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Capítulo III

No siempre nos encontrábamos en el Metropolitano o en su hotel. De hecho, cuando me entregó las cartas, pasó algún tiempo antes de que volviéramos a vernos. Era como si ambos nos diéramos cuenta de que aquel gesto suyo nos había hecho incurrir en un exceso de confianza mutua que sólo atenuaríamos dejando de vernos durante algunas semanas. Yo escuchaba el disco de Billy Swa

La vi por primera vez en el bar de Floro Bloom, acaso la misma noche en que tocaron juntos Billy Swa

Me citó para pagarme en el Lady Bird. En una mesa apartada me dio setecientos dólares en billetes usados después de contarlos con una lentitud como de cajero Victoriano. Los otros ochocientos no llegué a verlos nunca. Probablemente me habría engañado aunque hubiera cumplido su promesa, pero hace años que eso dejó de importarme. Importa más que aquella noche no llegó solo al Lady Bird. Venía con él una muchacha alta y muy delgada, que se inclinaba ligeramente al andar y mostraba cuando sonreía unos dientes muy blancos y un poco separados. Tenía el pelo liso, cortado justo a la altura de los hombros, los pómulos anchos y más bien infantiles, la nariz definida por una línea irregular. No sé si la estoy recordando como la vi aquella noche o si lo que veo mientras la describo es una de las fotos que hallé entre los papeles de Biralbo. Estaban de pie, parados ante mí, de espaldas al escenario donde aún no habían aparecido los músicos, y Malcolm, el Americano, la tomó del brazo con un resuelto ademán de propiedad y de orgullo y me dijo: «Quiero presentarte a mi mujer. Lucrecia.»

Cuando el americano terminó de contar el dinero bebimos por algo que él llamó con felicidad sospechosa el éxito de nuestro negocio. Yo tenía la doble y molesta sensación de haber sido estafado y de estar actuando en una película para la que me hubieran dado insuficientes instrucciones, pero eso me ocurre con frecuencia cuando bebo entre extraños. Malcolm hablaba y bebía mucho, reprobaba mis cigarrillos, me ofrecía consejos para adquirir cuadros y dejar el tabaco, la clave era el equilibrio personal, me dijo, sonriendo mucho, apartándose el humo de la cara, escribiéndome en una servilleta la marca de ciertos caramelos medicinales que suplían la nicotina. La copa de Lucrecia permanecía intacta y vertical ante ella. Me pareció capaz de mantenerse invulnerable e idéntica a sí misma en cualquier lugar donde estuviera, pero corregí ese juicio cuando empezó a sonar el piano de Biralbo. Tocaban solos él y Billy Swa

Había mucha gente en el Lady Bird y todos aplaudían, y un par de fotógrafos arrodillados asediaban con sus flashes a Billy Swa

He observado que los extranjeros no tienen el menor escrúpulo en cancelar sin previo aviso su amistad o su copiosa cortesía. Bajo la mirada de Biralbo -pero también, desde la barra, Floro Bloom nos estaba vigilando-, Malcolm dijo que él y Lucrecia debían marcharse, y me tendió la mano. Muy seria, sin levantarse aún, ella le contestó algo en inglés, unas palabras rápidas, muy educadas y frías. Lo vi coger su copa y depositarla otra vez en la mesa abarcándola entera con sus duros dedos sucios de pintura, como si considerara la posibilidad de romperla. No hizo nada: mientras Lucrecia le hablaba observé que Malcolm tenía la cabeza ligeramente aplastada, como un saurio. Ella no estaba irritada: no parecía que pudiera estarlo nunca. Miraba a Malcolm como si el sentido común bastara para desarmarlo, y el cuidado que ponía en pronunciar cada una de sus palabras acentuaba la suavidad de su voz casi ocultando la ironía. Cuando Malcolm volvió a hablar lo hizo en un español detestable. La ira le perjudicaba la pronunciación, lo devolvía a su naturaleza de extranjero en un país y en un idioma de confabulados hostiles. Dijo sin mirarme, sin mirar a nadie más que a Lucrecia: «Tú sabes por qué has querido que viniéramos aquí.» A ninguno de los dos le importaba mi presencia.

Decidí interesarme en el tabaco y en la música. Malcolm admitió una tregua. Sacando del bolsillo trasero de su pantalón un fajo de billetes se acercó a la barra, y estuvo un rato conversando con Floro Bloom, agitando el dinero con un poco de petulancia o de rabia en su mano derecha. Miraba de soslayo a Lucrecia, que no se había levantado, a Biralbo, ausente al otro lado del piano, muy lejos de nosotros. A veces levantaba los ojos: entonces Lucrecia se erguía imperceptiblemente, como si lo mirase por encima de un muro. Malcolm dejó el dinero dando un golpe seco en la madera de la barra y se alejó hacia la oscuridad del fondo. Entonces Lucrecia se puso de pie, descartó mi presencia, borrándome con una sonrisa, como se aparta el humo, y fue a decirle algo a Floro Bloom. La trompeta de Billy Swa