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Desde lo alto de una cuesta, por entre las escobillas del limpiaparabrisas, O'Co
– Tengo sus cartas, por si no me cree.
– ¿Mis cartas?
– Un paquete grande. No sé para qué escribía tanto; no hay nada que no pueda decirse en dos palabras.
– Aquí adentro hay una bandera -el cónsul señaló la valija temblando-. Cuando esté muerto cúbrame con ella.
– Está bien. Me emocionó con el discurso, le aseguro ¿Dónde está Quomo?
– En el tren, con los monos. ¿En serio estuve bien?
O'Co
– Demoledor. Hace tiempo que nadie puteaba tanto a los ingleses.
– Yo lo único que quería era salir de acá – dijo Bertoldi en un hilo de voz.
– Va a salir hombre, ya se lo dije. En el avión del Emperador.
Dos lagrimones largos corrieron por las mejillas encarbonadas del cónsul. O'Co
– Ya estamos cerca, compañero. Vamos, que el comandante está esperando.
– ¿Entonces me perdona…?
– Quédese con el sombrero si le gusta tanto, hombre -el irlandés levantó el cigarrillo y le dio una pitada-. Déme que le llevo la valija.
– No me quería rendir, ¿sabe?, no les quería dar el gusto.
– ¡Cómo se iba a rendir!
El cónsul se refregó la cara con la manga del impermeable y sacó la botella. Estaba tan tiznado como Al Johnson.
– No se imagina las que pasé por esa valija… -dijo y se puso de pie.
– Ya me va a contar. Venga que le doy las cartas.
O'Co
– ¡Hombre de Falkland traer plata! ¡Festejar, festejar!