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La calle del consulado estaba silenciosa y vacía. O'Co
Dio la vuelta por el baldío, entre los charcos, y tropezó con los restos de la radio del cónsul, esparcidos entre el pasto. Forzó la ventana y al entrar al dormitorio aspiró un olor a naftalina que lo hizo arrugar la nariz. Prendió una vela que encontró sobre la mesa de luz y se sentó en la cama a descansar un momento. Se secó la cara con la sábana y trató de articular algún sonido, pero su lengua estaba como anestesiada. Al fin, convencido de que el soviético le había envenenado la sangre, O'Co
Se quitó el smoking y los zapatos y se puso la ropa con la que había llegado a Bongwutsi. Tomó unas hojas de papel y escribió las primeras líneas con algunos tropiezos en la ortografía. De pronto notó que en la pared faltaba la foto del hombre de mirada melancólica; también estaba vacío el marco donde había visto la foto de Estela y el irlandés dedujo que Bertoldi había partido a la guerra con todos sus parientes a cuestas. Nunca se le hubiera ocurrido pensar que ese hombre triste, de apariencia timorata, ocultara una firme convicción revolucionaria. Pero desde chico, cuando su madre lo llevaba a las citas y a las reuniones de comando, O'Co
El agente Jean Bouvard estaba verde como un musgo y tan flaco que el pantalón se le había caído sobre los zapatos. Tenía los ojos desorbitados y rojos, y repetía un balbuceo metálico y deshilvanado. A sus pies había un plato con una mezcla de porotos y cáscaras de banana, y más allá la palangana inmunda rodeada de moscas. O'Co
Cuando se acercó a Bouvard le vio una mirada que podía ser de odio o de resignación. Le volcó la mitad del balde sobre la cabeza y le tiró la otra mitad contra las piernas desnudas. El francés lo escupió, y aunque no dio en el blanco, O'Co
– Voy a matarlo -murmuró el francés y de su boca salía un gran globo, como si soplara un chicle-. Le juro que aunque tenga que seguirlo hasta el fin del mundo voy a cortarlo en pedazos.
O'Co
Dejó la linterna sobre un peldaño de la escalera y levantó las manos pidiendo atención. Luego, con la punta de un dedo se tocó primero el pecho y después los labios, y retrocedió unos pasos para situarse en el haz de luz. Bouvard seguía insultándolo, pero en su cara empezaba a pintarse la curiosidad. El irlandés hizo el ademán de sostener un paraguas, se señaló el cuello e imitó el movimiento de una jeringa. Luego dibujó una ventana en el aire y juntó los dedos para describir un semicírculo que la atravesara hacia abajo. Bouvard redobló las maldiciones y amenazas por lo que O'Co
– Ya lo tengo… -dijo en un hilo de voz-: El acorazado Potemkin de Eisenstein…
O'Co
– Sin aliento, de Godard -dijo el francés y se quedó esperando la confirmación.
El irlandés movió la cabeza, resignado, y decidió llevarlo al despacho para explicarle mejor. La soga se había hinchado con la humedad y le costó desatarlo. Mientras subían por la escalera, Bouvard probó con otras películas y exigió que antes de comenzar con la mímica, el irlandés le indicara cuántas palabras tenía el título.
O'Co
– Los negros -dijo el francés y pidió un vaso de agua. O'Co
– Negros comunistas -dedujo Bouvard.
O'Co
Señaló el póster de las Cataratas del Iguazú pegado en la pared y caminó otra vez como Bertoldi.
– ¡Ah, claro, el argentino! -entendió Bouvard y dejó el vaso sobre el escritorio. De sus brazos chorreaba un líquido apestoso, pero se lo veía más animado. O'Co
– El argentino hace una revolución comunista -respondió el francés y reclamó un cigarrillo. O'Co
– ¿Quomo está en Bongwutsi? -se sorprendió Bouvard.
El irlandés asintió y le puso frente a los ojos la tarjeta de invitación al cumpleaños de la reina Isabel. Luego repitió el movimiento de la ametralladora.
– No me diga que atacó a los ingleses…
O'Co
– ¡Increíble…! ¿Y usted…?
El irlandés abrió los brazos, como disculpándose, y fue a hurgar en su bolso. Bouvard podía comprender cómo se sentía un católico del Ulster traicionado y despojado de un millón de dólares. Pensó que si la revolución se había puesto en marcha con el dinero que Quomo le había robado en Zurich, su carrera estaba terminada. Se puso de pie tomándose de un estante de la biblioteca y pidió un par de aspirinas. Le quedaban dos alternativas: recuperar la plata o pedir asilo a los soviéticos y enterrarse para siempre en una granja de Ucrania.
O'Co