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– Desde luego -dijo-. En el momento adecuado. Uno llega a los sitios cuando ya no le importan.
– ¿Viste a Lucrecia allí?
– ¿Cómo lo sabes? -Se incorporó del todo, aplastó el cigarrillo en el cenicero. Yo me encogí de hombros, más asombrado que él de mi adivinación.
– He oído esa canción, Lisboa . Me hizo acordarme de aquel viaje que empezasteis juntos.
– Aquel viaje -repitió-. Fue entonces cuando la compuse.
– Pero tú me dijiste que no habíais llegado a Lisboa.
– Desde luego que no. Por eso hice esa canción. ¿Tú nunca sueñas que te pierdes por una ciudad donde no has estado nunca?
Quise preguntarle si Lucrecia había continuado sola el viaje, pero no me atreví, era indudable que él no deseaba seguir hablando de aquello. Miró el reloj y fingió sorprenderse de lo tarde que era, dijo que sus músicos estarían esperándolo en el Metropolitano.
No me invitó a ir con él. En la calle nos despedimos apresuradamente y él se dio la vuelta subiéndose las solapas del abrigo y a los pocos pasos ya parecía estar muy lejos. Al llegar a mi casa me serví una copa y puse el disco de Billy Swa
Pero ese recuerdo que agravaron la soledad y la música no pertenece a mi vida, estoy seguro, sino a una película que tal vez vi en la infancia y cuyo título nunca llegaré a saber. Vino de nuevo a mí porque en aquella música había persecución y había terror, y todas las cosas que yo vislumbraba en ella o en mí mismo estaban contenidas en esa sola palabra, Burma, y en la lentitud de augurio con que la pronunciaba Billy Swa
La música había cesado. Cuando me levanté para poner de nuevo el disco advertí sin sorpresa que tenía un poco de vértigo y que estaba borracho. Sobre la mesa, junto a la botella de ginebra, el paquete de cartas tenía ese aire de paciencia inmóvil de los objetos olvidados. Deshice el nudo que lo ataba y cuando me arrepentí las cartas ya se me desordenaban en las manos. Sin abrirlas las estuve mirando, examiné las fechas de los matasellos, el nombre de la ciudad, Berlín, desde donde fueron enviadas, las variaciones en el color de la tinta y en la escritura de los sobres. Una de ellas, la última, no había sido enviada por correo. Tenía apresuradamente escrita la dirección de Biralbo y los sellos pegados, pero intactos. Era una carta mucho más delgada que cualquiera de las otras. Hacia la mitad de la siguiente ginebra eludí el escrúpulo de no mirar su interior. No había nada. La última carta de Lucrecia era un sobre vacío.