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En un primer momento, el cónsul temió que los nativos le arrebataran la plata, pero enseguida comprendió que estaban tan impresionados que no alcanzaban a distinguir entre la película que acababan de ver y la realidad que hallaron al encenderse las luces.

Al ver que lo seguían, pensó que iban a conformarse con acompañarlo por las calles del centro, pero pese a sus advertencias entraron detrás de él por los pasajes más angostos y oscuros. Sin la manija, la maleta le parecía doblemente pesada y difícil de llevar. Tenía que ir a la parada de ómnibus, pero antes debía sacarse de encima a los negros. Varias veces les preguntó qué demonios querían, y como no obtuvo respuesta, se conformó con insultarlos en español hasta que llegaron a la plazoleta del arsenal. Bertoldi aprovechó la luz para sentarse en un banco, junto al mástil, y arreglar la manija destartalada. Los negros formaron un semicírculo y se quedaron mirándolo, mudos, como si esperaran que les hiciera un discurso. El teniente Tindema

Dos papeles de cien, que no habían terminado de despegarse, planearon hasta los pies del teniente Tindema

El cónsul aprovechó la confusión para levantar la valija y deslizarse por la escalerilla de un barco cargado con plantas de tabaco que despedían un olor penetrante y dulzón. Mientras se escondía, escuchó los balazos que los guardias tiraban al aire y recordó, por un instante, su entrada triunfal a la zona de exclusión.

Los nativos se desbandaron y corrieron a refugiarse en la oscuridad. Algunos chicos quedaron en medio de la plazoleta, llorando, y las mujeres volvieron a buscarlos. El teniente Tindema

Los guardias lanzaron otra salva de advertencia y los negros que se habían escondido detrás de los árboles se dispersaron por el puerto. El cónsul, oculto entre las hojas de tabaco, contó el tiempo que faltaba para la salida del ómnibus. Calculó que habría perdido tres o cuatro mil dólares para alejar a los negros, pero lo que más le preocupaba era la posibilidad de que se corriera la voz y salieran a buscarlo por toda la ciudad.

Al ver que los guardias de marina volvían a sus puestos, el teniente Tindema

Por la ruta de la costa apareció el Austin de Standford y por la avenida un coche de la policía. Ambos se cruzaron en la plaza y el patrullero fue a detenerse frente a la, guardia del arsenal. El teniente se aplastó contra el césped y vio a dos negros de uniforme que bajaban del auto con grandes linternas. Pensó que sería embarazoso para un oficial del Ejército Rojo tener que explicar por qué estaba chapuceando en el barro a esa hora de la noche. Buscó una vía de escape y se deslizó hacia el muelle, donde se topó con la escalerilla de un barco del que llegaba un dulce aroma a tabaco fresco.