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– Mírame -me contó Biralbo que le dijo-: Siempre he sido uno de los grandes, antes de que esos tipos listos que escriben libros lo supieran y también después de que hayan dejado de decirlo, y si me muero mañana no encontrarás en mis bolsillos dinero suficiente para pagar mi entierro. Pero soy Billy Swa

Cuando apoyaba los codos en la barra los puños de su camisa retrocedían mostrando unas muñecas muy delgadas y duras y surcadas de venas. Biralbo se fijó en lo sucios que estaban los bordes de los puños y anotó con alivio, casi con gratitud, que aún permanecían en ellos los enfáticos gemelos de oro que tantas veces, en otro tiempo, había visto brillar contra las luces de los escenarios cuando Billy Swa

– No tengo nada más que decirte -concluyó severamente-. Ahora mira otra vez el reloj y dime que debes irte a dormir y te partiré la boca de un puñetazo.

Biralbo no se fue: a las nueve de la mañana llamó al colegio para decir que estaba enfermo. Acompañados silenciosamente por Floro Bloom siguieron bebiendo durante dos días. Al tercero Billy Swa

– Mañana debo irme a Estocolmo -dijo Billy Swa

Al oír eso Biralbo casi no sintió alegría, ni agradecimiento, sólo una sensación de irrealidad y de miedo. Pensó que si se marchaba a Estocolmo perdería su contrato en el colegio, que tal vez le llegaría en ese tiempo una carta de Lucrecia que iba a quedarse durante varios meses abandonada e inútil en el buzón. Puedo imaginar la expresión de su cara en aquellos días: la vi en una foto del periódico donde se daba noticia de la llegada de Billy Swa

– En enero estuve en Berlín -dijo Billy Swa

Tardó un poco en continuar hablando: Biralbo no se atrevía a preguntarle nada. Vio de nuevo lo que el regreso de Billy Swa

– Yo llevaba un par de noches tocando en el Satchmo, un sitio muy raro, parece un bar de putas -continuó Billy Swa

Biralbo aún no dijo nada: que al cabo de tanto tiempo alguien le hablara de Lucrecia, que Billy Swa

– No la he perdido -dijo Billy Swa

Miró los sellos, la dirección, su propio nombre escrito con aquella letra que nunca vulnerarían la soledad ni la desgracia. Por primera vez el remite no era una larga inicial, sino un nombre completo, Lucrecia . Palpó el sobre y le pareció delgadísimo, pero no llegó a abrirlo. Lo percibía liso y sensitivo bajo las yemas de los dedos como el marfil de un teclado que aún no se decidiera a pulsar. Billy Swa

– Vi a tu chica. Yo abrí la puerta y ella estaba sentada en mi camerino. Era muy pequeño y ella estaba fumando, lo había llenado todo de humo.

– Lucrecia no fuma -dijo Biralbo; fue una satisfacción menor afirmar ese detalle, tan preciso como la exactitud de un gesto: como si de verdad recordara de pronto el color de sus ojos o el modo en que ella sonreía.

– Estaba fumando cuando yo entré. -A Billy Swa

– ¿Recuerdas qué te dijo? -Ahora sí, ahora Biralbo se atrevía. Billy Swa

– No dijo casi nada. Le preocupaba que yo no me acordara de ella, como a esos tipos que me encuentro de vez en cuando y me dicen: «Billy, ¿no te acuerdas de mí? Tocamos juntos en Boston el cincuenta y cuatro.» Así me habló ella, pero yo me acordaba. Me acordé cuando le vi las piernas. Puedo reconocer a una mujer entre veinte mirándole sólo las piernas. En los teatros hay muy poca luz, y uno no ve las caras de las mujeres que hay sentadas en la primera fila, pero sí sus piernas. Me gusta mirarlas mientras toco. Las veo mover las rodillas y golpear el suelo con los tacones para llevar el ritmo.

– ¿Por qué te dio la carta? Tiene puestos los sellos.

– Ella no llevaba tacones. Llevaba unas botas planas, manchadas de barro. Unas botas de pobre. Tenía mejor aspecto que cuando me la presentaste aquí.

– ¿Por qué tenías que ser tú quien me diera la carta?

– Supongo que le mentí. Ella quería que tú la recibieras cuanto antes. Sacó del bolso el tabaco, el lápiz de labios, un pañuelo, todas esas cosas absurdas que llevan las mujeres. Lo dejó todo en la mesa del camerino y no encontraba la carta. Hasta un revólver tenía. Se arrepintió antes de sacarlo, pero yo lo vi.

– ¿Tenía un revólver?

– Un treinta y ocho reluciente. No hay nada que una mujer no pueda llevar en el bolso. Por fin sacó la carta. Yo le mentí. Ella quería que lo hiciera. Le dije que iba a verte en un par de semanas. Pero luego me marché del club y vino todo aquello de Nueva York… Puede que no le mintiera entonces. Supongo que pensaba venir a verte y que me equivoqué de avión. Pero no perdí tu carta, muchacho. La guardé en el doble fondo, como en los viejos tiempos…

Al día siguiente Biralbo despidió a Billy Swa