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Capítulo V

Esa canción, Lisboa. Yo la oía y estaba de nuevo en San Sebastián de esa manera en que uno vuelve a las ciudades en sueños. Una ciudad se olvida más rápido que un rostro: queda remordimiento o vacío donde antes estuvo la memoria, y, lo mismo que un rostro, la ciudad sólo permanece intacta allí donde la conciencia no ha podido gastarla. Uno la sueña, pero no siempre merece el recuerdo de lo que ha visto mientras dormía, y en cualquier caso lo pierde al cabo de unas horas, peor aún, en unos pocos minutos, al inclinarse sobre el agua fría del lavabo o probar el café. A esa dolencia del olvido imperfecto parecía inmune Santiago Biralbo. Decía que no se acordaba nunca de San Sebastián: que aspiraba a ser como esos héroes de las películas cuya biografía comienza al mismo tiempo que la acción y no tienen pasado, sino imperiosos atributos. Aquella noche de domingo en que me contó la partida de Lucrecia y de Malcolm

– habíamos vuelto a beber en exceso y él llegó tarde y nada sobrio al Metropolitano- me dijo cuando nos despedíamos: «Imagínate que nos vimos por primera vez aquí. No viste a alguien a quien conocías, sólo a un hombre que tocaba el piano.» Señalando el cartel donde se anunciaba la actuación de su grupo añadió: «No lo olvides. Ahora soy Giacomo Dolphin.»

Pero era mentira esa afirmación suya de que la música está limpia de pasado, porque su canción, Lisboa, no era más que la pura sensación del tiempo, intocado y transparente, como guardado en un hermético frasco de cristal. Era Lisboa y también San Sebastián del mismo modo que un rostro contemplado en un sueño contiene sin extrañeza la identidad de dos hombres. Al principio se oía como el rumor de una aguja girando en el intervalo de silencio de un disco, y luego ese sonido era el de las escobillas que rozaban circularmente los platos metálicos de la batería y un latido semejante al de un corazón cercano. Sólo más tarde perfilaba la trompeta una cautelosa melodía. Billy Swa

Nunca he estado en Lisboa, y hace años que no voy a San Sebastián. Tengo un recuerdo de ocres fachadas con balcones de piedra oscurecidas por la lluvia, de un paseo marítimo ceñido a una ladera boscosa, de una avenida que imita un bulevar de París y tiene una doble fila de tamarindos, desnudos en invierno, coronados en mayo por extraños racimos de flores de un rosa pálido muy semejante al de la espuma de las olas en los atardeceres de verano. Recuerdo las quintas abandonadas frente al mar, la isla y el faro en mitad de la bahía y las luces declinantes que la circundan de noche y se reflejan en el agua con un parpadeo como de estrellas submarinas. Lejos, al fondo, estaba el rótulo azul y rosa del Lady Bird, con su caligrafía de neón, los veleros anclados que tenían en la proa nombres de mujeres o de países, los barcos de pesca que despedían un intenso olor a madera empapada y a gasolina y a algas.

A uno de ellos subieron Malcolm y Lucrecia, temiendo acaso perder el equilibrio mientras llevaban sus maletas sobre el crujido y la oscilación de la pasarela. Maletas muy pesadas, llenas de cuadros viejos, de libros, de todas las cosas que uno no se resuelve a dejar atrás cuando ha decidido irse para siempre. Mientras el barco se adentraba en la oscuridad oirían con alivio el lento estrépito del motor en el agua. Debieron de volverse para mirar desde lejos el faro de la isla, el perfil último de la ciudad iluminada, sumergida despacio al otro lado del mar. Supongo que a esa misma hora Biralbo bebía crudo bourbon sin hielo en la barra del Lady Bird, aceptando la melancólica solidaridad masculina de Floro Bloom. Me pregunté si Lucrecia había acertado a distinguir en la lejanía las luces del Lady Bird, si lo había intentado.

Sin duda las buscó cuando volvió a la ciudad al cabo de tres años y agradeció que aún estuvieran encendidas, pero ya no quiso entrar allí, no le gustaba visitar los lugares donde había vivido ni ver a los antiguos amigos, ni siquiera a Floro, tranquilo cómplice en otro tiempo de sus coartadas o sus citas, mensajero inmóvil.

Biralbo ya no creía que ella fuera a regresar nunca. Cambió su vida en aquellos tres años. Se hartó de la ignominia de tocar el órgano eléctrico en el café-piano del Viena y en las fiestas soeces de las barriadas. Obtuvo un contrato de profesor de música en un colegio femenino y católico, pero siguió tocando algunas noches en el Lady Bird, a pesar de que Floro Bloom, mansamente resignado a la quiebra por la deslealtad de los bebedores nocturnos, apenas podía pagarle ya ni sus copas de bourbon. Se levantaba a las ocho, explicaba solfeo, hablaba de Liszt y de Chopin y de la sonata Claro de luna en vagas aulas pobladas de adolescentes con uniforme azul y vivía solo en un bloque de apartamentos, a la orilla del río, muy lejos del mar. Viajaba al centro en un tren de cercanías al que llaman El Topo y esperaba cartas de Lucrecia. Por aquella época yo casi nunca lo veía. Oí que había dejado la música, que iba a marcharse de San Sebastián, que se había vuelto abstemio, que ya era alcohólico, que Billy Swa

Escribía cartas y las esperaba. Se fue edificando una vida perfectamente clandestina en la que no intervenían ni el paso del tiempo ni la realidad. Todas las tardes, a las cinco, cuando terminaba sus clases, subía al Topo y regresaba a su casa, con la corbata oscura ceñida al cuello y su cartera como de cobrador de algo bajo el brazo, leía el periódico durante el breve viaje o miraba los altos bloques de pisos y los caseríos dispersos entre las colinas. Luego se encerraba con llave y ponía discos. Había comprado a plazos un piano vertical, pero lo tocaba muy poco. Prefería tenderse y fumar oyendo música. Nunca en su vida volvería a escuchar tantos discos y a escribir tantas cartas. Sacaba la llave del portal, y antes de hacerlo, desde la calle, ya miraba el buzón que tal vez contendría una carta y se estremecía al abrirlo. En los primeros dos años las cartas de Lucrecia solían llegarle cada dos o tres semanas, pero no había tarde en que él no esperara encontrar una cuando abría el buzón, y desde que se despertaba vivía para alcanzar ese instante: habitualmente cosechaba cartas de banco, citaciones del colegio, hojas de propaganda que tiraba con odio, con un poco de rencor. Automáticamente cualquier sobre que tuviera los bordes listados del correo aéreo lo sumía en la felicidad.

Pero el silencio definitivo tardó dos años en llegar, y él no podría decir que no lo hubiera esperado. Al cabo de seis meses en los que no pasó un solo día sin que él no la esperara, llegó la última carta de Lucrecia. No vino por correo: Billy Swa

No he olvidado aquel regreso de Billy Swa

Billy Swa

Había vuelto para instalarse definitivamente en Europa: tenía grandes y nebulosos planes en los que estaba incluido Biralbo. Le preguntó por su vida en los últimos tiempos, hacía más de dos años que no sabía nada de él. Cuando Biralbo le dijo que ya casi nunca tocaba, que ahora era profesor de música en un colegio de monjas, Billy Swa