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XIII Concurso anual de composiciones literarias tema libre:

«la película que más me gustó»

por josé I. casáis, 2do. año nacional, div. b

Aquella calurosa noche de verano, en Viena la gente no se sentía con ganas de ir a dormir. Una gran sala de bailes dejaba escapar, por sus ventanas un dejo de compases de gavota pero el calor era demasiado hasta para una danza tan calma como la gavota, y los ocupantes de las casas vecinas ya sea fumando una pipa o jugando al ajedrez u hojeando un diario rechinaban los dientes hartos de escuchar la misma musiquilla por veinte años consecutivos.

La última pareja está ya por abandonar el local vasto, la modorra ha conquistado su última víctima cuando un violinista de la orquesta, joven e impetuoso, ejecutando el último compás de la partitura no deja caer su arco y guiñando el ojo a un oboísta rollizo ataca un nuevo compás, repiqueteante, alegré y rápido. Los parroquianos más adustos alzan las cejas ofendidos ¿qué es esto? ¿es posible que un local respetable permita la ejecución de esta danza de bajos fondos? El vecindario también escucha y una mano depone la pieza de ajedrez sobre el tablero, un diario yace sobre una mesa y una pipa echa pitadas repiqueteantes, alegres y rápidas: todos se han puesto a bailar. Transeúntes distraídos detienen su paso, carruajes frenan sus caballos, todos se preguntan qué es esa música sin par, y de oreja en oreja transita un nombre prohibido ¡el vals!

Entonces el dueño enfurecido del salón no concibe otra solución que llamar a la policía para que quite de allí al osado violinista pero dirigiéndose a la calzada una muchedumbre le impide el paso: el timorato se pregunta si vendrán a incendiar su sala pero los invasores rápidamente se disponen en parejas y se lanzan en vueltas vertiginosas a la pista desierta. Los miriñaques son duros y las faldas son pesadísimas pero al ritmo del vals resultan amapolas livianas que giran y en unos instantes la sala está llena ¡por fin algo les ha hecho olvidar el calor! Y será mucha la cerveza que consumirán, para provecho del dueño más sorprendido que nadie.

Joha

No lejos de allí, frente a los jardines imperiales se desplaza un carruaje abierto, un oficial de Su Majestad y una dama de cabellos dorados lo ocupan. Silencio, sólo el trote de los caballos se oye, el oficial ha intentado distraer a la dama con comentarios dispares, ella ha contestado con un sí o un no, siente mucho calor, están lejos los canales cristalinos y sombreados de su San Petersburgo.

Un débil eco se insinúa en el aire, se dirían violines cosacos, ebrios de sangre y vodka, y debido a esa razón minutos después la arrogante pareja hace su entrada en el salón. Ella se siente arrobada, no son sus cosacos pero es la misma alegría y fiebre de vivir ¡qué fuego arde en los ojos del joven director! un mechón de pelo castaño le cae sobre la frente y los ojos pero no le impiden descubrir entre la muchedumbre una radiante sonrisa de aprobación enmarcada por cabellos rubios. Le parece reconocerla ¿dónde la ha visto? sin saber por qué la imagina en un vasto escenario, pero la dama no baila ¿no gusta de su música? y se acerca hacia él, le tiende la mano pálida para ayudarse a subir al estrado y pide la partitura.

«Sueños», es el título, y sus primeras estrofas cantadas se posan sobre las notas de la orquesta como rocío sobre corolas, rocío cristalino de la voz de esa mujer deslumbradora. No se engañaba Joha

Pasan los meses, Joha

No, Joha

La familia sigue comiendo pero Joha

Pasa el tiempo, Joha

Es nuevamente verano, Joha

Joha

Joha

Qué oscuro está el bosque, pero ya no, qué oscuro estaba, hace horas que va trotando el caballo y una pincelada rosa es el horizonte. ¿Son los pájaros los seres más felices de la creación? Es posible, porque cuando se despiertan cantan, tienen la suerte de cada noche olvidar en el sueño que existe el mal en la tierra. Además sus nidos en lo alto de las copas frondosas reciben la primera caricia de los rayos del sol, por lo cual sus trinos descienden empapados de luz para despertar a Carla y Joha

Haces de luz blanca se filtran por la arboleda, tratan de imitar el blanco de las gasas superpuestas del atavío de Carla, cadencioso trota sin cansancio el caballo y el cochero se da vuelta para dar los buenos días a los dos enamorados. «Buenos días», le responden, y han encontrado por fin las palabras adecuadas, «buenos días», buenos, claro que sí, bellos y dulces días a venir. Otros habitantes más del bosque dejan oír su presencia, como balidos de ovejas y el cuerno de su pastor que se agiganta en el eco. Buenos días, días, días, días, días, y el cochero a su vez saca sin perder tiempo una corneta respondiendo con su nota no del todo afinada «yo te quiero» dice el cochero al bosque, quiero, quiero, quiero, quiero, y Joha