo oculto en el kimono, sin llamar demasiado la atención. Mientras avanzaba al trote, bendecía a Kenzo y las fantasías de la moda, que permitían llevar un bata de estar por casa y dar la impresión de ir a la última.

Durante más de dos horas había vagado de esa guisa, bajo la lluvia, sin dirección, entre la multitud de los Campos Elíseos, esforzándose en no pensar, en no asomarse a los abismos que cercaban su mente. Estaba libre. Estaba viva.

No era poco.

A mediodía había cogido el metro en la place de la Concorde. La línea uno en dirección Château de Vince

Llevaba veinte minutos en la sala de espera, cuando vio aparecer a un médico. El hombre dejó un sobre de radiografías sobre un mostrador desierto y se inclinó sobre él para abrir un cajón.

A

– Necesito que me vea ahora mismo.

– Espere su turno -le contestó el facultativo sin dignarse volver la cabeza-. Ya la llamará la enfermera.

– Se lo ruego -insistió A

El médico se volvió con expresión cansada, pero cambió de actitud apenas la vio.

– ¿Ha pasado por admisión?

– No.

– ¿No ha enseñado la tarjeta sanitaria?

– No tengo.

El médico la miró de los pies a la cabeza. Era un joven alto y muy moreno, enfundado en una bata blanca y calzado con zuecos con suela de corcho. Con la piel bronceada y la camisa abierta sobre un torso velludo y una cadena de oro, parecía un ligón de comedia italiana. La contemplaba sin rebozo con una sonrisa de castigador en las comisuras de los labios.

– ¿Es por el brazo? -le preguntó señalando el kimono desgarrado y la sangre coagulada.

– No. Me… me duele la cara. Tengo que hacerme una radiografía.

El médico frunció el ceño y se rascó el vello del pecho, la dura crin del semental.

– ¿Se ha caído?

– No. Debe de ser una neuralgia facial. No lo sé.

– O una simple sinusitis. -El joven le guiñó un ojo-. Ahora mismo tenemos un montón. -Lanzó una mirada a la sala y sus ocupantes: el yonqui, el borracho, la abuela… La tropa de costumbre. Suspiró. Parecía más que dispuesto a concederse una pequeña tregua en compañía de A

Una hora más tarde, A

El tiempo había cambiado. Las flechas del sol atravesaban la llovizna y la transformaban en una bruma de una claridad plateada e irreal. A

A

– Debería haberme contado lo de su accidente.

A

– ¿Mi accidente?

– ¿Qué fue? Un accidente de coche, ¿verdad? -A

A

La imagen mostraba un cráneo fisurado, soldado, remendado en todas direcciones. Unas líneas negras señalaban la presencia de injertos a la altura de la frente y los pómulos; las fracturas en torno al orificio nasal evidenciaban una reconstrucción completa de la nariz; unos tornillos sujetaban sendas prótesis en las articulaciones de los maxilares y los temporales.

A

La radiografía se agitaba en su mano como una llama azul.