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Sha
– Oh, Dios -gimió acongojada-, por favor…
Pero aun mientras rogaba, no hubiera podido poner un nombre a lo que pedía. Sacudió la cabeza y luchó contra la abrumadora depresión. Se levantó y sacó del guardarropa una larga bata blanca.
Sus habitaciones ya no eran para ella un refugio y como un espectro extraviado empezó a recorrer la mansión hasta sus rincones más remotos y oscuros buscando algo que calmara su turbado espíritu, pero en ninguna parte encontró lo que buscaba. Por fin se detuvo ante la puerta del salón donde se encontraba su padre. Trahern levantó la vista de sus papeles.
– ¿Sha
– Pensé dar un paseo por el jardín, papá -replicó suavemente ella-. Volveré pronto. No me esperes levantado.
Orlan Trahern contempló a su hija que se alejó de la puerta y después esperó, rodeado por el silencio de la casa, mientras los pies desnudos de ella cruzaban el piso de mármol del hall. Se abrió la puerta principal, en seguida se cerró y volvió a reinar el silencio. Orlan Trahern suspiró profundamente, se levantó de su sillón y lentamente subió a sus habitaciones.
Sha
Cuando estuvo cerca de la puerta de las caballerizas oyó la voz de Ruark que trataba de tranquilizar a la yegua. Sha
– Vamos, Jezebel -dijo él en tono admonitorio.
Sha
– ¿Cómo sabes su nombre? -preguntó.
Ruark se irguió y miró hacia la oscuridad más allá del círculo de luz proyectado por la linterna. Se secó las manos mientras Sha
– ¿Su nombre? -Se alzó de hombros-. El muchacho. Elot.
– Oh. -La voz de ella perdió el tono desafiante.
Sha
Ruark señaló con el pulgar hacia el cuarto de arneses.
– El es bueno para limpiar y ensillar los caballos pero no para curarlos. Lo envié a la cama.
Sha
– ¿Qué es eso? _dijo, señalando un pequeño cazo de madera que contenía una sustancia maloliente.
– Hierbas y ron en sebo caliente -replicó Ruark secamente-. Bueno para limpiar y curar las heridas.
– Oh.- Nuevamente él pareció no escucharla.
Después de un momento de silencio Ruark volvió, a su trabajo y hundió sus dedos en la odiosa mixtura. A espaldas de él, sobre un banco alto, Sha
– Siento lo de tu sombrero, Ruark. No fue mi intención destruirlo -dijo, luchando contra el pesado silencio que había caído sobre los establos.
Ruark gruñó sin interrumpir su trabajo.
– Es un regalo de la compañía -dijo-. Tengo otro.
Sha
La carcajada de Ruark fue rápida y la irritó aún más.,
– Vaya, Sha
– Maldita sea, Ruark -exclamó Sha
– Ruark, perdón por todo. No fue mi intención herirte.
– Pese a tus buenas intenciones -dijo Ruark, con los dedos metidos en la mezcla de hierbas y ron-, nunca dejas de golpear donde mas duele. -Sonrió ácidamente-. Si quieres pregúntale a cualquiera de tus pretendientes y ellos, sin duda, estarán de acuerdo. El más leve golpe de ti llega hasta el alma.
Sha
– ¿Acaso tú me has tratado bien? Me zahieres cruelmente, aunque te he dado mucho más de lo que convinimos.
– ¡Al demonio con el pacto! -estalló Ruark, y volvió junto a la yegua- ¿Crees que eso ahora me deja contento? -preguntó bruscamente-. Yo era un hombre condenado, mis horas estaban contadas. El pacto fue un dulce respiro y yo pude tranquilizar mi mente aguardando su consumación. -Rió brevemente-. ¿Qué más me atreví a esperar de ti?
En el silencio que siguió, Sha
Buscó una de las linternas encendidas, trepó a las tablas del establo contiguo y sostuvo la luz en alto. Ruark aceptó el servicio y no hizo ningún comentario hasta que terminó de curar unas heridas y cambió de lugar para ocuparse de otra lastimadura en la pata trasera de la yegua. Se agachó, casi entre los cascos del animal, y señaló con el cazo de madera.
– Un poco más hacia aquí -dijo por encima del hombro. Cuando Sha
Al primer contacto de la mezcla Jezebel resopló y empezó a agitarse, sorprendiendo a Sha
– Ruark, ten cuidado -exclamó ella.
El se limitó a palmear el flanco de la yegua y a hablarle en tono suave, tranquilizador.
– Tranquila, muchacha. Tranquila, Jezebel
El animal se calmó, pero cuando Ruark aplicó nuevamente la mixtura en la herida, resopló, levantó las patas y agitó los cascos peligrosamente cerca de la cabeza de Ruark…
– ¡Quieres hacerte atrás! -exclamó Sha
Ruark la miró.
– Se pondrá bien, Sha
Sha
Ruark aplicó una última dosis de medicina en la pata de la yegua y en seguida retrocedió apresuradamente para evitar las coses. Dejó el cazo sobre un travesaño, salió del establo y cerró la puerta tras de sí. Se apoyó en un poste y miró a Sha
– Vaya, mi amor -dijo en torno burlón-. ¿Entonces has venido a cuidar de mí?
– Sí como cuido de todos los tontos y de los niños -replicó Sha
– Sí, Sha
Sha
– ¿Soy un tonto si tengo la esperanza de que tú ya no deseas mi muerte, Sha
Sha
– Nunca deseé tal cosa -se defendió rápidamente-; ¿Cómo puedes creer eso?
– El pacto… -empezó él, pero la réplica de Sha
– ¡Al demonio con el pacto!
Ruark rió suavemente y se le acercó.
– ¿No has dicho que me odiabas, amor mío? -preguntó él suavemente y mirándola a los ojos.
– ¿y cuándo has dicho tú que me amabas? -repuso Sha