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Por la tarde, y sin permitirse más confidencias que las estrictamente necesarias, es decir las confidencias generales, diríase abstractas, compartieron otro taxi hasta el aeropuerto y mientras esperaban sus respectivos aviones hablaron del amor, de la necesidad del amor. Pelletier fue el primero en marcharse.
Cuando Espinoza se quedó solo, su avión salía media hora más tarde, se puso a pensar en Liz Norton y en las probabilidades reales que tenía de conseguir enamorarla. La imaginó a ella y luego se imaginó a sí mismo, juntos, compartiendo un piso en Madrid, yendo al supermercado, trabajando ambos en el departamento de alemán, imaginó su estudio y el estudio de ella, separados por una pared, y las noches en Madrid a su lado, comiendo con amigos en buenos restaurantes y volviendo a casa, un baño enorme, una cama enorme.
Pero Pelletier se adelantó. Tres días después del encuentro con la editora de Archimboldi, apareció en Londres sin avisar y tras contarle a Liz Norton las últimas novedades la invitó a cenar en un restaurante de Hammersmith, que previamente le había recomendado un colega del departamento de ruso de la universidad, en donde comieron goulash y puré de garbanzos con remolacha y pescado macerado en limón con yogur, una cena con velas y violines, y rusos auténticos e irlandeses disfrazados de rusos, desde todo punto de vista desmesurada y desde el punto de vista gastronómico más bien pobretona y dudosa, que acompañaron con copas de vodka y una botella de vino de Burdeos y que a Pelletier le salió por un ojo de la cara, pero que valió la pena porque después Norton lo invitó a su casa, formalmente para hablar de Archimboldi y de las pocas cosas que sobre éste había revelado la señora Bubis, sin olvidar las despectivas palabras que había escrito el crítico Schleiermacher acerca de su primer libro, y después ambos se pusieron a reír y Pelletier besó a Norton en los labios, con mucho tacto, y la inglesa correspondió a su beso con otro mucho más ardiente, tal vez producto de la cena y del vodka y del Burdeos, pero que a Pelletier le pareció prometedor, y luego se acostaron y follaron durante una hora hasta que la inglesa se quedó dormida.
Aquella noche, mientras Liz Norton dormía, Pelletier recordó una tarde ya lejana en la que Espinoza y él vieron una película de terror en una habitación de un hotel alemán.
La película era japonesa y en una de las primeras escenas aparecían dos adolescentes. Una de ellas contaba una historia.
La historia trataba de un niño que estaba pasando sus vacaciones en Kobe y que quería salir a la calle a jugar con sus amigos, justo a la hora en que daban por la tele su programa favorito.
Así que el niño ponía una cinta de vídeo y lo dejaba listo para grabar el programa y luego salía a la calle. El problema entonces consistía en que el niño era de Tokio y en Tokio su programa se emitía en el canal 34, mientras que en Kobe el canal 34 estaba vacío, es decir era un canal en donde no se veía nada, sólo niebla televisiva.
Y cuando el niño, al volver de la calle, se sentaba delante del televisor y ponía el vídeo, en vez de su programa favorito veía a una mujer con la cara blanca que le decía que iba a morir.
Y nada más.
Y entonces llamaban por teléfono y el niño contestaba y oía la voz de la misma mujer que le preguntaba si acaso creía que aquello era una broma. Una semana después encontraban el cuerpo del niño en el jardín, muerto.
Y todo esto se lo contaba la primera adolescente a la segunda adolescente y a cada palabra que pronunciaba parecía morirse de la risa. La segunda adolescente estaba notablemente asustada.
Pero la primera adolescente, la que contaba la historia, daba la impresión de que de un momento a otro iba a empezar a revolcarse en el suelo de risa.
Y entonces, recordaba Pelletier, Espinoza dijo que la primera adolescente era una psicópata de pacotilla y que la segunda adolescente era una gilipollas, y que aquella película hubiera podido ser buena si la segunda adolescente, en vez de hacer pucheritos y morritos y poner cara de angustia vital, le hubiera dicho a la primera que se callase. Y no de una forma suave y educada, sino más bien del tipo: «Cállate, hija de puta, ¿de qué te ríes?, ¿te pone caliente contar la historia de un niño muerto?, ¿te estás corriendo al contar la historia de un niño muerto, mamona de vergas imaginarias»?
Y cosas de ese tipo. Y Pelletier recordaba que Espinoza había hablado con tanta vehemencia, incluso imitando la voz y el porte que la segunda adolescente debía haber asumido ante la primera, que él creyó que lo más oportuno era apagar la tele e irse al bar con el español a beber una copa antes de retirarse cada uno a su habitación. Y también recordaba que entonces sintió cariño por Espinoza, un cariño que evocaba la adolescencia, las aventuras férreamente compartidas y las tardes de provincia.
Durante aquella semana el teléfono fijo de Liz Norton sonaba tres o cuatro veces cada tarde y el teléfono móvil dos o tres veces cada mañana. Las llamadas eran de Pelletier y Espinoza, y aunque ambos se cuidaban de disfrazarlas con pretextos archimboldianos, éstos se agotaban en menos de un minuto y luego los dos profesores pasaban directamente a tratar de aquello que realmente querían.
Pelletier hablaba de sus compañeros en el departamento de alemán, de un joven profesor y poeta suizo que lo atormentaba para que le fuera concedida una beca, del cielo de París (con evocaciones a Baudelaire, a Verlaine, a Banville), de los coches que al atardecer, con los faros ya encendidos, emprendían el regreso a casa. Espinoza hablaba de su biblioteca que revisaba en la más estricta soledad, de los tambores lejanos que a veces oía y que provenían de un piso de su misma calle en donde, según creía, se alojaba una banda de músicos africanos, de los barrios de Madrid, Lavapiés, Malasaña, los alrededores de la Gran Vía, por donde uno podía pasear a cualquier hora de la noche.
Durante aquellos días tanto Espinoza como Pelletier se olvidaron completamente de Morini. Sólo Norton lo llamaba de vez en cuando para sostener las mismas conversaciones de siempre.
Morini, a su manera, había entrado en un estado de invisibilidad total.
Pelletier rápidamente se acostumbró a viajar a Londres cada vez que le venía en gana, si bien hay que resaltar que, por una cuestión de proximidad y abundancia de medios de transporte, era el que más fácil lo tenía.
Estas visitas duraban sólo una noche. Pelletier llegaba poco después de las nueve, a las diez se encontraba con Norton en la mesa de un restaurante cuya reserva había realizado desde París, a la una de la mañana ya estaban juntos en la cama.
Liz Norton era una amante apasionada, aunque su pasión tenía un tiempo limitado. Poco imaginativa, durante el acto sexual se entregaba a todos los juegos que le sugiriera su amante, sin decidirse o molestarse jamás en ser ella quien llevara la iniciativa.
La duración de estos actos sexuales no solía exceder las tres horas, algo que a veces entristecía a Pelletier, quien estaba dispuesto a follar hasta ver las primeras luces del alba.
Después del acto sexual, y esto era lo que más frustraba a Pelletier, Norton prefería hablar de temas académicos en lugar de examinar con franqueza lo que se estaba gestando entre ambos.
Pelletier pensaba que la frialdad de Norton era una manera muy femenina de protegerse. Para romper barreras una noche se decidió a contarle sus propias aventuras sentimentales.
Confeccionó una larga lista de mujeres a las que había conocido y las expuso a la mirada glacial o desinteresada de Liz Norton.
Ella no pareció impresionarse ni quiso retribuir su confesión con una similar.
Por las mañanas, después de llamar un taxi, Pelletier se vestía sin hacer ruido para no despertarla y se marchaba al aeropuerto.
Antes de salir la miraba, durante unos segundos, abandonada entre las sábanas, y a veces se sentía tan lleno de amor que se hubiera puesto a llorar allí mismo.
Una hora después el despertador de Liz Norton se ponía a sonar y ésta se levantaba de un salto. Se duchaba, ponía a calentar agua, se tomaba un té con leche, se secaba el pelo y luego se ponía a revisar morosamente su casa como si temiera que la visita nocturna hubiera sustraído alguno de sus objetos de valor.
La sala y su habitación casi siempre estaban hechas un desastre y esto la molestaba. Con impaciencia retiraba las copas usadas, vaciaba los ceniceros, quitaba las sábanas y ponía sábanas limpias, volvía a colocar en los libreros los libros que Pelletier había retirado y abandonado en el suelo, colocaba las botellas en el botellero de la cocina y después se vestía y se marchaba a la universidad. Si tenía reunión con los colegas de su departamento, iba a la reunión, si no tenía reunión se encerraba en la biblioteca, a trabajar o a leer, hasta que llegaba la hora de su próxima clase.
Un sábado Espinoza le dijo que tenía que ir a Madrid, que él la invitaba, que Madrid en aquella época del año era la ciudad más hermosa del mundo y que además había una retrospectiva de Bacon que no se podía perder.
– Voy mañana -le dijo Norton, algo que Espinoza no esperaba, ciertamente, pues su invitación había obedecido más a un deseo que a la posibilidad real de que ella aceptara.
De más está decir que la certeza de verla aparecer por su casa al día siguiente puso a Espinoza en un estado de excitación creciente y de rampante inseguridad. Pasaron, sin embargo, un domingo magnífico (Espinoza se desvivió para que así fuera) y por la noche se acostaron juntos mientras trataban de oír los ruidos de los tambores vecinos, sin suerte, como si la banda africana justo ese día hubiera partido de gira por otras ciudades españolas. Tantas eran las preguntas que Espinoza hubiera deseado hacerle que a la hora de la verdad no le hizo ninguna. No hizo falta que lo hiciera. Norton le contó que era amante de Pelletier, aunque no fue ésa la palabra que empleó sino otra mucho más ambigua, como amistad, o tal vez dijo que mantenía un ligue, o algo parecido.
Espinoza hubiera querido preguntarle desde cuándo eran amantes, pero sólo le salió un suspiro. Norton dijo que ella tenía muchos amigos, sin explicitar si se refería a amigos-amigos o a amigos-amantes, que así había sido desde los dieciséis años, en que hizo el amor por primera vez con un tipo de treintaicuatro, un músico fracasado de Pottery Lane, y que ella lo veía así. Espinoza, que nunca había hablado en alemán de amor (o de sexo) con una mujer, los dos desnudos en la cama, quiso saber cómo lo veía ella, pues esa parte no la había entendido, pero sólo se limitó a asentir.