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Un ruido en la escalerilla sobresaltó al cónsul. Estaba acurrucado bajo las hojas de tabaco, abrazado a la valija y desde allí podía ver la planchada por donde apareció el teniente Tindema
A Bertoldi le pareció haberlo visto antes, en alguna recepción, pero no alcanzó a distinguir a qué país pertenecía el uniforme que se insinuaba bajo el impermeable entreabierto. El teniente miró a los costados y salió del campo de luz. Hizo unos pasos hacia el lugar donde estaba escondido Bertoldi cuando de repente se detuvo y levantó un pedazo de soga del piso.
En ese instante el cónsul vio llegar al capitán Standford y supuso que iba a asistir a una cita secreta. Sin embargo el teniente Tindema
El primero en recuperarse fue Standford, que había perdido el arma. Levantó el tambor y lo lanzó contra el soviético que trataba de alcanzar el paraguas. Lo que Bertoldi podía ver y escuchar era más confuso que en las películas, pero de inmediato tomó partido por el adversario del británico. Cuando escuchó el ruido que hizo el tambor contra la cabeza de Tindema
El agua arrastró el paquete hasta donde estaba el cónsul. El ruso y el inglés hacían grandes esfuerzos por reanudar el combate, pero la falta de entrenamiento y el vino de la embajada parecían pesarles demasiado. Bertoldi tomó el paquete y la gorra del teniente para arrojarlos hacia otro lado y vio un papel doblado en cuatro y sucio de tinta, que asomaba de un sobre. Con un sobresalto, reconoció su propia escritura, apretada y confusa. Sus dedos se crisparon sobre el papel al tiempo que levantaba la gorra del teniente Tindema