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Y volvió a dibujar sobre el mismo papelito lo siguiente:
Le -La ele es Archimboldi, la e es el difunto señor Bubis.
Luego la jefa de prensa se rió y los observó durante un rato, recostada en su silla giratoria, en silencio. Más tarde hablaron con la jefa de correctores. Ésta tenía más o menos la misma edad que la jefa de prensa pero su carácter no era tan jovial.
Les dijo que sí, que en efecto había conocido a Archimboldi hacía muchos años, pero que ya no recordaba su rostro ni sus maneras ni ninguna anécdota sobre él que valiera la pena contarles. No recordaba la última vez que estuvo en la editorial.
Les recomendó que hablaran con la señora Bubis y luego, sin decir nada, se enfrascó en la revisión de una galerada, en contestar preguntas de los otros correctores, en hablar por teléfono con gente que tal vez, pensaron con piedad Espinoza y Pelletier, eran traductores. Antes de marcharse, inasequibles al desaliento, volvieron a la oficina de Schnell y le hablaron de los encuentros y coloquios archimboldianos que se preveían para el futuro. Schnell, atento y cordial, les dijo que podían contar con él para lo que se les ofreciera.
Como no tenían nada que hacer salvo esperar la salida del avión que los llevaría de vuelta a París y Madrid, Pelletier y Espinoza se dedicaron a pasear por Hamburgo. El paseo los llevó indefectiblemente al barrio de las putas y de los peep-shows, y entonces ambos se pusieron melancólicos y se dedicaron a contarse el uno al otro historias de amores y desengaños. Por supuesto, no dieron nombres ni fechas, se hubiera podido decir que hablaban en términos abstractos, pero de todas maneras, pese a la exposición aparentemente fría de desgracias, la conversación y el paseo sólo contribuyó a sumirlos aún más en ese estado melancólico, a tal grado que al cabo de dos horas ambos sintieron que se estaban ahogando.
Volvieron al hotel en taxi y sin pronunciar palabra.
Una sorpresa los esperaba allí. En la recepción había una nota dirigida a ambos y firmada por Schnell en donde les explicaba que tras su conversación matutina había decidido hablar con la señora Bubis y que ésta aceptaba recibirlos. A la mañana siguiente Espinoza y Pelletier se presentaron en el domicilio de la editora, en el tercer piso de un viejo edificio de la zona alta de Hamburgo. Mientras esperaban se dedicaron a observar las fotos enmarcadas que colgaban de una pared. En las otras dos paredes había un lienzo de Soutine y otro de Kandinsky, y varios dibujos de Grosz, de Kokoschka y de Ensor. Pero Espinoza y Pelletier parecían mucho más interesados en las fotos, en donde casi siempre había alguien a quien ellos despreciaban o admiraban, pero que en cualquier caso habían leído: Thomas Ma
Los retratados observaban con la inocencia de los muertos, a quienes ya no les importa ser observados, el entusiasmo apenas contenido de los profesores universitarios. Cuando apareció la señora Bubis ambos estaban con las cabezas pegadas intentando descifrar si aquel que aparecía junto a Bubis era Fallada o no.
En efecto, era Fallada, les dijo la señora Bubis, vestida con una blusa blanca y una falda negra. Al darse la vuelta, Pelletier y Espinoza encontraron a una mujer mayor, con una figura similar, según confesaría Pelletier mucho después, a Marlene Dietrich, una mujer que a pesar de los años conservaba intacta su determinación, una mujer que no se aferraba a los bordes del abismo sino que caía al abismo con curiosidad y elegancia.
Una mujer que caía al abismo sentada.
– Mi marido conoció a todos los escritores alemanes y los escritores alemanes querían y respetaban a mi marido, aunque luego unos pocos dijeran cosas horribles sobre él, algunas incluso inexactas -dijo la señora Bubis con una sonrisa.
Hablaron de Archimboldi y la señora Bubis hizo traer pastas y té, aunque ella se tomó un vodka, algo que sorprendió a Espinoza y Pelletier, no por el hecho de que la señora empezara a beber tan temprano, sino por no haberles ofrecido una copa a ellos, copa que, por otra parte, hubiera sido rechazada.
– La única persona en la editorial que conocía a la perfección la obra de Archimboldi -dijo la señora Bubis- fue el señor Bubis, que le publicó todos sus libros.
Pero ella se preguntaba (y de paso les preguntaba a ellos) hasta qué punto alguien puede conocer la obra de otro.
– A mí, por ejemplo, me apasiona la obra de Grosz -dijo indicando los dibujos de Grosz colgados de la pared-, ¿pero conozco realmente su obra? Sus historias me hacen reír, por momentos creo que Grosz las dibujó para que yo me riera, en ocasiones la risa se transforma en carcajadas, y las carcajadas en un ataque de hilaridad, pero una vez conocí a un crítico de arte a quien le gustaba Grosz, por supuesto, y que sin embargo se deprimía muchísimo cuando asistía a una retrospectiva de su obra o por motivos profesionales tenía que estudiar alguna tela o algún dibujo. Y esas depresiones o esos períodos de tristeza solían durarle semanas. Este crítico de arte era amigo mío, aunque nunca habíamos tocado el tema Grosz. Una vez, sin embargo, le dije lo que me pasaba. Al principio no se lo podía creer. Luego se puso a mover la cabeza de un lado a otro. Luego me miró de arriba abajo como si no me conociera. Yo pensé que se había vuelto loco. Él rompió su amistad conmigo para siempre. Hace poco me contaron que aún dice que yo no sé nada sobre Grosz y que mi gusto estético es similar al de una vaca. Bien, por mí puede decir lo que quiera. Yo me río con Grosz, él se deprime con Grosz, ¿pero quién conoce a Grosz realmente?
»Supongamos -dijo la señora Bubis- que en este momento llaman a la puerta y aparece mi viejo amigo el crítico de arte.
Se sienta aquí, en el sofá, a mi lado, y uno de ustedes saca un dibujo sin firmar y nos asegura que es de Grosz y que desea venderlo. Yo miro el dibujo y sonrío y luego saco mi chequera y lo compro. El crítico de arte mira el dibujo y no se deprime e intenta hacerme reconsiderar. Para él no es un dibujo de Grosz.
Para mí es un dibujo de Grosz. ¿Quién de los dos tiene razón?
»O planteemos la historia de otra manera. Usted -dijo la señora Bubis señalando a Espinoza- saca un dibujo sin firmar y dice que es de Grosz e intenta venderlo. Yo no me río, lo observo fríamente, aprecio el trazo, el pulso, la sátira, pero nada en el dibujo concita mi goce. El crítico de arte lo observa cuidadosamente y, como es natural en él, se deprime y acto seguido hace una oferta, una oferta que excede sus ahorros y que, si es aceptada, lo sumirá en largas tardes de melancolía. Yo intento disuadirlo. Le digo que el dibujo me parece sospechoso porque no me provoca la risa. El crítico me responde que ya era hora de que viera la obra de Grosz con ojos de adulto y me felicita.
¿Quién de los dos tiene razón?
Después volvieron a hablar de Archimboldi y la señora Bubis les mostró una curiosísima reseña que había aparecido en un periódico de Berlín tras la publicación de Lüdicke, la primera novela de Archimboldi. La reseña, firmada por un tal Schleiermacher, intentaba fijar la personalidad del novelista con pocas palabras.
Inteligencia: media.
Carácter: epiléptico.
Cultura: desordenada.
Capacidad de fabulación: caótica.
Prosodia: caótica.
Uso del alemán: caótico.
Inteligencia media y cultura desordenada son fáciles de entender.
¿Qué quiso decir, sin embargo, con carácter epiléptico?, ¿que Archimboldi padecía epilepsia, que no estaba bien de la cabeza, que sufría ataques de naturaleza misteriosa, que era un lector compulsivo de Dostoievski? No había en el apunte ninguna descripción física del escritor.
– Nunca supimos quién era el tal Schleiermacher -dijo la señora Bubis-, incluso a veces mi difunto marido bromeaba diciendo que la nota la había escrito el propio Archimboldi. Pero tanto él como yo sabíamos que no había sido así.
Cerca del mediodía, cuando ya era prudente marcharse, Pelletier y Espinoza se atrevieron a realizar la única pregunta que juzgaban importante: ¿podía ella ayudarlos a entrar en contacto con Archimboldi? Los ojos de la señora Bubis se iluminaron.
Como si estuviera presenciando un incendio, le dijo después Pelletier a Liz Norton. Pero no un incendio en su punto crítico, sino uno que, después de meses de arder, estuviera a punto de apagarse. La respuesta negativa se tradujo en un ligero movimiento de cabeza que hizo que Pelletier y Espinoza de pronto comprendieran la inutilidad de su ruego.
Aún se quedaron un rato más. De alguna parte de la casa llegaba en sordina la música de una canción popular italiana.
Espinoza le preguntó si ella lo conocía, si alguna vez, mientras su marido vivía, había visto personalmente a Archimboldi. La señora Bubis dijo que sí y luego tarareó el estribillo final de la canción. Su italiano, según ambos amigos, era muy bueno.
– ¿Cómo es Archimboldi? -dijo Espinoza.
– Muy alto -dijo la señora Bubis-, muy alto, un hombre de estatura verdaderamente elevada. Si hubiera nacido en esta época probablemente habría jugado al baloncesto.
Aunque por la manera en que lo dijo, lo mismo hubiera dado que Archimboldi fuera un enano. En el taxi que los llevó hasta el hotel los dos amigos pensaron en Grosz y en la risa cristalina y cruel de la señora Bubis y en la impresión que les había dejado aquella casa llena de fotos en donde, sin embargo, faltaba la foto del único escritor que a ellos les interesaba.
Y aunque ambos se resistían a admitirlo, consideraban (o intuían) que era más importante el relámpago que habían entrevisto en el barrio de las putas que la revelación, cualquiera que ésta fuera, que habían presentido en casa de la señora Bubis.
Dicho en una palabra y de forma brutal, Pelletier y Espinoza, mientras paseaban por Sankt Pauli, se dieron cuenta de que la búsqueda de Archimboldi no podría llenar jamás sus vidas.
Podían leerlo, podían estudiarlo, podían desmenuzarlo, pero no podían morirse de risa con él ni deprimirse con él, en parte porque Archimboldi siempre estaba lejos, en parte porque su obra, a medida que uno se internaba en ella, devoraba a sus exploradores.
Dicho en una palabra: Pelletier y Espinoza comprendieron en Sankt Pauli y después en la casa de la señora Bubis ornada con las fotografías del difunto señor Bubis y sus escritores, que querían hacer el amor y no la guerra.