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Prólogo

4 de Julio, 2011.

Artemis

Los fuegos artificiales retumban por toda la plaza, iluminando el cielo nocturno, dotándolo de coloridos círculos que se expanden hasta desaparecer. La gente celebra, grita, aplaude mientras yo paso mis manos sudadas por mis pantalones en un intento de limpiarlas.

¿Por qué estoy tan nervioso?

Por ella...

Echo un vistazo a mi lado, y la observo, pensándolo todo de nuevo, calculando, repasando en mi mente lo que debo decir, como debo decirlo si es que puedo decirlo.

Estamos sentados en el pasto, ella está sonriendo, su mirada perdida en el espectáculo, los fuegos artificiales reflejándose en su cara, dándole tonos rojos, azules, y luego un montón de colores.

Ella siempre ha estado a mi lado desde que tengo uso de razón y a medida que crecíamos una parte de mí siempre ha sabido que lo que siento por ella no es solo cariño o que solo quiero su amistad, quiero mucho más que eso y después de semanas de armarme de valor he decidido dejarle saber eso hoy.

Vamos, tú puedes.

Vuelvo a mirar el cielo colorido y lentamente desplazo mi mano sobre el pasto y la pongo sobre la de ella. Puedo sentir como se acelera mi corazón y me siento como un idiota por no poder controlarlo. No me gusta sentirme vulnerable, jamás pensé que llegaría a tener sentimientos por alguien, no era algo que buscaba. Ella no dice nada, pero tampoco quita su mano.

Puedo sentir sus ojos sobre mí, pero no me atrevo a mirarla, no soy bueno con las palabras, nunca lo he sido. Así que cuando finalmente decido enfrentarla, actúo tan rápido que me sorprendo a mí mismo. Con mi mano libre, la tomo del cuello y estampo mis labios contra los suyos.

Sin embargo, el roce de nuestros labios fue tan fugaz como los fuegos artificiales desapareciendo en el cielo. Ella me empuja con fuerza, alejándome de ella en cuestión de segundos.

Su reacción me deja sin aliento, sin palabras.

La amarga sensación del rechazo se asienta en mi estómago, mi pecho apretándose.

Ella abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar, no sabe que decir para no herirme, lo puedo ver claro en sus ojos, pero ya es muy tarde.

Apretando mi mandíbula, me levanto y le doy la espalda, no quiero su lastima.

—Artemis... —la escucho susurrar a mi espalda, pero ya estoy alejándome, dejándola atrás.

Esa noche, decidí dejarla atrás, y cerrarme de nuevo por completo a las emociones.

Nadie volvería a herirme de esta forma, no volvería a ser vulnerable de nuevo, no valía la pena.