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Y Carla lo abraza sin poder ceñirle entero el tan ancho tórax ¿y qué palabras podrían expresar lo que los ojos negros de él?, ella lo mira y no tiene por qué preguntarle si la quiere bien o mal, porque en los ojos la maldad se traiciona a sí misma y se reflejan en el iris los filamentos en cortocircuito de la mezquindad, lo cual nunca sucede en los ojos de él, al contrario: porque tiene ojos de bueno.

Carla se acurruca en esos brazos fuertes y mira las llamas del fuego, pero no, prefiere mirarlo a él, en los ojos. Entonces se echa sobre la alfombra espesa y lo mira y Carla de todos modos ve las llamas reflejadas en las pupilas negras y algo más, como una chispa, que a diferencia de todas las chispas no se extingue, brilla inmutable esa chispa en los ojos renegridos, y Carla se aventura a pensar que es el alma de él que se ha asomado para contemplar las llamas de la chimenea. Carla ha tenido la suerte de estar ahí junto al fuego, y el alma de él la está mirando.

Sí, Carla se adormece para emprender juntos el viaje peligroso a que él la invita y es como si se durmiera en los brazos de él, dentro de instantes dormida empezará a soñar, y ella está segura de que él no la va a abandonar después, tan segura como si él se lo hubiese jurado delante de diez jueces, y se acurruca contra él, más todavía, llena de impaciencia pues ya quiere saber qué sueño le tocará soñar esa noche, y ya duerme profundamente. Ambos tienen el mismo sueño, que visitan juntos las estrellas de una constelación más allá de los planetas como Júpiter y Marte pero que están al alcance de sus cuerpos. Sus cuerpos son uno solo, un muchacho fuerte surca los aires con sus cabellos de maizal al viento y Carla de a ratos teme desprenderse de sus brazos y por eso le ha pedido que la mire de tanto en tanto para poder tranquilizarse viendo que él está tranquilo, mirándolo en las pupilas. Las pupilas de él, las cuales son inmensas, porque en ellas ya no se reflejan más las llamas de la chimenea sino el cosmos entero en la noche oscura que él va surcando en su vuelo.

Pero la pobre Carla está tan acostumbrada a no ser feliz, que dormida, sueña que durante el viaje se duerme y sueña que está soñando otra cosa: que él toma rumbo a las luces más lejanas de todas, las Galaxias, estrellas pulverizadas más frías que el hielo, de solo mirarlas hacen temblar por el frío que emanan, y a Carla repentinamente le ataca miedo, y le pide cambiar de rumbo, de vuelta a la Cruz del Sur, y se resiste a que él siga hacia lo lejos, y trata de volverlo hacia la Cruz del Sur, por lo cual en ese forcejeo, sin querer, se desprende ie los brazos de él, estira las manos y apenas llega a rozarlo con las yemas de los dedos, y él trata de alcanzarla pero por alguna razón desconocida en la zona de las Galaxias, los cuerpos se separan, y se alejan, poco a poco ya están lejos que no oyen lo que se dicen, Carla trata de mirarle el color de los ojos, y ya no se le distingue, se repite a sí misma que eran negros, negros, negros, paira no olvidarse, y piensa en la nariz, el corte de la cara, para tenerlo aunque sea en la memoria, ya no lo puede tocar, no lo oye, no lo huele, apenas si lo ve, aunque algo en la boca le dura del dulzor de tantos besos, ¿y la sonrisa cómo era? ¿cómo se desplegaban sus labios al sonreír? ¡no se acuerda! ¿los ojos parecían de chino al sonreír? ¿sí o no? ¿se le marcaban hoyuelos en las mejillas? ¡no se acuerda! Ella en el viaje no tenía más fuerzas, tendría que haberle pedido que la cargara al hombro como si estuviera muerta, y así habrían proseguido el vuelo, ella posiblemente se habría muerto y él la habría llevado al hombro, un peso muerto, y al irse disecando con el tiempo pesaría cada vez menos y se le adheriría a las espaldas, como un cuero de oveja, él por la eternidad continuaría dominando el espacio, con un cuero de oveja pegado a él como su propia piel. Pero ni siquiera eso fue posible y Carla perdida en las Galaxias lo vuelve a mirar a la distancia y ya sólo ve una silueta indefinida y es el mundo que se agranda más y más porque él se empequeñece, hasta ser solo un punto en el espacio.

Por suerte la tristeza la despierta pues fue todo una pesadilla, y volviendo de cada uno de esos viajes se preguntan qué era lo que más les gustó, y les basta con sonreír calladamente porque ya saben que lo más lindo fue la estrella cometa, y reflexionan y se ríen porque no están diciendo la verdad, era que se habían olvidado de que, más lindo de todo, era cuando los dos soñaron con desgracias pero se despertaron y no estaban separados sino juntos, y se rieron de la pesadilla, qué cosas de hacer, perdidos en constelaciones, como si fueran dos chicos que se ríen de cualquier cosa, y ni siquiera saben los nombres de las constelaciones, y no tiene necesidad Carla de buscarle el nombre a las constelaciones porque ¿qué le importa, si está con él, saber tan poco de Astrología?

Bien, pasan los meses, los dos enamorados no vuelven a Viena sino que recorren las capitales de toda Europa, dando recitales, de éxito en éxito, hasta que tanto les exigen que vuelvan a Viena que se animan a afrontar la ciudad del primer encuentro. El éxito es atronador y mientras Carla va a su camarín a cambiarse de vestido para la escena final, y a todo esto Joha

Es una muchacha frágil y buena, que sólo quiere el bien de Joha

Carla al principio se muestra dura y altanera, pero poco a poco se da cuenta de la verdad que encierran las palabras de Poldi. El traspunte golpea a la puerta, como un símbolo de que su carrera la llama y se despide de Poldi respetuosamente, para volver al escenario. Es un delirio el éxito del músico y la cantante, en la primer opereta escrita por Joha

Es así, se auiere locamente o no se quiere, y él se da cuenta en ese muelle apenas alumbrado por antorchas de sebo sucio que nunca logró que ella lo quisiera con locura, querer con locura quiere decir perder la cabeza y hacer cualquier cosa con tal de estar junto a la persona amada. Las antorchas se reflejan en las aguas del río, éstas corren negras, cargadas de limo, llevando al barco que se aleja lentamente: Joha

Buscando sosiego a su desesperación se pone a trabajar más que nunca y compone sus mejores valses, pero esto de nada le sirve. En su búsqueda tan afanosa como inútil un día, en su casa de Viena, se pone a pensar en la casa natal, en la aldea, en todos sus primeros años, su habitación con el techo de hierbas trenzadas, con sus juguetes de niño, qué hermosa habitación, una especie de altillo, con un cubrecama de colores alegres, y el silencio de la aldea.

De repente Joha

Son las cuatro de la tarde, es otoño, y por lo tanto se trata de la última hora de luz, la naturaleza parece detenida, si un pichoncito se moviera en una de las plantas vecinas Joha

¿Quiénes han aprovechado para introducirse subrepticiamente? Ha entrado el dueño déspota y despreciativo de aquel local que sólo tocaba gavotas, entra su madre, su madre santa, pero está toda desgreñada, en los últimos tiempos Joha