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A
– ¡A
Las voces de Laurent parecían venir de otro mundo. Temblando como una hoja, A
Retrocedió y, agarrada al lavabo con las dos manos, trató de dominar los temblores. Al momento, alzó la barbilla en busca de otro indicio, la minúscula señal que revelaría una operación de liposucción. La vio al instante.
En su interior se abrió un abismo, y A
Bajó la cabeza, se apartó el pelo y buscó la última marca: la sutura en forma de ese, indicativa de una extracción de tejido óseo. La serpiente rosa la esperaba agazapada en el cuello cabelludo, como un reptil íntimo, inmundo.
Mientras la verdad estallaba en su mente, A
La única persona que había cambiado de rostro era ella.
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– ¿A
La voz de Laurent resonaba en el cuarto de baño, flotaba entre los restos de vapor y salía al húmedo aire del exterior por el tragaluz, abierto de par en par. Sus insistentes llamadas repercutían en los muros del patio interior y perseguían a A
– ¡A
Con la espalda pegada a la pared, A
Procuraba no mirar al fondo del patio, a veinte metros bajo sus pies, y mantenía la vista al frente, concentrada en la pared del edificio opuesto.
– ¡ÁBREME!
A
Un segundo después, A
– ¡ANNA! ¡VUELVE AQUÍ!
A través de las columnas de la balaustrada vio a su marido buscándola con la mirada. Se levantó, cruzó la terraza a la carrera, salvó el otro extremo de la balaustrada y se pegó al muro, dispuesta a seguir avanzando por la cornisa.
A partir de ese momento, todo fue una locura.
Entre las manos de Laurent, apareció una emisora VHF.
– ¡Llamada a todas las unidades! -gritó cola la voz teñida de pánico-. ¡Ha huido! ¡Repito: va a arrojarse al vacío!
Unos segundos después, dos hombres aparecieron en el patio. Vestían de paisano, pero llevaban los brazaletes rojos de la policía. Le apuntaron con sendos fusiles de asalto.
Casi de inmediato, en el tercer piso del edificio de enfrente, se abrió una puerta vidriera y apareció un hombre con los brazos extendidos hacia delante y una pistola empuñada con ambas manos. Miró en todas direcciones hasta descubrirla: un blanco perfecto en su línea de tiro.
A
A
Siguió avanzando con los ojos cerrados y los brazos extendidos. Volvió a oír gritar a su marido:
– ¡No disparéis, por Dios! ¡La necesitamos viva!
A
Y justo en medio de aquel ejército, ella. Una figura de tiza vestida de negro en la postura de Cristo.
A
A
El armazón cedió a la presión. El grito de Laurent la acompañó en su caída:
– ¡No disparéis!
Hubo un suspenso de eternidad, tras el que A
Luego, se hizo la nada.
Primero, fue el sabor del polvo. Después, el de la sangre. Empezaba a volver en sí. Estaba ovillada al pie de unas escaleras. Al alzar la vista vio un cielo raso gris y un globo de luz amarilla. Estaba justo donde esperaba: en la escalera de servicio.
Se agarró a la barandilla y se puso en pie. Al parecer, no se había roto nada. Solo tenía un corte en el brazo derecho: un trozo de cristal le había arañado el tejido y se había hundido en la carne cerca del hombro. También se había herido en una encía; tenía la boca llena de sangre, pero los dientes parecían seguir en su sitio.
A
Las ideas empezaban a ordenarse en su mente. Había bajado un piso rodando por la escalera, de modo que estaba en el rellano del segundo. Sus perseguidores no tardarían en aparecer en la planta baja Subió los escalones de tres en tres, dejó atrás su planta y la cuarta, llegó a la quinta.
De pronto, la voz de Laurent resonó en el hueco de la escalera.
– ¡Daos prisa! ¡Va a pasar al edificio de al lado por las buhardilla!
A
Tomó el pasillo de las buhardillas y dejó atrás puertas, cristaleras cuartos de baño, hasta alcanzar otra escalera. Se lanzó a ella y siguió subiendo pisos; pero, de pronto, como en una iluminación, comprendió la trampa. Sus perseguidores se comunicaban por radio. La estarían esperando al pie de aquel edificio, mientras otros le cerraban la huida.
En ese momento, oyó el ruido de un aspirador, a su izquierda. Ya no sabía en qué piso estaba, pero eso carecía de importancia: aquella puerta daba a una vivienda, que a su vez estaría comunicada con otra escalera.
A
No oía nada. Ni los golpes de sus puños ni los latidos de su corazón.
Volvió a llamar. Oía ruidos de carreras sobre su cabeza, acercándose a gran velocidad. También le parecía distinguir ruido de pasos abajo, cada vez más cerca. Volvió a abalanzarse sobre la puerta y la aporreó con los puños pidiendo socorro a gritos.
De pronto, se abrió.
Un mujer menuda en bata rosa asomó la cabeza al pasillo.
A
Se volvió y vio una amplia cocina de un blanco inmaculado. Agarrada a su escoba, la empleada de hogar la miraba estupefacta.
– ¡No vuelva a abrir! ¿Lo ha entendido? -le gritó A
Al otro lado, sonaron los primeros golpes.
– ¡Policía! ¡Abran!
A
Dobló la esquina, tropezó con un perro y se dio de bruces con una mujer en albornoz con la cabeza envuelta en una toalla.
– ¿Quien… quién es usted? -chilló la señora de la casa sujetándose la toalla como si fuera un valioso jarrón.
A
Podía conseguirlo, lo sentía.
Bajó directamente al aparcamiento. Le ardía el pecho. Aspiraba aire con ansia. Pero el plan iba tomando forma en su cabeza. La ratonera de los policías se cerraría en la planta baja. Mientras la esperaban, ella saldría por la rampa del garaje, que daba al otro lado de la manzana, a la rue Daru. Habría apostado lo que fuera a que aún no habían pensado en esa salida…
Una vez en el aparcamiento, echó a correr por el hangar de hormigón sin encender la luz, hacia la puerta basculante. Iba a pulsar el mando, cuando vio que empezaba a abrirse. Cuatro hombres armados aparecieron en lo alto de la pendiente. Había subestimado al enemigo. Apenas le dio tiempo a arrojarse al suelo detrás de un coche.
Los vio pasar, sintió la vibración de sus pesados pasos en la carne, y a punto estuvo de echarse a llorar. Los policías empezaron a buscar entre los coches, barriendo el suelo con los haces de las linternas.
Se apretó contra la pared y se dio cuenta de que tenía el brazo pegajoso de sangre. El torniquete se había aflojado. Volvió a apretado tirando de un extremo con los dientes, mientras su mente trabajaba buscando una inspiración.
Los hombres se alejaban lentamente registrando, inspeccionando, peinando cada palmo del aparcamiento. Pero volverían sobre sus pasos y acabarían encontrándola. Levantó la cabeza con precaución y volvió a mirar a su alrededor. A unos metros a su derecha, había una puerta gris. Si no recordaba mal, comunicaba con otro edificio que también daba a la rue Daru.